Vía Solitaria – Relato de Hakeem Torres

Debajo de un techo de zinc, escampo. Espero a que la lluvia cese para poder montarme en mi carro. Miro cómo un obispo y un cura lanzan el cuerpo dentro del baúl del auto. Esta vez es una tal Aurora… El otro día un Estragón y al otro un tal José. Todos pasan por lo mismo, a todos llevo donde tengo. Sin perder tiempo, no pregunto quiénes son, o mejor dicho quiénes eran y como llegaron a mi baúl. Ese es el trabajo no pagado de mi compañero, el que llega a conclusiones de lo que le haya ocurrido a la víctima. Desde asesinos en serie, suicidios, homicidios de primer grado… hasta fantasmas. Sin embargo, todas las conversaciones terminan de la misma forma: yo diciéndole que se deje de tonterías; que cómo van a contratar a dos “donnadies” para transportar algo tan serio.

De hecho, no los culpo. Ambos tienen unas vidas mediocres e insignificantes. Hay que buscar cómo entretenerse, pero ya yo estoy viejo para eso; no tengo tiempo para fantasear sobre escenarios que son interesantes, pero a la vez ficticios. Cuando la realidad es que soy un pobretón que guía de lado a lado todos los días y ni siquiera lo hago para un destino deseado. Todos los días la misma rutina: despierto, me lavo la boca, orino, cocino, me alimento, me baño, me pongo mis ropas, me monto en mi carro, guío fuera de casa, vuelvo a casa, me desvisto, defeco, me baño, me visto, cocino, como, veo televisión, voy a mi cama, me acuesto y luego duermo. Mi rutina desde hace 20 años. No me casé, no me gradué, tal vez no me desarrollé como persona ante un ojo público, pero yo no voy a lamentarme por ello. No es como si pudiera hacer algo al respecto, aunque quisiese, ya estoy viejo y no es como si me pudiese volver más joven.

Cayendo en cuenta de que los dos hombres habían partido ya, y saliendo de mi monólogo de retro-inspección, me fijé que estaba solo en esta noche mojada. El teléfono vibra de manera inesperada. Lo miro con optimismo, esperando que sean buenas nuevas de Blanco, que indicaran que su llegada será pronto. La falta de fortuna será la que me acompañará esta noche, ya que el mensaje que llegó no traía buenas nuevas: solo excusas de cómo no podría hacer conmigo esta jornada.

Un poco molesto, o para ser claro, decepcionado con las noticias, pensé brevemente en lo que le pudo haber ocurrido al jincho. Para ser honesto espero que no le haya ocurrido nada, ya que es lo más cerca que tengo a un amigo… Camino en dirección de mi carcacha en ruedas, que por su edad está llena de algunos orificios, despintada y repleta de moho en las áreas sin pintura; tanto moho que con tan solo tocarlo te podrías morir más rápido de lo que dirías “tétano”. Halo la manecilla para abrir la puerta, pero antes de abrirla completamente, contemplo el panorama en el que me encuentro. La noche aparentaba ser buena para tener una cita con tu alcoba. Estar envuelto en sabanas de seda mientras tu cabeza reposa en una nube hecha de algodón, y para poner un punto final, una cobija que te mantenga caliente y protegido mientas observas un filme de romance típico, de terror.

Lamentablemente esa no era la realidad: ser pobre y estar poco preparado te lleva a ofrecer servicios en las largas horas de la noche, dentro de una caja metálica en la que llevas cuerpos helados. Un trabajo con horarios despiadados, que solo está hecho para personas como yo, pobres, y no solo de moneda, sino de contacto humano. Cómo quisiera yo estar acurrucado entre el algodón y el poliéster barato que cubren mi pequeña cama.

Antes de montarme, verifico el baúl. Siempre lo hago, es parte de la rutina antes comenzar el viaje; por suerte, todo está bien, como de costumbre. Camino hacia el asiento del conductor y me monto. Como de costumbre, pongo la llave dentro del encendedor y pongo el auto en marcha. Busco mi teléfono para utilizar el “GPS” y establezco mi ruta. Antes de partir pongo un episodio de “Entrelineas”, para escuchar a alguien que me ayude a no sentirme solo en el viaje.

