El Oso Gruf – Zule

Gruf es un oso de trapo que juega al poker en un bar. Otro de los jugadores no deja de mirar la cicatriz de hilo que tiene en su ojo derecho. Después de una parranda, el oso se encontró con Dios, y la cicatriz es huella de su santidad. Porque a Gruf la iluminación no le llenó mucho, pero sí que le marcó lo suficiente como para arrancarse su propio ojo. «Así, de ahí en adelante tendría más cuidado con a dónde miraba», se debió de sugestionar Gruff. Porque saber duele mucho, y más si uno es educado como ateo. 

Sin embargo, la gente sólo conoce esta historia al modo Buster Keaton. En algún momento, el osito hizo un voto de silencio, dicen por algo de unas garras en una miel que no era de ellas. Para los osos, la palabra es importante, porque crea universos, así el de Gruf era un voto muy estricto, que podría romperse una sola vez, quizás dos, y a lo sumo tres o cuatro: todo el mundo sabe que la iluminación sume en las tinieblas la certeza atea. 

Tiza blanca sobre pizarra negra era la única voz del oso, y colgaba del cuello como un crucifijo. Es por eso que, mientras miran su cara de póker, los jugadores imaginan una voz misteriosa que, por cierto, les ayuda a tirarse faroles con cara de inopia. Pero Gruf solo parece querer miel: la que gana en su ludopatía. Supongo que con Dios no queda miel.

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