Sexo y porno(grafía) – Zule

Yo me masturbo. Lo hago cuando estoy agobiado, cuando estoy nervioso, cuando estoy enfadado, y a veces también cuando estoy excitado. Las épocas de exámenes siempre son una gran época para la masturbación, pues cuando se está recogiendo la siembra es cuando más caen las pajas. Hasta aquí todo sería medianamente normal (dentro de lo compulsivo). La cosa enferma aparece cuando reconozco que en todos estos momentos me masturbo consumiendo porno.

Es triste, aunque me es cotidiano, reconocer que tengo un consumo compulsivo de pornografía. La uso para satisfacer mis insatisfacciones, para descargar mi estrés y aligerar así mi nerviosismo.  Es un poco como la droga, y desde luego, tampoco escapa del doble filo de este modo de consumo hedonista de sustancias: egoísmo, explotación, adquisición de hábitos dañinos… De hecho -como ocurre muchas veces con la droga- solo dejo de consumir porno cuando estoy demasiado bien -y no lo necesito- o cuando estoy demasiado mal -e intentar utilizarlo para satisfacer mis carencias es un insulto incluso a mi mismo. Incido un momento en el tema de las carencias, para matizar que ellas no son necesariamente sexuales: muchas más veces son carencias de cariño, de calor humano.

La triste realidad es que a lo largo de mi vida he consumido más pornografía que imaginación para saciar mi sed de estar con alguien. Esto tiene muchas implicaciones ideales y fácticas. De adolescente aparecen los grandes complejos de polla pequeña (que no, no es muy grande, pero aúpa, el tiempo y las parejas me han calmado en mi pequeñez). También afecta a la búsqueda de parejas, especialmente en los primeros años. Creo que nunca he deseado a personas reales meramente por su físico. Sin embargo, en ocasiones, se le da a este factor bastante importancia: se quiere una persona morbosa como las que aparecen en el porno (y en la tele, y en el cine), dado que estar con una persona así parece engrandecer a los individuos en su ego, e incluso en su estatus. Sé que esto que digo es radicalmente vomitivo, pero ante todo soy sincero. Quizás, pese a lo íntimo, me sea fácil sincerarme, pues hablo de un pasado Zule.

De joven, tras perder la timidez, aparece ocasionalmente la incertidumbre entre cual es el modelo sexual correcto: el amoroso de los cuentos y las películas o el salvaje de las páginas porno. Cuando las cosas fluyen desde el diálogo y la escucha no hay problema (ni modelos): el sexo funciona y es satisfactorio. Por un momento ambas partes solo piensan en su común presente erótico. Pero cuando algo (interno o externo) descoloca y rompe con el diálogo, con la escucha, desaparece la originalidad del nosotros y el ahora: se calla el diálogo, ensordece la escucha. Aparece entonces la posibilidad de seguir un discurso sexual externo a ese presente que se ha quedado idiota.

Esto, en algunos momentos, me ha llevado a cagarla bien cagada. Entonces se activaba en mi cabeza un chip primitivo, que me remitía al hacer del porno y no a la escucha de la otra persona. Ocurrió así en ciertas ocasiones, que dejaron más heridas que satisfacciones. Lo siento mucho, y por ello pido profundamente disculpas. Sí, están los contextos, que racionalmente deberían evitar estas cosas, pero la razón desaparece conforme se erecta la polla. Entonces, sí las cosas son confusas -sí acabó el diálogo-, uno actúa casi en automático (aunque siempre con la básica escucha del no). Entonces aparece ese cómputo de horas y horas de pornografía (lavado de cerebro en base a semen en la boca), marcando el ejemplo de cómo actuar según lo que se cuentan (las páginas porno y quienes las ven, claro).

Hasta aquí he expuesto desde lo personal algunos ejemplos de cómo la pornografía funciona como (mala) educadora ética -en tanto que genera hábitos para la acción sorda- y cómo (mala) educadora estética -constructora de complejos para ellos y para ellas, así como de ideales artificiales de lo que es deseable y atractivo (hacer, desear, aspirar, ser). La realidad es que, dada la irrealidad de la que se envuelve el porno -mascara que oculta la profunda intimidad del acto sexual mediante un gran relato mítico y cuñadil- y el consumo compulsivo del que adolece nuestra sociedad (no son todos, pero no soy el único) la construcción de modelos que se da en la mayoría del porno es deplorable. No solo perpetúa viejos sistemas de valor y acción heteropatriarcales, sino que los acentúa en su versión más salvaje (ella es la que ganó el relato). Desde luego, a todo esto podemos sumar cuestiones como la brutal explotación que se esconde tras la industria (hay veces que las dudas sobre la realidad de lo que pasa mueven a cerrar las pestañas), la cosificacion de las personas (especialmente de la mujer, aunque hoy día creo que también de ellos) y las injusticias laborales (ellas inherentes al sistema del capital en todos sus sectores). El porno enmarca muchos de los males de nuestro tiempo, pero sigue siendo una gran industria reclamada por millones de personas. Y yo, que lo sé, o al menos creo saberlo -porque al pensarlo fríamente me asqueo de ello-, sigo consumiéndolo habitualmente. No es qué me de igual, pero, cómodamente, no soy capaz de hacerme cargo de lo que sé.

