La solidaridad y sus contradicciones – El niño detrás de las barbas

La idea de este texto surge a raíz de que, como muchos otros tantos españoles, soy contribuyente de una ONG. Como la mayoría , aporto una pequeña cuota que no llega a una mínima parte de lo que puedo gastarme en ocio. Como todas las ONGs, esta también se dedica a enviar cartas y correos mensuales recordando todos los logros que han podido realizar gracias a mi contribución. Todo ello, acompañando de alguna que otra llamada para informar de los éxitos de la organización, para los cuales debo de ser una pieza indispensable. Forma parte  de la lógica del engranaje del marketing: la idea es que el contribuyente sienta que está cambiando algo, que gracias a él el mundo es un lugar mejor.

Este  flujo de cartas y correos  se sustenta sobre dos pilares fundamentales. Primero, un conjunto de datos generales sobre los éxitos alcanzados, tales como: el número de vacunados, raciones entregadas, hospitales fundados, o medicinas distribuidas. En segundo lugar, toda esta información viene acompañada casi siempre de un testimonio concreto, generalmente de una mujer o niño que haya pasado un infierno, solo en parte mitigado gracias a la intervención de dicha ONG. Estos testimonios por supuesto pueden ser realmente emocionantes, buscando tocar la fibra sensible. Le ponen rostro a esos 20 euros con los que contribuyes mensualmente, recordándonos que estamos salvando vidas.

Cuando llegan todos estos mensajes o llamadas informativas solo me hacen sentir incómodo. No porque desconozca la realidad del mundo, no porque ignore el número de conflictos que se libran  ahí fuera, sino porque  en todos ellos apelan al sentimentalismo, cuando personalmente, realizo esta acción desde una conciencia mucho más racional que emocional.

La distancia geográfica y social respecto a aquellos que sufren las desgracias de una guerra o de la hambruna es tan alta que me impiden empatizar sinceramente con ellos. Yo no sé lo que es pasar hambre, no sé lo que es tener miedo, lo más parecido a una tragedia que he vivido está siendo la crisis del coronavirus (confinado en mi casa, haciendo repostería, con conexión wifi y plataformas digitales que me permiten estar en contacto constante con amigos y familiares). No puedo acercarme ni a imaginar el sufrimiento, el miedo y el dolor de todos aquellos que están siendo asistidos por dicha ONG. En realidad, a lo máximo a lo que llegamos es una especie de “pobrecillos, que mal lo pasan”, que tiene mucho de condescendencia.

Tras todos estos mensajes subyace una especie de heroísmo barato Se te quiere hacer muy participe de los logros obtenidos: “gracias a ti hemos vacunado a 100.000 niños y niñas”, “sin ti todos estos esfuerzos no serían posibles”, “con tu contribución estamos ayudando a aquellos que más lo necesitan”. Sin duda puede llegar a ser un chute de autoestima. Podemos llegar a pensar que realmente estamos cambiando el mundo con nuestra modesta contribución: ¿quién me iba a decir a mí que iba a ser tan fácil?

La realidad es que solo cedemos una parte mínima de nuestros ingresos,  sin ninguna consecuencia sobre nuestro modo de vida, y por lo tanto, no estamos realizando ningún tipo de sacrificio ni esfuerzo real. Por supuesto que estas contribuciones están marcando la diferencia para muchas personas, pero la sola aportación económica nunca será suficiente para cambiar el estado de las cosas.

Vosotros lectores os preguntareis. Si no te emocionas, si no logras empatizar al completo con ellos, si no sientes que estés consiguiendo nada, ¿por qué contribuyes? La respuesta es simple: por mera responsabilidad, conciencia, o valores. Por la convicción que lo que sucede en otras partes del mundo es profundamente injusto y que esa pequeña aportación servirá al menos para ayudar a alguien en alguna parte del planeta. Pero al mismo tiempo no querría que ello  supusiera un alivio de conciencia. Mirad que buena persona soy, contribuyo con mis míseros 20 euros a salvar el mundo. Todo lo contrario, creo que precisamente el realizar este tipo de contribución agrava aún más mis contradicciones internas.

Me recuerda mes a mes que podría hacer mucho más y un incremento de la cuota tampoco serviría para cambiar esa sensación. Aunque aportase la máxima cantidad monetaria que tuviese a mi disposición no serviría para generar grandes cambios. La realidad es que si fuera realmente consecuente no me limitaría a una contribución económica, sino que aportaría lo más valioso que tengo: mi tiempo y esfuerzo. Solo con una implicación real podemos llegar a tener la sensación de que logramos algo. Solo con tiempo se mejoran las cosas. En estos momentos no dispongo de ese tiempo, e o eso me digo a mí mismo, espero encontrarlo más adelante. Mientras tanto, mantendré mi escasa contribución, seguiré soportando con incomodidad las periódicas llamadas, y trataré al menos de ser muy consciente de que aunque mi contribución aporta, no es ni una ínfima parte de lo que podría ofrecer al mundo.

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