Otro día lleno de monotonía, no tan solo en mi vida, sino en todo el país. Desde políticos corruptos, hasta la injusticia contra el sector obrero. Ya no sé ni por qué son llamadas noticias, si solo son repeticiones sin cesar de una realidad que jamás se altera. Los asesinatos, los robos, las marchas sin cosechas; la falta de resultados benignos para el villano siempre ha estado presente en cualquier momento histórico de Puerto Rico. Puedes escoger cualquier reportaje hecho por cualquier periodista y ponerlo en cualquier época de esta colonia: nadie se percataría. Esto hace que el plazo del tiempo sea tan lento en Puerto Rico, que todos los eventos se hayan vuelto anacrónicos. Pese a todo sigo monótonamente escuchando, aunque no hay nada nuevo en lo que oigo. “En medio kilómetro tome la derecha para continuar sobre el expreso José de diego / PR-22WD”

La voz robotizada y monótona pone en alto mi tren de pensamiento e introduce un problema. Subieron el peaje en estos días, y sé que no tengo los fondos suficientes para pasar por él. Para colmo, la maldita estación de recargo esta por la otra vía, y esto me imposibilita recargar para evitar la multa. Esta situación me fuerza la mano y tendré que tomar mi viaje por la playa. Tengo que evitar las multas: no he cobrado aun y no puedo perder lo poco que cobraré hoy. Miro el teléfono rápidamente para tener una referencia del tiempo y saber cuánto me falta para llegar a la capilla. Solo unos 40 minutos me restan para llegar a la hora establecida. El “GPS” pronostica que llegare en unos 50 si me voy por la playa. Esto me causa preocupación, no puedo romper las reglas, no puedo perder mi trabajo.

Buscando trabajo, años atrás, me tope con esta oportunidad ideal y por el momento todo transcurría de manera exitosa. Es un trabajo sencillo que solo requiere que sigas dos reglas. Regla número uno: nunca llegar tarde. Ni a la hora de recoger el cuerpo, ni a la hora de entrega. Regla número 2: por ninguna circunstancia tocar el cuerpo. El cuerpo no puede ser tocado, aunque te cueste tu vida.

Dos reglas sencillas. No se necesita una gran preparación y con los horarios ultra flexibles, suena a una ganga. El único trabajo que pude conseguir en el que gano decentemente y en el que yo no tuviera mucho que hacer. Un trabajo sencillo para un hombre sencillo. Guiando por las vías agrietadas de Puerto Rico, me cuestiono adónde fueron los impuestos que pagué. Cráteres lunares en las carreteras, postes de luz sin bombillas y semáforos sin sincronizar. En esta carreta no se puede ver en ninguna parte hacia dónde fueron mis contribuciones y las de mis compatriotas.

Miro el velocímetro de mi auto que estaba erguido firmemente en el 85. Mi carro tiembla al igual que yo. La manera que guiaba me sorprendía, mas estaba justificada: era la manera en la que aseguraba que llegaría a tiempo y no perdería mi trabajo. La inestabilidad de mi carro ejemplifica los nervios que tenía. Esos nervios también se reflejaban en mis rodillas, que titubeaban, más no sé exactamente el por qué, si era por ir tarde o por tener miedo de que el carro se rompiera allí mismo.

Se que debo frenar, al menos un poco. Este carro no aguantará el empuje que le estoy forzando todo el camino. Antes de poner el pie en el freno, miro mi celular. Estoy en tiempo y pude adelantar parte del camino gracias al estrés en el que puse al motor. Miro por el parabrisas para saber si estaba en riesgo de algún choque. Estaba a salvo, lo que observo es una carretera desierta en la que solo debía guiar recto por ahora. Antes de soltar mi celular decido mirarlo por última vez. Mas adelante tendré que tomar la salida a la derecha. Para anticipar, decido cambiar al carril del extremo derecho. En la transición de carriles, me convertí en víctima de mis quejas. La goma izquierda del lado posterior fue pinchada. Cuando vi el hueco, ya era muy tarde para evitarlo. El carro, rebotando por la falta de un neumático, me obligó a usar el paseo. Mas esto es una parada inoportuna que atrasará el viaje y me quitará el camino que ya había adelantado.

