Mens sana in filtro happy vibe – Momo

Gimnasios, spas, tratamientos de belleza, cremas, peluquería, maquillaje… Somos lo que vemos en cierto modo. Lo que vemos y lo que ven en nosotrxs. Esta sociedad que todo lo comunica través de la imagen, nos empuja también a mostrar a todas horas la nuestra personal, porque en eso parece habernos convertido el gran aparato, en meros productos que vender a otros compradores para prácticamente todo: trabajo, amistad, estatus, sexo… No solo somos lo que valemos, sino cómo nos vendemos.

Entre tanta idealización insana, dietas milagro, cuerpos recauchutados y sonrisas perfectas, se esconde a veces una realidad muy distinta. Poca o nada relación puede haber entre una foto de alguien sonriente con que exista una verdadera felicidad tras ella; esto nos lo han enseñado la publicidad y las redes sociales en los últimos años. Alegatos de muchas celebridades y personalidades socialmente reconocidas y respetadas, elevadas a los altares de la fama, que pedían a gritos ser reconocidos como seres humanos que padecen y sufren, como personas que necesitan ayuda. Y ¿quién no la necesita? Somos ingenuxs al creer que podemos acarrear en solitario el devenir de las cosas y mucho más si estamos seguros de que manejamos sin esfuerzo nuestras propias mentes.

Por la presión social de la imagen, el trabajo, las relaciones de pareja, problemas familiares, conflictos en grupos de amistades y mil posibles causas más, vivimos un momento en el que la salud mental se desploma, especialmente en las sociedades más avanzadas acorde a baremos mayoritariamente económicos y productivos.

Disponemos de todo lo que podríamos llegar a necesitar, pero nunca es suficiente mientras sólo pensemos en todo ese tiempo extra, que no necesitamos invertir en la supervivencia, como búsqueda de conflicto e infelicidad.

Estamos sobradamente preparados, pero nunca terminamos de dar la talla.

Tenemos salud, pero no estamos cómodxs con nuestros propios cuerpos.

Disponemos de medios suficientes de ocio, moda, conocimiento o transporte para cubrir nuestras necesidades y ver realizadas nuestras aspiraciones, pero nos comparamos constantemente con quienes consideramos que se encuentran en mejor situación.

Todo ello no cae en saco roto, sino que se va acumulando poco a poco en nuestras cabezas, hasta que ese poso, que parece tan nimio por separado, va conformando un halo de oscuridad que nos acaba susurrando que no podemos, que nunca seremos capaces por mucho que lo intentemos, que no merecemos aspirar a mejorar, que estamos de sobra, que no somos queridos.

Esta vocecilla se traduce hoy en día en infinidad de trastornos que son más comunes de lo que podamos creer.Los más habituales son la depresión y la ansiedad, en la base de una infinidad de problemáticas cuyos orígenes, en muchas ocasiones, son inciertos para la medicina moderna, ya que nacen hasta cierto punto de predisposiciones genéticas. Todxs somos susceptibles de sufrir estados de este tipo a lo largo de la vida, e incluso de caer en las garras de enfermedades mentales severas. Pero una de las partes más negativas de estas situaciones no es únicamente padecerlas, sino el estigma que arrastran con ellas.

Confesar padecer alguna enfermedad mental, por pasajera que sea, suele acarrear miradas incómodas, cambios en el tema de conversación, intentos de restarle gravedad, frases tópicas que denotan falta de empatía de quienes dicen estar escuchando… situaciones que hacen replantearse si merece la pena compartir pesares y que a la larga puede llegar a convertirse en un peso extra en forma de culpabilidad, autonegación… En definitiva, callar y acarrear en solitario. Y así esta carga se hace más pesada, hasta que logra arrastrar al fondo a quienes dejan de tener motivos para creer en la recuperación.

Resulta difícil hablar de lo que sentimos, resulta difícil comprender lo que sienten los demás y resulta difícil encontrar la forma de aprender ambas cosas en un mundo en el que no caben las verdades incómodas. No oímos porque tampoco nos escuchamos a nostrxs mismxs, en escasas ocasiones se nos pregunta de forma sincera y en menos ocasiones aún nos detenemos a ser conscientes de lo que pasa en nuestra cabeza. Nos dejamos dominar por lo que sentimos sin pararnos a pensar el porqué de esas emociones o su origen, no pudiendo aceptarlas siquiera. Aun teniendo profesionales especializados que puedan ayudar, cuesta acudir a ellxs. El motivo principal puede ser la sensación de soledad y desamparo ante la inmensidad de nuestro interior al fin dejado al descubierto. Nos tememos y tememos lo que podamos llegar a encontrar.

Ojalá nadie tuviera que encontrarse solx en la vida, pero de ser así ojalá nadie tenga miedo de pedir la ayuda necesaria, porque si no es para tender la mano, de poco sirven nuestros ideales o nuestras metas. Caerán, como caen a nuestro alrededor las personas, dentro de sí mismxs, sin remedio, aun teniendo tan cerca la salvación.

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