Yo como coño: discurso en la puerta de una estación – Janara

Antes de quedar con prácticamente una desconocida ensayo mi defensa, el discurso en el que me encuentro cómoda para tratar de explicarle por qué necesito consejo y apoyo, ya que comienzo a replanteármelo todo. Qué me lleva a quedar con una desconocida para abrirme emocionalmente es una cuestión en la que tendré que ahondar en otro momento, por ahora solo miro nerviosamente el móvil con la esperanza de que el tiempo pase lento y me permita ordenar mis ideas.

Articulando este discurso interno y en respuesta a sus hipotéticas preguntas, me doy cuenta de algo que llevaba latente mucho tiempo. Y es que aunque me crea deconstruida, puede que precisamente por ello percibo que no sé ser persona en una relación. Me explico: no sé ser sujeto, solo objeto sobre el que las voluntades y necesidades de otros actúan. No dudo que alguna vez sí que lo haya sido, pero no me pienso en esos términos al recordar mis relaciones pasadas o presentes. A riesgo de caer en la dicotomía puta-santa (MadonnaWhore) tan querida por nuestro bien hallado heteropatriarcado, podría clasificar en dos los objetos que he encarnado. No pretendo con ello que las lectoras se sientan identificadas, pues tristemente sé por amigas, compañeras y escritoras que eso ocurrirá en muchos casos. Más bien quiero que juntas hagamos el ejercicio de pensarnos en sujeto, y de entender nuestro papel en las relaciones afectivas. Pero sobre todo y ante todo, que como sujetos activos demandemos los cuidados que nuestro Yo requiera.

He aquí dos historias, dos papeles en los que me he encasillado una y otra vez en mis relaciones sexo-afectivas. Tan solo espero que cuando performe mi papel de pareja de ahora en adelante, venga a mí la suerte de tener un rol nuevo.

Yo como “máquina expendedora” doy lo que de mí se espera si se tocan las teclas correctas. Sé que es extraño pensarse en esos términos pero mi cabeza en ocasiones tiene predilección por las metáforas cutres. Si pulsas el botón de la culpabilidad recibirás atención, cariño y ayuda; si por casualidad presionas el sentimiento de responsabilidad, podría hacer tu trabajo o presentarme en la otra punta de la ciudad; si ofreces algo de atención te la devolveré multiplicada por mil. Luego los hay que usan el miedo, el pánico a no ser querida, a ser un despojo o incluso el temor a ellos mismos: en ese caso lo tendrás todo, porque ¿acaso hay algo más fuerte que el miedo? No importa lo cascada que este como máquina, la exigencia propia y ajena de ofrecerte y ser accesible a los demás es constante; si no apoyas en todo a tu pareja eres mala persona, y si no das atención a ese amigo que vuelve con la misma cantinela eres egoísta. No hay nada peor que una máquina expendedora que se queda con el dinero y no te da lo que quieres o peor, que está vacía. A esa ni nos acercamos siquiera. Debes estar ahí, disponible siempre, entregando lo que tienes dentro cuando ellos lo requieren. La única diferencia es que aquí los productos se reponen a costa de  salud física y mental.

Yo como coño he sufrido atención temprana e indeseada, he llorado por solo ser un coño, he consentido sexo no deseado por creer que lo debía, he sido violentada y penetrada cuando no podía consentir y he sufrido la falta de consideración constante por mi salud, directa e indirectamente. Lamentablemente también sé que no soy la que peor lo ha pasado, y no voy a pararme a enumerar las formas que tenemos de ser tratadas como meros objetos de placer para el género masculino. Yo como coño estoy cansada de solo ser un coño, un coño ignorado y maltratado.

Sé que esto último podría parecer más bien una parte más de ser tratada como una máquina expendedora, pero creía necesario ampliarlo, porque por tener coño es por lo que nos socializan para ser máquinas expendedoras de cuidados. Por tener coño he recibido el afecto y atención justos para poder usarme. Por tener coño se ha minusvalorado mi opinión y se ha considerado que exageraba en mis peticiones de respeto. Por ser mujer, con o sin coño, tenemos que aguantar que nos desprecien, nos silencien y nos dañen. Y si no queremos sufrir esto tenemos que consagrar nuestra existencia a ser máquinas expendedoras, quedándonos sin energía y sin fuerzas, para conseguir estar a salvo. Malgastando nuestra creatividad e intelecto en proyectos ajenos en los que echar una mano para un día, quizás, conseguir un agradecimiento al pie de página. Porque si queremos ser sujetos nos destruyen y como objetos nos consumen.

¿Hacia dónde avanzar entonces? La historia está llena de mujeres fuertes silenciadas por no querer ceder, pero el pasado tiene aún más registros de mujeres fuertes avocadas a ser la máquina expendedora de alguien. Ahora más que nunca podemos volvernos sujetos, en primer lugar pensándonos como ello, y entendiendo después que nuestras necesidades son igual de válidas que las de los otros. Dependemos de estos otros de la misma forma que ellos dependen de nosotras (autonomía-interdependiente) por lo que cabe exigir el mismo trato que ofrecemos: respeto, cuidados y atención. También tenemos que tener claro que una relación concreta hoy en día no es, en la mayoría de los casos, un determinante en el éxito vital. Si en una relación afectiva acabas consumida por la otra persona y ya no hay un Yo, es posible que esa relación te relegue a ser objeto dentro de la vida del otro.

Resumiendo, ante un sistema que atenta contra la vida en general y contra los cuerpos feminizados en particular, poner la vida y a nosotras como sujetos activos de nuestra vida es un acto revolucionario. A QUERERSE, COÑO.

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