Revoluciones: el ciclo sin fin que lo envuelve todo – Dr. Nicolas Riviera

Hay un antiguo proverbio chino que dice: “Panda a Tope gobierna el mundo, el mejor grupo desde que el mundo es mundo”…Bueno, no sé si es ese el proverbio al que me quería referir, pero lo importante es, que desde que el mundo es mundo, el hombre ha vivido con la revolución. El surgimiento de la humanidad tal y como la conocemos ahora, es obra de varias revoluciones que, de forma sucesiva, han moldeado la sociedad occidental en la que tanto la mayoría de nuestros lectores, como yo, vivimos.

Y se llevan dando desde aproximadamente el 8.000 a.c, cuando las tribus dejaron de ser nómadas, y empezaron a asentarse en la tierra, mediante la agricultura. Numerosas técnicas surgieron en este periodo, como la metalurgia o la cerámica, que permitieron un espectacular aumento de la población, pasando de unos 5 millones de habitantes en la tierra en el 10000 a.c, a unos 86 millones hacia el 6000 a.c. Este gran aumento de la población, sumado a las nuevas técnicas, dieron lugar a nuevas formas de organización social, la división del trabajo entre hombres y mujeres, la especialización del mismo… Esto ha tenido a bien de llamarse “Revolución Neolítica” y desde entonces, la historia nos dice que diferentes revoluciones han ido dando forma a la manera en la que vivimos hoy en día (la Revolución Francesa, la(s) Revolución(es) Industrial(es), la Revolución Rusa, etc.). En mayor o menor medida, estos eventos nos han marcado. De hecho, ahora mismo estamos viviendo una revolución bajo nuestros mismos pies, una tecnológica, donde cada día avanzamos hacia lugares que hace solo 20 años parecían bastante más lejanos en el tiempo.

Dicho esto, si la revolución ha convivido tan estrechamente con el hombre durante tanto tiempo, ¿Por qué nos sigue pareciendo tan ajena a nosotros? ¿ No sería mejor que empezásemos a abrazarlas y dejásemos  de preocuparnos?. No parece que un poco de cambio de vez en cuando nos debilite, sino que nos mejora a la larga, quitando aquellos elementos que nos lastran, y haciendo que encontremos nuevos puntos de apoyo con los que la humanidad pueda seguir su camino hacia adelante: más tecnología, más personas que viven durante más tiempo, transportes más rápidos y con mayor capacidad de carga, más productos para consumir… Cabalgamos sin descanso hacia el porvenir, desde los tiempos que comentábamos en el anterior párrafo.

En estos tiempos en los que muchas cosas han ido perdiendo su filo, parece que incluso las revoluciones se hacen más progresivas. Menos estallidos y más filtraciones, como se hace el buen café. Gota a gota nos vamos encontrando con nuevos avances y tecnologías que nos permiten alcanzar logros que hace 20 o 30 años nos parecerían imposibles. Todo esto nos hacía creer en un mundo donde el progreso seria constante, sin picos, pero también sin valles. Un n mar de calma en el que la humanidad solo tendría que preocuparse de cosas banales: que vamos a comer, que ropa nos abrigara, o cómo vamos a pagar las facturas. Ya saben, lo simple de la vida. En todo caso, a nuestro alrededor cómodamente se irían desarrollando nuevas herramientas que nos permitirían ver Netflix sin que los capítulos se reprodujesen automáticamente, o que nos permitiesen publicar stories más largas en Instagram, haciéndonos la vida mucho más sencilla y cómoda. Prácticamente se podría decir que sería lo mismo que vivir en el espacio.

Y usaba la palabra “parecía” porque esa era la realidad que nos tocaba vivir hasta hace muy poquito tiempo. Ahora una enfermedad ha trastocado, al menos en parte, la dirección hacia la que nos dirigíamos colectivamente, y la ha encauzado hacia un lugar diferente. ¿Mejor? ¿Peor? Quizás sea pronto para saberlo, pero puede que esto sea la chispa de la revolución que está por venir. Durante los últimos 40 años, el planeta ha vivido una interconexión como nunca antes se había visto: lugares separados por miles de kilómetros de distancia estaban conectados. No solo física y virtualmente, sino que además compartían un mercado “común” (de cualquier librecambista del siglo XVIII)  en el que los estados se abstenían de intervenir en el comercio entre mercados, cada vez más  abiertos por las nuevas tecnologías que se habían ido desarrollado en este periodo. Sin embargo, al menos en los próximos 6 meses, parece que este intercambio fluido de mercancías va a verse interrumpido por cuestiones de fuerza mayor. También se verá restringida la libre circulación de personas impuesta en muchas de las zonas. Los países ahora tienen que hacer frente a problemas para los que, no solo no habían preparado solución, sino que, además, aunque la hubiesen pensado, tampoco poseían las herramientas necesarias para hacerles frente. Se impone ahora una solución que tal vez suponga un cambio para la manera en que una generación (los nacidos del 90 en adelante) ha conocido el mundo.

¿Quién sabe?  Quizás tengamos batallitas que contar a nuestros nietos (fabricados con piezas de Ikea) sobre cómo el mundo en el que habíamos vivido, cambio debido a “LA PLAGA”. Yo por lo menos así lo espero, que si no voy a tener que vivir experiencias reales para tener algo interesante que contar…

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