Hasta nunca, por siempre jamás – Larra frente al espejo

Para mí el suicidio se llama Pedro. Todavía recuerdo con bastante nitidez la congoja e incomodidad que sentí en el momento que supe su decisión. Es cierto, todo sea dicho, que no tenía una implicación emocional fuerte con él ya que no éramos familia ni amigos íntimos sino simples conocidos que ocasionalmente charlaban de buen humor. Aun así y precisamente por esto tengo un recuerdo afectuoso y amable de él, porque puedo recordarle como quiero.

A pesar de que éramos algo así como conocidos del trabajo (1), me sentí golpeado al enterarme de su suicidio. Es un sensación que nos es común a todos, todos la tenemos y nadie es capaz de escribirla de forma exacta: algo que generalmente duerme y que en determinados momentos de la vida se clava en lo que nos es más propio, personal, y emocional. Es un puño que te golpea en lo más hondo, y te deja bloqueado sin saber que decir o hacer. Te para, te lastra, te ata y te deja en blanco.

El suicidio te desarma y te deja desnudo ante lo emocional de la perdida. Este aparece de improviso. Tiene eso en común con las advertencias acerca del peligro que suponen los rayos, con la importancia de mirar hacia ambos lados en los pasos de cebra o con la utilidad de saber nadar. Un día llega la muerte sin avisar, se lleva a alguien y te quedas huérfano de su presencia. Le duela a quien le duela y le pese a quien le pese ese alguien se va, aunque a la muerte por el contrario no le pesan los cuerpos que carga y se los lleva sin dudar. Con los años al final te habitúas al flujo lento y constante de la perdida de seres queridos. Es triste, cierto y sincero.

Ambos dos, el suicidio en concreto y la muerte en general tienen en común que te obligan a detener el tiempo y pausar el ritmo. Ya no valen horarios de trabajos, planes de vacaciones o escapadas en el día. A posteriori la muerte te obliga a valorar las cosas forzándote a verlas sin distracciones, dándote cuenta después de lo que tenías y de lo que has perdido. Frente a esto las agendas de trabajo o las hipotecas no valen nada. La vida no es eso, o al menos no debería serlo (2).

Estos condicionantes externos deciden por nosotros más de lo que podríamos pensar en un principio: una forma de vestir en base a la moda de unos años concretos, expresiones que usamos tomadas de nuestro presente, o las supuestas aspiraciones individuales y objetivos de nuestra vida son buenas muestras de ello.

El suicidio, por su parte, también está sujeto a estos condicionantes externos con la diferencia de que lo que para nosotros son influencias o coacciones laxas (3), para el suicida son presiones asfixiantes y cadenas que lo fuerzan al suicido (4). El acto del suicidio, su hecho bruto, el disparo o el salto al vacío desde la ventana, a veces se interpreta con cierto aire romántico como si el suicido fuese un ejemplo de pura libertad mediante el cual se da muestra de la expresión más prístina y directa de esta libertad ejercida. Sonáis cínicos e hipócritas.

Si alguien ha entendido bien lo que se puede llegar a perder por los propios actos ese es el suicida. Él pierde lo que más vale junto al tiempo: la vida. El suicida decide gastar su única vida restante terminando así el juego. Sin embargo, el suicida no elige sino que es forzado a actuar. Es un animal arrinconado y sin salidas que se ve obligado a crear nuevas vías que no existían antes. El suicida nos habla de la cuarta pared de su existencia, y como un jabalí acorralado al final acaba embistiendo.

Mi padre, que en su trabajo también trató con un suicida, ha entendido bien como estos condicionantes externos pueden ser las guillotinas que nos maten mientras aún seguimos vivos. Él coincidió con un hombre de avanzada edad que de un día para otro vio como su empresa y su proyecto de vida se derrumbaban. Quizás fue que perdió aquello que le animaba y daba fuerzas a seguir en su vivir diario. Si su proyecto de vida, aquello en lo que había depositado esfuerzos y esperanzas, aquello en lo que se veía reflejado desaparecía ¿entonces que le quedaba a él como individuo? A esas alturas de la película y cerca ya de los ochenta años pocas fuerzas tenía para volver a empezar desde cero y menos aún con tantas cosas perdidas a lo largo de una vida entera (5). A veces la vida pesa y este hombre se quedó sin aquello que le movilizaba y animaba en su día a día. Ante esta falta de alternativas él decidió crear nuevas vías que le permitieran evadir su derrota vital: decidió tirarse a las vías del metro.