Freno en seco, pongo el auto en “parquin”, alzo la palanca de emergencia y apago el auto. Antes de bajar miro para ver si hay algún otro individuo guiando a estas horas de la madrugada. Buscando alguna luz que me diera esperanza, la noche me respondió con la oscuridad. Me bajo sin pensar en los riesgos. Camino hasta la llanta reventada para ver el daño que me regaló el gobierno…

Ya sabiendo lo obvio, camino hasta el baúl para sacar el gato. Dando unas palmadas sobre el auto al ritmo de “Pedro Navaja”, saco entre el grupo de llaves la necesaria para abrir el baúl. Insertando la llave la giro bruscamente hacia el lado derecho, escucho el clic que representa la apertura de la cerradura. La plancha negra llena de moho fue elevándose lentamente y en ese momento solo restaba sacar la alfombra negra que me separaba del maullador metálico. Solo que no era así de sencillo…

Al conductor se le había olvidado la razón por la que estaba guiando a estas horas de la madrugada. Además de la tapicería, que era solo una formalidad, también había un cuerpo tieso en su camino. En dos años en este trabajo, es la primera vez que él se acercaba a un cadáver.

-Carajo! – exclamó el conductor mientras se frotaba la frente y cerraba sus ojos.

En la plenitud de su mente el conductor intentaba encontrar una respuesta al acertijo en el que se encontraba. Comenzó a caminar en círculos en el perímetro de su ataúd andante en lo que determinaba que iba hacer. El necesitaba sacar el felino de acero de ese maldito baúl. Si no, él llegaría tarde al lugar de entrega, mas tampoco podía tocar el cuerpo. Lo tenía muy claro: para salir bien esta noche tendría que romper una de las reglas. Llamar una grúa y llegar tarde o tocar el cuerpo y resolver la situación eficazmente… Sin hacerse el pendejo, él sabía que no tenía dinero para una grúa, así que tocar la carcasa en “rigamortis” era su única opción verdadera.

-Es solo un cadáver, además está en una bolsa. ¿Qué es lo peor que puede pasar? – Pensó en voz alta el conductor exasperadamente.

Contempló el cuerpo una vez más antes de tomarlo, imaginándose cómo era la mujer que estaba cubierta en por el capullo de vinilo. Solo que esta no representaba una metamorfosis, sino que personificaba la muerte de aquella. Agarró el cuerpo y lo puso delicadamente en el pavimento justo detrás de él y así el prosigue con la misión. Remueve la tapicería que lo separa de su herramienta de predilección y la busca en el hoyo negro que es su baúl ya que solo contaba con la luz de la luna. En el transcurso cogió una navaja que tenía tirada ahí, una pata de cabra (por si las moscas) y lo más importante, agarró el gato junto con su respuesta de auxilio. Era todo lo que necesitaba para salir del lío en el que se había metido.

Con todo en mano, miró al suelo para asegurarse que el paquete estaba seguro. No se sorprendió porque lo que vio es solo un cadáver, no es como si un muerto se fuera a mover. Se acercó a la tragedia que le perjudicaba la noche y apresuradamente cambió la llanta que simula ser una dona con un mordisco brindado por Roselló. En menos de cinco minutos ya él había resuelto la situación. Abrió la puerta y colocó en el asiento del copiloto la navaja y la pata de cabra que hubo escogido. Con unos pasos ligeros se acercó al área posterior del carro para colocar el neumático hueco y el gato, pero tan pronto llegó al baúl, se percató que algo estaba perdido. La bolsa y aún más importante, el cuerpo, no estaban donde los dejo hace menos de tres minutos. Sudando frío, él no sabía dónde meter la cabeza.

– ¿Cómo es posible que un cuerpo sin vida se haya movido? – era el nuevo acertijo que pasaba por la mente del conductor.

Cerrando los ojos, hizo una corta plegaria, ya que solo algo divino podría salvarle de esta situación en la que se metió. Abrió los ojos lentamente como si eso fuera a salvarlo de la realidad, recibió una sorpresa helada. La bolsa aún estaba ahí.

Tal vez es mi conciencia jugando con mi cabeza. – pensó.

Sin mucha demora puso el gato y la goma en su lugar junto con la tapicería y luego tomó el cuerpo y lo colocó sobre ellos. Tan cerca que estaba de cerrar el baúl el conductor, pero no lo hizo. La tentación era inmensa: él deseaba ver la mujer que ya había cargado dos veces.