Se que el porno (siempre de la mano con pajas) no satisface realmente mis necesidades: no me da ni placer ni cariño. La satisfacción del porno es más intensa, pero poco más duradera que la de comerse un helado. Es un chute de energía volátil: poco más. Nada tiene que ver con el sexo compartido, donde el cuerpo y la mente se quedan exhaustos, y el orgasmo realmente es un orgasmo (al menos como norma). Los orgasmos del porno son sucedáneos de orgasmo. Pretenden ser un buen polvo, pero son un polvo cutre e insatisfactorio, una cana al aire, que rápido vuela y se olvida, sin saciar. El porno es un simulacro de sexo, y en el mundo del sucedáneo (pienso en William Morris) no parece tan raro acogerse a su sombra. ¿Es triste? Desde luego.

Puedo afirmar que este tipo de sucedáneos de orgasmo no son intrínsecos a la masturbación: ella puede dar orgasmos reales, cuando no solo involucra al cuerpo, sino también a una mente que folla imaginando, anhelando, deseando. El porno alberga deseo, pero es un deseo que busca el fin: la rápida culminación. El sexo del que hablo alberga un deseo que brota del presente y quiere dilatar al máximo ese presente, ese placer: cuanto más tarde culmine, mejor. Se olvida el orgasmo y esperar cuando llegue: se disfruta del proceso. Lo importante es alargar ese placer, esa intimidad, esa atmosfera que se esfumará en cuanto el final (de unx o de más) sobrevenga. De ahí el contrapunto sexual: el vaivén, el danzar, con pausas, por turnos. Así, cuando el sexo deja de olvidar el orgasmo tiende a ser decepcionante, pues se ha vuelto porno. Sólo se satisface el cuerpo, no la mente (y hablando claro, el propio cuerpo se excita menos sin juegos de contrapunto). Ahora he hablado de dos modos de práctica sexual, resumidos al decir que el porno (sucedáneo sexual) tiene este anhelo de acabar lo antes posible, mientras que el sexo real quiere expandirse durante toda una noche. El porno busca el fin, el sexo disfruta de dilatar el medio.

De tal manera, se me ocurre que la pornografía, en tanto que modelo, limita nuestra sexualidad. La constriñe en tiempos, prácticas y contenidos. Para que no se note esta falta de deseo (de anhelo continuo de tener y querer más) el porno se envuelve con atractivas estéticas procedentes de hegemónicas tradiciones cuñadiles. Son ficciones ideadas por los chulos, regadas por la mutación genética (que muy bien para quien la tenga y, sobre todo, para quien la disfrute) y la ingeniería estética (que también muy bien para quien la quiera). El problema reside al entender este mundo limitado -este escaso imaginario- como la realidad toda. El problema surge al confundirse la realidad con la ficción y aún más al confundir la ficción con la realidad. A día de hoy, millones de adolescentes (sobre todo ellos, mas también ellas y elles) empiezan a experimentar su sexualidad a través de la pornografía. Juegan con su cuerpo, poco a poco lo conocen. Y al sólo tener su cuerpo como  modelo, junto al de cientos de personas de la industria pornográfica, la balanza se inclina por la mayoría, que nunca soy yo. Siempre gana, incluso inductivamente, la ficción. La ficción se toma como modelo primero, como fundamento a partir del que juzgar y juzgarse, entendiéndose la idealidad como realidad.

Claro que lxs adolescentes disponen de discursos alternativos, que les recuerdan que lo que ven es un sucedáneo, un artificio. Pero el discurso estético y sexual expuesto en el porno no deja de sustentarse en tópicos comunes. La presión de la hegemonía cuñadil lleva a una asunción de que esa es, al menos para todo el resto (no necesariamente para quien consume) la gran verdad, el verdadero modo, el esencial qué. Los discursos contrarios, incluso los amigos, son moralina y autoayuda, que sería genial que fuesen fácticamente reales, pero que no, que las cosas no funcionan así. El mito se convierte en realidad a la que imitar y apocopa las sexualidades (hegemónicas y alternativas) que cuando no sepan reaccionar, recurrirán inconscientemente a todas sus horas de formación sexual: no a las 4 horas (si llegan) que se dan en los institutos -y que son escasas, ya no solo por su falta de insistencia, sino por sus limitadísimos contenidos- sino a las cientos de horas de pornografia que llevan a la espalda (y en el bajo vientre).

¿Cual es la solución a esto? Yo no la tengo. Poco a poco intento solucionarme a mi, y aún así, reconozco que me queda mucho camino. Creo que casi siempre la solución consiste en la educación, una educación lo más práctica posible. Siempre se aprende mediante la escucha de las parejas sexuales. Pero esta escucha ya está filtrada por el porno. Para atacar la hegemonía hay que generar contrahegemonia, y el Estado, monopolista de la educación, ha adquirido (sin asumirla) la responsabilidad de generarla, por el bien de todas. No podemos hacer una educación sexual práctica impartida desde la institución pedagógica (¿Sería raro verdad? Quizás terrible). Pero creo que la pornografía, el videojuego, el film  y el documental pueden ser una buena herramienta educativa.

Estos documentos deberían de ser realistas, hablando desde la realidad -emocional, cultural y biológica- de múltiples perspectivas, desde múltiples testimonios. Sin protocolos y prácticas predeterminadas: sería una enseñanza desde el así me gusta y así no me gusta. En la red ya hay pornografía educativa en este sentido (yo no lo llamaría porno). Quizás la cosa consista en emplear realmente este tipo de pornografía como herramienta pedagógica, haciendo un contraataque al porno hegemónico del que venimos hablando. Quizás la cosa no sea destruir la pornografía, sino reeducar al porno: deshacerlo y rehacerlo como sexografía.

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