Con los años descubres que vivir no es fácil y no se nos enseña cómo hacerlo bien. Los conocimientos y saberes teóricos que uno aprende en el instituto o en la universidad son útiles sí, hasta cierto punto, pero a vivir se aprende viviendo. Nadie puede enseñar el dolor del primer desamor o el peso constante de las deudas sin pagar que quitan el sueño. A vivir se aprende a base de fallos, de accidentes y de envejecer. En parte por esto el paso del tiempo tiene tanta importancia, ya que como dice el refrán: más sabe el diablo por viejo que por diablo.

Más pronto que tarde consiguió su objetivo y un vagón de metro le cercenó las piernas. Si bien en vida se le quitó aquello que lo animaba a moverse día tras días, ahora frente a la muerte carecía de aquello que en un sentido estricto y mecánico le había permitido moverse durante tantos años: sus piernas (6). La suerte de ese hombre quedó decidida en el momento en que de forma consciente y a sangre fría razonaba un método concreto y eficaz para poner punto final a su vida. Se cumplió lo que él pretendía, y logró suicidarse.

Vivir es difícil y muchas veces se hace cuesta arriba, tan cuesta arriba que las opciones se simplifican en un solo camino de ida pero no de vuelta. Una nueva senda, la de la muerte, que está por explorar y que será un hasta nunca por siempre jamás. Una partida que comienza con un silencio absoluto que se nos contagia a los que también perdemos, junto con el suicida, algo nuestro. Al final sólo nos queda la sensación amarga al tragar saliva, un silencio que inunda y una emoción extraña e incómoda que nos recuerda lo que significa vivir y perder.

Pedro, gracias por tu tiempo y tu amistad. Cuídate siempre amigo.


Notas

(1) Todos tenemos conocidos del trabajo: gente que vemos en el trabajo, en la universidad, en el bloque de viviendas donde vivimos, etc. Les saludamos, nos son conocidos, pero más allá de esas coincidencias a lo largo de nuestro día tampoco hacemos por buscarlos.

(2) Hook, con Dustin Hoffman y Robin Williams, nos recuerda el peligro de confundir lo urgente con lo prioritario. Es de recibo tener un buen coche o incluso varios. Está bien, que digo bien…¡Está genial! Pero perderse la infancia de tus hijos es una asignatura pendiente que asumimos y dejamos que suceda a pesar del agobio que esto conlleva. Y no sólo el crecer de nuestros hijos sino también el envejecer de nuestros padres, el cambiar de nuestros amigos o la perdida de ilusión ante la vida, que sufrimos según nos vamos haciendo viejos. Hook nos recuerda que el tiempo pasa, escapa y no perdona. Nosotros, los adultos debemos entonces saber elegir y priorizar, puesto que una vez nos hayamos posicionado cargaremos con nuestra decisión y los errores o aciertos que esta conlleve. Si me convierto en un pirata que se horroriza ante los relojes o soy un niño que ante una mesa vacía ve un banquete propio de reyes depende de mí. O al menos eso dice mi madre.

(3) La crítica que hace Zygmunt Bauman acerca de estas supuestas coacciones laxas y la libertad
democrática ahora transformada en libertad de consumo es bastante ilustrativa.

(4) Uno no se suicida por aburrimiento. Incluso el escuadrón del suicido del Frente del Pueblo Judaico (FPJ) tiene una finalidad en su suicidio colectivo: dar una lección al pueblo romano.

(5) Muchas cosas se pierden a lo largo de una vida. Quizás demasiadas.

(6) Me resulta curiosa esta coincidencia.

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