Aunque trató de pretender que no estaba de acuerdo con sus deseos carnales, su materia gris no era lo suficientemente fuerte para detener la voluntad de su piel. Los brazos se encontraban en medio de una convulsión que si fueran estudiados en un detector de sismos llegaría a una cantidad de 6.7. Los dedos se acercaban bruscamente a la bolsa. Siempre dicen que la curiosidad mató el gato, pero la realidad es que fue el perro detrás de la puerta. Y en este caso el es el gato porque la belleza que había tras el vinil negro era el perro. Dicen que bienaventurados son los hijos del Señor, y hoy, con la aventura que espera tras la bolsa que alimentará sus pupilas con un nuevo territorio que nunca había explorado, es claro que sus ojos son hermanos de Jesús.

Una tez color perla y aun sedosa. Si él no supiera que ella estaba muerta solo pensaría que estaba raptada por la prima de esta. Una cara redonda con unos cachetes que harían a cualquier abuela una alcahueta feliz. Un cabello rojizo que resulta con un fervor que solo las llamas se le asimilarían. Unas manos pequeñas que no tienen indicios de que se hubieran utilizado mucho, pero por que juzgar a una obra de arte por no trabajar: su única labor debería ser es posar para un espectador.

Trasladó sus retinas por el cuerpo ajeno, mientras luchaba con el suyo para controlar sus manos y no tocar el cadáver. Perdiéndose en su cabello, ese que era un arrecife de coral que parecía tener vida propia. Ese pelo que funcionó como un sendero a su cuello, en el que tenía plasmadas huellas. Semi óvalos rojizos divididos en dos grupos de cinco. Dedos que eran parte de unas manos utilizadas para cortar el flujo de aire de esta menina. Huellas siniestras que podrían indicar la causa de su muerte. Bueno… Realmente no: las marcas no son lo suficientemente profundas para poder aniquilar a alguien. Pasaron por su mente pensamientos perversos, de esos pensamientos que nunca dirías en voz alta. Pensamientos que si no estuvieran confinados en tu mente alguien pensaría que estás enfermo. Es una idea erótica en la que el individuo llega a conclusiones que no debería, pero le gustaría participar de ellas. Ese momento en el que te imaginas cómo ahorcas, pero no de una manera lesiva, sino erótica. Una idea perversa con connotaciones macabras en la que el mundo no sabe qué es peor, sí que ella está muerta o que tu estés imaginando sobre su cadáver cómo la sofocarías mientras la consumes.

Saliendo de esa parte incómoda de su mente, volvió a la realidad, se percató de que su dedo índice estaba sobre sus labios, carnosos y húmedos, pero fríos. Se retractó, ya que era la primera vez que tocaba a un muerto. Nerviosamente bajó la compuerta del baúl de manera acelerada y corrió al asiento del conductor. Enciende el auto y sin esperar a que caliente aceleró, ya que sus babosadas atrasaron su encomienda. Por su torpeza y terror de percatase hasta donde su mente lo podía llevar no cerró el baúl de manera adecuada; mirando por el retrovisor le saludaba de manera burlona la compuerta, otro atraso… Nuevamente se sitúa en el paseo para hacerse cargo del maldito baúl. Con pasos rápidos llegó a él y lo clausuló, lo más fuerte que pudo. La noche estaba fría, los vellos de sus brazos estaban bajo las órdenes de un comandante de milicia. Reflexionando en su temperatura, frotaba sus brazos para crear una leve capa térmica sobre su piel. Caminaba hacia el auto para sentarse y arrancar, pero en el asiento del copiloto le esperaba una sorpresa…

-Entra- exclamó una voz serena, un poco baja y tal vez con una pizca de amenaza. El conductor anonadado se enteró de que en su carro lo esperaban. Era el dichoso cuerpo que se suponía muerto en el baúl, pero que ahora estaba sentado a solo 2 pies de distancia de él. – ¡Oh, Dios! – gritó el conductor -tú no estás muerta, mil disculpas, en mi baúl no te puse apropósito. Fue una equivocación de mis jefes…

– ¡Calla! – ordenó el cadáver con autoridad. -siéntate y cierra la puerta.

