Aprender y cuidar: la verdadera revolución – Zule

La revolución es solo el sueño de un mamífero que se cree capaz de tomar las riendas de la evolución cósmica. Es la fantasía de quien piensa que el tiempo existe como algo realmente cuantificable fuera de la medida de ese pulgar, con el que a la cuenta de la vieja chasqueamos el paso de los instantes.

La revolución sucede cuando ese mamífero que se nombra a sí mismo humano, entiende que tiene la curiosa capacidad de materializar ideas. Puede coger formas mentales (un triángulo) y, manipulando una serie de materias tangibles (unos palitroques y un poco de alambra), traerlas a la tierra (haciendo una percha). Desde esta óptica, la revolución no es más que la evolución de esa misma capacidad técnica que nos permite construir castillos de arena, solo que esta vez se aplica a la historia en lugar de al polvo.

Egocéntricamente, sentimos que la sociedad tiene exactamente la misma forma que le damos en nuestra cabeza. El revolucionario se diferencia del resto de humanos en que no se conforma con esa silueta que percibe: él busca una idea de sociedad que le parece más hermosa que la actual. Además, después trata de materializarla en el mundo terrenal que compartimos todos. El revolucionario no se conforma ni con un cielo intangible ni con un presente insulso. Trata de traer el cielo a la tierra, como dirían los ideólogos socialistas del siglo XIX. “Y hasta la victoria siempre”, que dirían los obreros del veinte, cuando al poner el proyecto en marcha se fuesen dando cuenta de que la revolución es algo imposible.

Porque si, las armas matan, y cuando muere la vida no solo desaparecen los sueños, sino que también lo hacen las pesadillas. Lo que no hacen las armas es destruir las propias  armas, ni diluir la coerción, y tampoco desestabilizar la histórica balanza de vencedores y vencidos, que al final siempre deja deudas para la mayoría desposeída.

Por eso, quién nació en una familia revolucionaria no puede evitar ver que ese juego es en parte religioso. Se convierte así  la revolución en una cruzada, y a ningún revolucionario le gustan demasiado las cruzadas. Por eso, el revolucionario vive en la contradicción: ama y rechaza rotundamente todas las revoluciones, con la misma intensidad con la que llora visualizando “La batalla de Chile”, ese último momento en que el socialismo realmente tuvo una posibilidad de materializarse de forma humanamente premeditada. Y ojo que eso fue porque Allende le dijo que no a Fidel cuando le ofreció las armas: luego estuvo lo del estadio, y lo de los desaparecidos y los exiliados, y la voz de Lara que fue arrancada de cuajo, aunque entre sus dientes aún hoy crecen claveles que protestan por lo caro que se puso el metro.

Quién nació en la cultura de los derrotados, quién desciende de los muertos en las cunetas, nace con el trauma de que al final pasaron, y de la tortura clandestina y del exilio ideológico. Quién fue educado por los perdedores no puede evitar recitar poemas, y luego llorar, y enfadarse para después  alzar el puño cuando suena la Internacional y sobre todo el A las barricadas. Tras eso puede irse a una protesta, manifestarse, cagarse en el rey tarareando el himno de Riego. Para crear poder popular, denunciando la injusticia, tratando de construir un mundo nuevo cada día; asumiendo, muchas veces, que el demonio vive dentro; teniendo que apartarse, tras cortarse públicamente las pelotas. Pero aún así, incluso en el gulag, si me quieres escribir, ya sabes mi paradero, porque en la plaza de mi pueblo nací, con el puño levantado.

Pero no por todo esto puede un hijo bastardo de la revolución creer en la religión, ni el catecismo, ni las mitologías de viejos, ni en las batallitas. Todos esos abuelos luchadores le enseñaron a dudar de Dios y de quienes dominan al pueblo en su nombre. Ese es el gran legado los moribundos padres de nuestras madres. Luchamos porque somos humanos, pero precisamente porque somos humanos no podremos dejar de luchar nunca: y hasta la victoria, en la muerte, siempre en la entelequia.

Entonces uno recuerda aquello del principio, lo de que la clave está en la técnica, y que la técnica no es sino hacer que las formas de la mente vengan a la materia por acción de las manos y de la boca (porque, ojo, que las ideas y las palabras son muy importantes).  De nuevo se pone uno manos a la obra, y ve en la cabeza un cuadrado; le añade después  cuatro rectangulitos, por debajo, sujetándole el culo; y ea, ya tengo una mesa.

