Manifiesto Contrapuntístico

Hace ya mucho tiempo que los mismos cuerpos-mente que hoy día trabajamos en La Interferencia comenzamos a escribir en la revista Contrapunto, tal como explicamos en la sección ¿Quienes Somos?. Dado que para nosotrxs no existe una discontinuidad real entre ambos proyectos, dejamos aquí el que un día fue nuestro manifiesto, en aquella web que, si bien ya no es nuestra casa, sigue siendo nuestro hogar.

Porque los mismos valores que nos llevaron a ser Contrapunto son los que hoy nos mueven a ser La Interferencia.

La Encina

La Encina, imagen de Zule publicada en Contrapunto

Manifiesto de Contrapunto


John Rahn

Vivimos en el tiempo de la posverdad. Le pongamos el valor que le pongamos, le dotemos de la realidad de que le dotemos, el término ha venido para quedarse, y ello no pare center;” alig”RIGHT”ify”al. Este es sólo un modo mediatizado de hablar en política de cuestiones que están aún puestas en la palestra del pensamiento: el relativismo, el fin del bipartidismo, la falta de fundamentos, el descentramiento ontológico, el ocaso del arte, el fin del eurocentrismo, lo queer, la indistinción entre alta y baja cultura… Estas son sólo algunas de las realidades -fácticas o conceptuales- que escenifican aquello reflexionado por los llamados pensadores de la diferencia y de la posmodernidad: el fin del relato único.

Al tratar este fenómeno hablan de la desaparición de un modelo de verdad único que sea universalmente válido para todas las personas. La desaparición de éste fundamento único nace de la proliferación de múltiples y coexistentes formas de representar el mundo; representaciones (cuando no mundos mismos) que conviven -mejor o peor-, se contradicen, interactúan entre sí, juntándose y separándose, mutando, sin tener nunca nadie la rotunda capacidad de denominar nada como bueno o como malo, como falso o verdadero, como bello o como feo. Al menos no podrá hacerlo de forma definitiva, irrefutable. Aparecen, entre extremos, y más allá de sus límites, múltiples palabras que conforman un colorido léxico de formas de entender las cosas.

La posverdad parece así una forma emotivista de asumir (sin digerir) el fin del clásico maniqueísmo. Veíase antes la realidad desde un sitio seguro (un centro de coordenadas) a partir del cual los blancos y los negros, la izquierda y la derecha, eran nítidamente calificables, diferenciables. Ahora solo hay grises: muchos grises. Sí bien seguimos teniendo ciertas certezas -y negarlas sería contraintuitivo- parece que las grandes cuestiones de nuestro presente estriban entre la opinión y la creencia. Como ejemplo, aunque un paso más allá de estas certezas intuitivas, tenemos la gran cuestión de nuestro tiempo: el ya hoy innegable (por presente) cambio climático. Este se debate en torno a diversas opiniones y creencias sobre cuál es la mejor forma (y cuál la más realista) de incidir sobre el problema. Incluso ante los hechos, la cuestión principal gira en torno a cómo hacerse cargo de ellos, y en este hacerse cargo -en este valorar- no hay verdades rotundas, sino múltiples perspectivas fundamentadas en distintos marcos de valores (en este caso concreto pesan mucho los dispares intereses políticos y económicos).

La opinión y la creencia son valores intrínsecos -en tanto que no pretenden salir del sujeto que los enuncia- y reflejan, por tanto, posicionamientos débiles. Ello no es por ser menos posicionados -pueden ser firmes e incluso rotundos-, sino por ser posicionamientos conscientes de que el propio es solo uno entre los múltiples posicionamientos posibles, y que la rotunda verdad -que él alberga para quien se posiciona- no tiene por qué ser compartida por nadie más.

¿Para qué toda esta palabrería? Pues para explicar el porqué de Contrapunto. No estaban del todo desencaminados los autores posmodernos que en los años sesenta compararon esta época que habitamos con el Barroco, momento artístico y filosófico en que la figura del contrapunto y el pliegue se hacen esenciales. Ante la dispersión y pluralidad de perspectivas que surgen a partir del Renacimiento, tras la primera muerte de Dios, es necesario un armazón conceptual, un nuevo proyecto de mundo. El Barroco, en contraposición al Racionalismo que acabó imponiéndose, no trata de sustituir a Dios mediante un suplente (la Razón, el Progreso, la Ciencia o la Moral) sino que, antes bien, asume la multiplicidad y trata de lidiar con ella no en vano esta corriente se asentó con más fuerza en el mundo de las artes que en el de la filosofía o la ciencia, donde el ansia de certeza y seguridad era mayor. Como integrantes de un proyecto de Modernidad alternativo, los autores barrocos fueron admirados y estudiados, a veces incluso forzados, por estos pensadores posmodernos, que pusieron en valor su capacidad para los puntos medios, la crítica, el ingenio y las medias tintas. La desbandada de gran parte de las inteligencias del siglo XX desde un mundo de certezas absolutas que ya no se sostenía hacia otro de pluralidades sensibles, sirvió para revitalizar todos estos conceptos ya asentados, cierto que desde otra perspectiva histórica, por los barrocos. Y en esta expulsión del Paraíso autoinfligida tras la segunda muerte de Dios, la necesidad de encontrar un solar cercano a un arroyo donde podamos vivir bien, no ya como seres cuasidivinos sino como seres humanos, se hace evidente.

