¿Es posible la revolución en el siglo XXI? Alegato a favor del no consumo – El sesudo Ahorramón

Este mes hablamos de revolución y no, no pongo el color de la fuente en rojo porque además de dañar la vista de nuestros adoradísimos lectores (se comenta en la revista hacer camisetas con la cara de nuestro lector del mes, para que veáis el nivel de amor que os tenemos) provocándoles  lesiones oculares leves, el tema es lo bastante serio como para no leerse este artículo entero por un color de fuente elegido con desatino.

Pensar que podemos hacer la revolución a día de hoy inspirándonos en metodologías pasadas en pecar de inocentes. Los tiempos han cambiado y nuestra generación está desarticulada políticamente: que sí, que si organización vecinal y foros locales, muy bien; que sí, que si feminismo generacional y muchas manifestaciones, que también; que sí, que si nuevas tecnologías, metodologías y apps, que vale. Pero en la práctica eso no se traduce en mejores políticas sociales ni en mejoras, de nuevo, para el tejido social. ¡Dejad de tiraros el rollo si luego no conseguimos nada, hombre! Ahora, precisamente porque hemos cambiado, debemos hacer énfasis en nuestras nuevas metodologías y perspectivas para plantear precisamente la revolución.

¿Pero la revolución de qué? ¿Del revolcón? No hombre, aunque mi Word y su traductor sean un poco cachondos, hablamos por el contrario de una revolución que, como recriminaba antes, sí nos acerque a unas mejores condiciones de vida para el grueso de la población y sus colectivos desfavorecidos. De antemano, quede dicho que me parece maravillosa la labor de zapa que se hace frente a tendencias precarizantes hacia nuestra generación: compartir sofá o casa, alquilar ropa, limpiarla en comercios repletos de lavadoras por no poder pagarse una… Rasca, rasca, y veras como detrás de lo tonti-tendry se esconden intereses por vender como oro y guay lo que es autentica basura. Recalco, con el ecologismo ya nos la están colando y seguimos a nuestras tonterías de Instagram. Ya veremos cómo degenera con los años, ya.

Personalmente, creo que una de las únicas formas de ser revolucionario a día de hoy es no consumiendo. No simplemente reduciendo el consumo, no, sino directamente no consumiendo. Acabamos de soltar la bomba. Con una educación capitalista, nefasta desde el minuto cero de nuestra vida y después con la televisión como canalizador y altavoz, de la cual mamamos hasta casi nuestro lecho de muerte, creo que la actitud de extremófilo es la idónea: en ambientes extremos, adaptaciones extremas.

Constantemente, gracias a la publicidad televisiva, se nos educa en un consumo estúpido de caprichos innecesarios que no necesitamos y que son meros parches, que en el mejor de los casos nos satisfarán a medias, volviéndonos dependientes de la marca de turno. “Cómprate este coche, tú, cuarentón que duerme 6 horas y media al día y que pasas 10 horas en un trabajo que te permite pagar deudas, no del todo necesarias. A fin de cuentas esta máquina de metal refuerza tus sentimientos de individualidad mezquina y de superioridad inventada”, nos dice el anuncio de turno, entre semana, a las 10 de la noche… ¡Prime time, señores, Prime time! O “toma esta crema, de precio inflado, con la última tecnología de los laboratorios inventados por nuestro equipo de marketing, para que aún sigas creyéndote joven y no cedas a las tiempos propios de la realidad y tu naturaleza, ya que ellas envejecen pero tú no: si nos pagas por este potingue, serás más joven que ellas, tendrás la atención de ellos y serás mejor que todos” reza un anuncio de cremas faciales para mujeres.

Gasta, gasta, gasta. Pero gasta mucho, y además en chorradas. Y yo, que soy una persona que escucha, al menos hago caso y trato de probar, sea que a lo mejor antes estuviera equivocado Y gasto. Gasto mucho. De verdad, gasto tanto que no gasto en lo que debo. Pero no entiendo. No entiendo por qué la televisión no promociona el conocimiento que solucionaría muchos de nuestros problemas. Nos habla de gastar, de manejar dinero, pero no nos enseña a hacerlo con cabeza. No comprendo que la televisión no nos muestre las bondades de técnicas o métodos para generar más dinero y poder así gastarlo. Coño, si gano yo, gastamos todos… digo ganamos todos. Pero no, de la educación financiera y los planes de gasto jamás se supo. Este es sólo un ejemplo pero su pueden dar muchos: se puede hablar desde alimentación sana hasta adaptógenos, pasando por las bondades del ejercicio o la meditación, pero sin embargo se da una versión edulcorada y tímida que aflora en los anuncios de comida chatarra o infusiones super-eco-chupi destinadas a mujeres con ansiedad, que adelgazan por deshidratación inducida (se nos va la cola de caballo de las manos, señores).

Al final todo se reduce a la cuestión acerca de qué tipo de consumidor queremos: podemos apostar por una vaquita enfermiza y abatida, rebajada y degradada que sólo pasta y consume, paga sus deudas y gasta lo que le sobra en cosas que no necesita, o podemos apostar por un animal de cuño distinto, un lobo fuerte física y mentalmente, exigente y que no tolere veneno, ni en lo que ve ni en lo que oye, ya sean mensajes políticos, políticas educativas o educación sobre alimentación en televisión. Thoreau nos recuerda que debemos prestar atención a con qué pensamientos e ideas asfaltamos nuestra cabeza, ya que quizás después el vehículo del pensamiento no ruede tan bien como debiera, y en lugar de un bólido veloz sea un bochornoso carromato. Visto así, la apuesta adquiere unas dimensiones titánicas, y lo que hay en juego no es sólo lo que se ve por televisión, sino lo que pretendemos de la realidad que vivimos: “[…] you, the people, have the power to make this life free and beautiful, to make this life a wonderful adventure”. Retomando las palabras de un gran dictador, queda claro lo que se esconde tras una televisión que abunda en publicidad mezquina, que promociona un consumo nocivo con uno mismo e innecesario: la realidad así y nosotros mismos quedamos vencidos, degradados, en algo inferior a lo que podríamos ser, no permitiéndosenos convertir nuestra realidad en el cielo en la tierra, y siendo por desgracia hermanos en nuestra mutua desgracia. No hace tantos años Barón Rojo ya nos lo advertía en La voz de su amo:

 

Yo soy el ente que ensucia tu mente

con mierda multicolor,

y con tele-contaminación.

 

Soy la voz de mi amo,

Soy su perro más fiel.

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