El conductor, sin querer protestar, sigue las órdenes sin comprender que estaba ocurriendo.

-No fue equivocación, ella está muerta-

Cuestionando el conductor dice – ¿Cómo que muerta? ¿Por qué estás hablando en tercera persona? –

Respondiendo, el cuerpo le dice – No hablo en tercera persona. Yo no soy ella, solo uso su cuerpo como vehículo para mi existencia, aunque es un remedio temporero. A menos que tú me ayudes.

– ¿Ayudarte? ¿Cómo? ¿Primero quién eres? – el conductor demanda respuesta dado que está presente en una situación en la que no sabe cómo lidiar en ella.

No es quién soy, sino que soy.

Desde que comenzó la conversación, el conductor está utilizando toda su voluntad para no fijarse en el espécimen desnudo que estaba a su alcance. Era el mismo cuerpo desnudo en el que depositó sus fantasías cuando creyó que estaba muerto, pero ahora todo eso cambió.

– Voy a ser honesto no me queda mucho tiempo, para responder a tu pregunta. Si, ella está muerta. Yo solo soy el demonio que la poseía. Ella murió porque el “curita” que llevaron a “salvarla” no estaba listo para lidiar con algo que era más grande que su existencia. Yo tal vez te incomode, pero no te preocupes, estoy muy débil. Reanimar un cuerpo toma un sacrificio inmenso. Tú solo eres el individuo que podrías ser mi salvador.

– ¿Su salvador? – dijo el conductor a la defensiva. – Yo no lo ayudaría, yo jamás ayudaría a un ser perverso y menos cuando él tomó la vida de una persona inocente. ¿Qué cree usted que soy? ¿un monstro?

– No me hables de perversidad. Yo vi como tu deseabas su cuerpo, como, aunque ella estando muerta, no pasó nunca por tu mente una mera condolencia. Pero vi que, en vez de lamentar su muerte, deseabas su cuerpo, cómo deseabas ser yo, queriendo poseer todo lo que ella era. Sé que querías cogerla, y no solo con tus manos. ¡Ja! Y yo soy el perverso… Cuando viste esta mujer, aunque muerta, no tardaste en sexualizarla: pensando en cómo se excitaba por medio de la asfixia en vez de concluir que tal vez tenía un tío abusivo que la asfixiaba desde niña cuando ella no hacia lo que el maldito quería. Me da gracia que ustedes los hombres claman ser virtuosos, pero no tienen ni la más mínima conexión con la espiritualidad.

– Usted está asumiendo mucho para alguien que tiene un cuerpo que no es suyo- refutó el hombre tratando de aparentar que aún tenía una onza de valentía su cuerpo.

– Yo no asumo nada. Yo lo sentí y el cuerpo podrá no ser mío, pero lo poseo con permiso. Inventan palabras como fémina para identificar la ausencia de la divinidad en las mujeres, cuando ustedes los hombres no saben ni lo más mínimo de lo sacro. Hacen bragas para esconder las supuestas hormonas que a ustedes les vuelven locos, cuando la realidad es que ustedes los hombres son los que sufren de ser indecentes por naturaleza. Es triste que no se cansen de vivir en sus propias mentiras. ¡Ja! “Hombres de Dios”. Ella clamó y clamó y ni ustedes, ni su Dios respondieron. Yo no la tomé a la fuerza, lo que es un concepto extranjero para usted, porque sois hombre. Nadie contestó, desde niña perdió su honra. Para ser claro en su casa moraba el diablo y eso mucho antes de que yo estuviera ahí. Es triste, que yo fuera su última opción. Como muchas antes que ella, a las que le gritaban brujas y putas sólo porque no estaban dispuestas a tolerar las tiranías de los granujas. Ellas se revolvieron al igual que esta que falleció y, aun así, muerta, ella posee más virtud que usted –

Nervioso el conductor, y avergonzado, frotaba sus pulgares sin saber cómo contestar al juicio al que fue sometido. Con un nudo en la garganta trataba de sacar palabras para contestar el juicioso monólogo, pero hasta en eso fracasó. Soltó letras, hiatos, diptongos, sustantivos, adjetivos, verbos y adverbios con los que intentaba pedir clemencia. Pero a la vez, trataba de justificar que, a pesar de que aquellos pensamientos que estuvieron en su cabeza, nunca actuó sobre ellos. Mas ellas, la carcasa y el demonio no parecían estar entretenidos con las súplicas del gusano.