El contrapunto, como figura barroca, viene a ofrecer un servicio conceptual a esta necesidad, que es una necesidad al tiempo colectiva e individual. Puede que sea casual que su origen se ubique en el Renacimiento, las puertas de la Modernidad, pero en todo caso ese hecho nos sirve para ilustrar su cometido en este proyecto. La figura del contrapunto (“nota contra nota”) consiste, grosso modo, en la contraposición de notas a lo largo de una partitura, generando una sensación de consonancia, de unidad y multiplicidad, que se despliega a lo largo de la partitura. Los unísonos que, según las reglas en seguida infringidas de construcción del contrapunto deben abrir y cerrar la composición, son los puntos de referencia, los índices de ordenación de todo lo plegado intermedio, y como tal establecen las coordenadas de lo que se dice en ella. A partir de ellos, las sucesivas melodías se van entrelazando y contraponiéndose de manera más o menos violenta, generando distintas perspectivas (puntos y contrapuntos de vista) de la obra. Lo asombroso del buen contrapunto es su potencia de síntesis de las dos interpretaciones básicas de la música, verticalidad y horizontalidad. Las líneas melódicas (elemento vertical), aparentemente autistas y reñidas entre sí, en ocasiones hasta disonantes, adquieren una dimensión horizontal al contraponerse, esto es, generan una armonía, un muro de sonido. En este punto ya se habrá echado a ver claramente la analogía que esto guarda con la sociedad y la pluralidad de perspectivas más o menos autorizadas (no todas las notas destacan igual en la partitura, aunque todas contribuyen a generar un efecto final) que se dan en una sociedad, aportándole, con su suma, colorido a la misma. El cine, la música, la pintura, el teatro, y, por supuesto también la ciencia, la filosofía o la política, pueden -y en nuestra opinión deben- ser interpretados desde esta perspectiva contrapuntística que nos proteja de una absolutización de las perspectivas pero también de una disolución en el relativismo que acabaría por dar al traste con la armonía general. Este equilibrio inestable, creemos, se dará espontáneamente, sin necesidad de un censor, un guía espiritual o un chamán-filósofo, si nos concedemos un espacio abierto, libre y plural de discusión, como el que aspira a ser esta revista. Como en las obras de Bach, todos partiremos de una tonalidad y un tempo, de una armadura compartida que será el fenómeno a analizar, para aportar después cada uno una perspectiva individual y razonada sobre el tema.

De tal manera, Contrapunto pretende ser una revista de opinión. ¿Opinión de qué? Opinión del mundo ¿De qué mundo? Del de quienes la escribimos. No importan nuestros nombres, no importan nuestros datos. Lo que decimos son opiniones más o menos rigurosas -pero meditadas, ojo, que esto no es una encuesta a pie de calle. Las dejamos aquí, como en cualquier otro sitio, expuestas. Abandonamos la opinión al devenir del tiempo y de las circunstancias, desamparada ante una historia que siempre la juzgará con distintos ojos. Pero, sin centros, ese es el destino del mundo y de la opinión: resignificarse y ser reapropiado por distintas personas en distintos presentes. Los nombres ya no son tan importantes: son una mera etiqueta para una de esas múltiples perspectivas posibles, en este tiempo en que el fundamento y la autoridad de diluyen, se reparten, saliendo de tantas bocas que cual fue la que lo dijo ya no es relevante. Lo importante es que se dijo. Lo dicho puede y merece ser leído en tanto que dicho, sin importar el nombre, que aporta poco más que sesgos y prejuicios (sobre lo dicho, sobre el contexto). Y sin embargo -si bien esta tesis requeriría del completo anonimato del texto- un pseudónimo firmará cada una de las reflexiones, por el ego y, sobre todo, por el juego teatral que nos permite.

