No hay lucha obrera entre los más jóvenes. Pero si luchas – El niño detrás de las barbas

Cuando hablamos de revoluciones todos pensamos en la los revolucionarios franceses tomando la Bastilla, matando nobles y repartiendo libertad, igualdad y fraternidad. Pero rápidamente nos olvidamos que el régimen político resultante de esos eventos se transformó en un Estado dirigido por un emperador, para después retornar a ser una monarquía. Eso sí, lo que perduró fueron los cambios sociales que venían fraguándose ya desde hacía tiempo, elaborados no por el pueblo sino por un sector determinado de las élites que abrazaba los avances tecnológicos, sanitarios y también, por la cuenta que les traía, el nuevo sistema económico. Ideas que requerían romper con el antiguo sistema de privilegios y diferencias jurídicas en uno en el que el estatus social viniese marcado simple y llanamente por lo monetario. Unos cambios que poco a poco fueron permeando en la población. Porque las auténticas revoluciones, las que perduran, no son las violentas o las políticas, sino las culturales. Como hablar de revoluciones a nivel global puede resultar agotador tanto para el comunicante como para el receptor, nos ceñiremos al espacio puramente occidentalizado por ser en el que habito. Espero me disculparan nuestros lectores latinoamericanos.

Durante el siglo XX, en muy diversas modalidades, las reivindicaciones sociales en Europa han mantenido un cariz obrero. El surgir de los partidos comunistas y socialistas a lo largo de todo Europa se vio frenado tanto por el auge de los autoritarismos como por el miedo que generó en los estados democráticos, especialmente tras la desaparición del nazismo y la constatación de la URSS de Stalin como el gran rival a batir. Pero no por ello las reivindicaciones de carácter económico-asistencial desaparecieron de las agendas. El mejor ejemplo de ello es el mayo del 68 francés que apuntaló definitivamente el sistema de bienestar del que hoy aún gozamos. Desde entonces el fervor social no ha hecho sino descender, muchos logros se habían obtenido, la economía crecía como nunca antes y se asentaba una clase media que vivía muy cómodamente, la cual cada vez tenía menos motivos para salir a la calle a protestar. En ese contexto nos hemos criado la generación europea nacida a partir de los 90, que hemos vivido con la gran mayoría de nuestras necesidades cubiertas.

Sin embargo, ya entonces el sistema de bienestar comenzaba a estar en entredicho, primero fue el auge de políticos como Reagan y Thatcher fieros defensores del liberalismo económico. La escuela de Chicago encontró una administración muy dispuesta a actuar de altavoz, y desde entonces las críticas al estado social no han dejado de crecer. Unos años 80 que culminarán con la desaparición de la URSS, el consecuente fracaso de la revolución comunista y con ello, desapareció el miedo a la revolución en sí misma. Ya entonces se comenzaron a socavar las bases del pacto social contraído, las consecuencias aún no se harían notar dado el buen funcionamiento general de la economía, cuyas crisis periódicas no eran más que pequeños baches en una trayectoria por lo demás ascendente.

Solo la crisis del 2008 rompería todas las costuras, la desigualdad creció, el poder adquisitivo de la población bajo, y a pesar de que se anuncia una nueva crisis (esta vez no podremos decir que nadie la predijo) aún no nos hemos recuperado. (Buscar mapa de El Orden Mundial). Aunque por supuesto que han surgido movimientos de protesta el conjunto social más joven no ha sabido movilizarse con la fuerza que cabría esperar, y resulta lógico, porque la mayoría de nosotros no lo hemos hecho jamás. No tuvimos esa necesidad. Hemos encontrado soluciones alternativas: aprovechamos las oportunidades del mercado internacional y salimos de nuestros respectivos países, alargamos nuestra juventud hasta bien entrado los 30, postergamos la formación de una familia, eso si no desechamos la idea por completo. Porque nuestra generación se está dedicando a buscar salidas individuales a un problema que es colectivo. ¿O quizás no?

Está última década ha dado lugar a dos revoluciones de carácter social, la morada (tranquilo lector, no estoy hablando de Podemos) y la verde. El movimiento feminista ha ido alzando la voz cada vez más, ampliando su foco frente a las tradicionales reivindicaciones de mejora económica y violencia de género, señalando las costuras de una sociedad y ampliando nuestras miras en muchos sentidos. Hoy en día el feminismo forma parte de los debates diarios televisivos, está presente en las conversaciones del día a día, tiene la suficiente fuerza como para genera corrientes reactivas. En definitiva, ha pasado a un primer plano social, y en buena medida ocupa el tiempo de buena parte de la población (principalmente femenina por motivos obvios) que se siente mucho más identificada con este ideario, puesto que sufren diariamente las consecuencias de una sociedad machista, que con cualquier reivindicación económica. Ninguna huelga laboral será capaz de sacar a un número significativo de jóvenes en todo el país, pero el feminismo ha demostrado, y lo seguirá haciendo, su capacidad de movilización.

La otra revolución, la verde, ha cogido fuerza en los últimos años. Los cambios en el clima son ya evidentes incluso en un plano diario, y la sociedad comienza a estar mentalizada de ello. Llama la atención que la generación más joven, menores de 16 años, sean los que estén liderando un movimiento que nos afecta a todos. Quizás porque ven muy claro que su futuro podría depender de un hilo. Esto se mire por donde se mire es un logro social de gran calibre, demuestra concienciación y preocupación entre los más jóvenes. Han sido capaces de movilizar, y con Greta Thunberg a la cabeza, han logrado poner en el foco mediático una cuestión que cada vez menos se atreven a negar. Por mucho que sus detractores la acusen de infantil y manipulable, deberán al menos reconocerle este mérito.

Todo ello me hace pensar que quizás las nuevas generaciones no sean tan poco combativas como pensábamos. Quizás estén más preocupadas por el mundo que les rodea de lo que cabría pensar. Solo que sus preocupaciones no son económicas, sino de género y climáticas.

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