Hubo un silencio pesado que duró unos pocos segundos, más el conductor sintió que pasó una eternidad. Ese silencio fue interrumpido por una proposición del ente que solo estaba a meras pulgadas del conductor. – Te tengo una propuesta… Yo te dejo tener su cuerpo si tú me das el tuyo. Puedes hacer todo lo que quieras, no te detendré. Puedes ahorcarla, violarla, morderla, abusarla, pero cuando termines rendirás tu cuerpo ante mí. –

– ¿Mi cuerpo?, ¿Pero por qué? ¿Qué tengo yo para darte? Yo valoro mi vida demasiado.

– No nos mintamos aquí. Tú solo llevas cuerpos de lado a lado y nada más. No es como si fueras hacer algo con tu vida ahora. Tú eres un fracaso. Yo con tu cuerpo podría hacer maravillas. Tú solo tienes que ser espectador de tu vida y obvio obtendrás lo que tanto deseas consumir-.

-De acuerdo digamos que accedo. ¿Qué me asegura a mí que no me mataras si te digo que sí? ¿Como puedo confiar en ti? –

– ¿No crees que, si te quisiera muerto, ya lo habría hecho? No seas tonto, te necesito vivo. No me gusta compararme con cosas minúsculas, pero podemos decir que soy solo un parasito, para que tu simple mente pueda entender. Te necesito vivo para yo habitar de manera permanente en ti.

Otro silencio preñado dio reposo a la conversación que acababa de ocurrir entre lo terrenal y sobre natural. Miles de ideas se ingeniaban en el consciente, subconsciente e inconsciente del conductor. El demonio le dio una propuesta interesante, pero entre las ideas que se creaban en su cabeza había una que le fascinaba. Un escenario en el que ganaba de todos modos. Devoraba a la chica y se quedaba con las riendas de su vida.

-Sí- dijo el conductor -sí acepto-

– Pues ella es toda tuya- exclamo el ser- pero no tenemos toda la noche para esto-

El demonio, que utiliza las manos del cadáver, reclino el asiento del copiloto, mientras el hombre se trepo sobre ellos. El tacto del individuo es confuso, ya que la piel del cadáver ya está casi helada, más eso no impedía que el hombre continuara con su hazaña. Trazaba el cuerpo así, creando la mujer de sus sueños. Tocando los labios sensualmente, poniendo besos de mariposas en el cuello de la víctima, que ya estaba marcado por las manos perversas de su tío. Nada de eso atravesó la mente del conductor. Lo único que corría por su ser era la sensación de placer por su cuerpo. Sus manos exploraban todo y su boca también. Algo que sería erótico para el espectador si no fuera una muerta.

-Avanza, no tenemos toda la vida- dice el demonio interrumpiendo el culto pagano que llevaba a este hombre al altar de la muerte. Esa interrupción trajo al hombre a su plan nuevamente. De manera instantánea se quitó los pantalones que portaba junto con sus calzones. Parado de forma recta, se encontraba sobre la carcasa que alguna vez tuvo vida, pero ahora en ese carro, en una carretera desierta, en una noche helada había cuatro testigos. El conductor, el demonio y dos muertos parados.

Ya todo lo que faltaba era una formalidad: apuñalar a la presa para así consumirla por completo. Pero mientras el sexo del conductor se endurecía, sus puños también. Agarró de manera sigilosa pero firme la pata de cabra que había dejado en el asiento mientras danzaba con la muerte. Llegando a la sima de su placer, siendo víctima de la pequeña muerte, sabía que estaba a punto de perder su vida. Con la punta de la pata de cabra, azotó el cráneo de su presa, que ya había apuñalado con su navaja bota. Pero de sorpresa, él había sido víctima de su osadía. La mezcla de gemidos, de placer y dolor solo fueron acentuados por el mejunje de fluidos corporales. La densidad de la sangre y la viscosidad del semen se encontraron, y con los ojos virados, el conductor sintió su vida ser tomada por el diablo…

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