Parece raro que en un mundo como el expuesto un grupo de personas puedan juntarse a hacer algo común, cuando incluso ellas, a sí mismas, se son raras y discontinuas: cambiantes. Sin embargo, en la divergencia, siguen existiendo los comunes, y ellos merecen ser dichos, ser pensados. Quienes aquí escribimos procedemos de diversas disciplinas y de distintas tradiciones. Nuestro común principal es temporal: haber nacido después de la caída del muro de Berlín, en un tiempo dominado por un ya único sistema económico: el capital. Nuestro otro común es espacial: nacimos entre dos aguas, las atlánticas y las mediterráneas, en la esquina inferior del continente europeo, tan al sur que por poco nacemos en África (y cuánto nos habría cambiado este hecho contingente). Fuimos paridos en la España de las vacas gordas, vivimos el 11-s desde el televisor, el 11-m desde el rumor, el matrimonio homosexual, la memoria histórica, el replanteamiento de las autonomías, el fin de ETA y el auge del integrismo islámico. Tenemos normalizados los segundos matrimonios, las adopciones. Hemos convivido desde la infancia con la inmigración. Hemos vivido en democracia, sabiendo que veníamos de una lejanamente cercana dictadura, y la incongruencia corrupta de los modelos nos ha llevado a vivir el 15M y todas las cargas policiales que vienen desde entonces. Y aún hoy habitamos los cambios del mundo: la progresiva conversión del feminismo en ideología hegemónica, los problemas estructurales de Europa, la época de Twitter y de Google, el dominio de las marcas y de YouTube. Reflexionamos sobre ellos: unas veces con alegría, otras con frustración, pero siempre con curiosidad.

Y no, no todxs pensamos lo mismo ni hemos vivido las cosas de las mismas formas ni desde los mismos lugares. Aunque la involucración es diversa, los hechos, entendidos como noticias en prensa, han sido comunes. Compartimos las clases de informática en el cole, y el haber perdido tantas horas adolescentes viviendo desde una silla en las redes sociales. Nuestro maestro ha sido internet: Google es la autoridad de Dios y YouTube el espejo de nuestro mundo. Los manuales no llegaron a nuestras manos prácticamente hasta la universidad, y la autoridad cognoscitiva es solo un argumento entre todos los posibles. Y sin embargo, como nacimos en el siglo XX, recordamos lo que es vivir sin ordenador: el jugar con la comba y con la pelota, a los gogos y a los tazos, al escondite y al pilla-pilla. Tenemos una situación híbrida, entre dos siglos, y no podemos vivir sino en la contradicción de sentirnos foráneos y extranjeros en ambos, a un mismo tiempo. Este contexto que nos une parece suficiente para encontrar puntos comunes sobre los que reflexionar de forma diferente, suficiente para unirnos por el tiempo que devenga, buscando concordancias y discrepancias en nuestra visión del mundo y de este loco tiempo que nos ha tocado vivir. Y por supuesto, también nos une el querer jugar con la voz de las palabras: el probarnos, el retarnos, el querer reflexionar, y construir un algo que aún tenemos del todo indefinido. Nos unen un tiempo y un espacio, y una pretensión, aunque los tres factores son diferentes en cada una de nuestras cabezas.

Así, mensualmente publicaremos diferentes reflexiones en torno a un mismo tema, en lugar de una misma reflexión en torno a múltiples cuestiones. Eso nos hará monotemáticos, pero reflejará los múltiples centros que pueden tenerse respecto a una misma cosa, en estos tiempos que nos hablan de posverdad y de ruptura de los modelos. En una época en la que parece que la complejidad del mundo impide que una sola perspectiva pueda ser capaz de adecuarse a la realidad, queremos indagar a través del contraste, jugando a responder cada cual a su manera. Una vez al mes, en nuestra espiral de debate, publicaremos nuestras conclusiones (las de cada una de nosotrxs) y a lo largo del tiempo aparecerán también otros artículos, trabajos, ensayos y expresiones, que desde lo heterogéneo, se sumarán a este nuestro rincón del mundo: un mundo tambaleante de todos y de ninguno. Dos secciones recogerán este material extra: la sección de trabajos independientes (individuales y monográficos, independientes de la dinámica general) y el cajón de-sastre (contenidos varios, menos académicos y más actuales). Quien quiera sumarse a nuestra aventura, que pregunte. Quien quiera opinar sobre ella, que comente. Quien quiera ignorarnos, que nos ignore. Lo nuestro no es una cruzada: es un juego de opiniones, y nos gustan las críticas y romper ollas.

Así que, simplemente, aquí estamos. Vamos a ver qué decimos.


Cada último domingo de mes  impuntualmente en tu quiosco, o en su probable defecto,

                       en la presente web.


Revista La interferencia. Aquí estamos, vamos a ver que decimos.