Soy un carpintero, soy un revolucionario, y estoy dispuesto a morir en la cruz, para  al final del todo dudar de mi padre. Viviré luego  eternamente en la memoria de quienes me viesen mártir, porque hoy mis manos tantean la madera y la moldean. Cuando está hecha la mesa, anuncio en voz alta: ¡Esto es una mesa! La mesa ya no es un sueño. Ahora es materia dispuesta para el uso social, y no ha hecho falta ningún arma en el transcurso del proceso… bueno, siendo sincero… quizás una cuchilla pueda ser un arma ¿Tú qué crees?

Ya no solo es que no crea en las revoluciones violentas por que sea muy hippie y rechace el uso de la violencia. ¡También soy muy punki y creo que a veces una hostia resuelve las cosas! Sí las revoluciones violentas llevasen  a algo bueno, la muerte sería pasable porque,  aunque duela, morir es nuestro destino. (Y qué hermoso es decir esto cuando se mueren los otros, y que difícil asumirlo cuando me muero yo).

Las secuelas de la guerra no valen la pena cuando los frutos que crecen de los cadáveres acribillados por la metralla de la historia sólo pueden ser olidos por los nuevos mesías, esos vanguardistas estrategas, hermeneutas del nuevo orden. Cuando alguien me enseñe una lucha armada que redimió a una mayoría, a todo un pueblo, de la pobreza y el sufrimiento, me tragaré mis palabras. Hasta entonces, permíteme que dude de todos los líderes, que incluso yendo a la cabeza de la vanguardia en el frente, fusilan a las famélicas masas de los desheredados y luego fuman un fino cigarro de poder; cigarro cuyo humo solo queda encerrado en sus pulmones, y no en los de ningún otro fulano.

Por eso a la violencia revolucionaria solo le veo sentido a modo defensivo: porque creo en la autodefensa, en cuidar y proteger un proyecto revolucionario puesto en práctica por el poder popular de la palabra, y en cómo ella afecta al funcionamiento de las personas;  porque creo en cómo las personas construyen la sociedad, y la cultura, como aquellos presos que construían su propia cárcel, aunque a la vez como las alas que permiten al mochuelo volar hasta la luna llena.

Sí, mi revolución se hace con lapiceros y  destornilladores; experimentando por el campo, y leyendo libros. Solo temo que no lo supe a tiempo para poder convertirme en un verdadero revolucionario, uno de esos radicales que hace un mundo con la mente de los niños pequeños. Y ojo, esos revolucionarios ni cobran bien ni son reconocidos: simplemente son aplastados por la burocracia y la memoria, escurridiza, que los acaba dejando marchar lentamente de las mentes de la revolución. Los maestros son los mártires olvidados por la historia. Y aunque no sea de forma radical, todo el mundo puede unirse al martirio: educa en valores, porque allá donde estés educando estarás luchando en la trinchera; brigadista en primera línea del frente revolucionario.

Si partimos del sueño revolucionario, de esa creencia en una cierta voluntad humana que no solo llega a poder decidir hacer sino que además es capaz de poder decidir qué hacer con la propia historia, entonces el mejor modo de traer las utopías a la tierra es cultivar las mentes. Si nos olvidamos de este virus pandémico que nos ha demostrado que sólo somos una frágil criatura sin ningún poder real en el cosmos, si seguimos creyendo en una posible revolución, lo único que podemos hacer es cuidar a nuestros semejantes. Cuidar y enseñar a cuidar es el único modo de educar a quien se asume humano, frágil, y finito, pero ante todo y sobretodo, mortal. Es el único modo de mejorar la frágil realidad que hoy habitamos.

Solo podemos cuidar las mentes, para que aprendan las técnicas de materializar las cosas: para que aprendan a comportarse conforme a esas técnicas y para que sepan idear los mejores planos; para que sepan fallar y aprender, para después levantarse de las zanjas y no por ello dejarse caer, ni fracasar, ni escupir, o agredir a nadie; para tampoco culpar a otros de mis errores, ni exculparles a ellos de la parte de culpa que sobre mi tienen; aunque quizás podamos perdonarnos: a mí, a ellos, a todos los que somos demasiado humanos. Y a partir de entonces no llorar sí no es para sanar el alma, ni reír sino es para compartir un momento bonito; fallar y aprender para que nuestro mundo sea humano, y como don Quijote, seguir levantándonos cada vez que nos golpean los molinos, sin olvidar que en ellos vemos gigantes, y que quizás, más allá, veremos ríos y bosques.

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