VIVA LA UNIVERSIDAD, VIVA NUESTRA SOCIEDAD, VIVAN LOS QUE ESTUDIAN – Momo

Himno universitario Gaudeamus igitur

Somos tabulas rasas. Pequeños cuencos vacíos que se van llenando con el goteo constante de la vida cotidiana. Nacemos con una serie de instintos y conocimientos básicos que se agotan llegados a cierta edad; entonces se nos inserta plenamente en sociedad y debemos ampliar nuestros puntos de vista y saber hacer para no quedarnos rezagados en una rueda que no para de girar. Guardería a los dos años, parvulario a los tres, colegio a los seis, instituto a los doce, bachillerato a los dieciséis… tras más de 15 años de escolarización, aún falta, a priori, un último tramo: la universidad. Cuatro años de especialización durante los que, al fin, estudiamos lo que queremos y lo disfrutamos. Pero resulta que no suele ser así en muchos casos: lo que era un privilegio para alguien tan inmediatamente temporal a nosotros como la generación de nuestros padres, se ha convertido para muchos en la vía lógica, casi predeterminada, obligada o caprichosa a pesar de no tener clara su finalidad, utilidad, esfuerzo o costes.

Cada vez alargamos más la adolescencia, el momento de entrada al mercado laboral se aplaza y nos preparamos durante un mayor número de años para desarrollar una profesión. Sin embargo, durante este aprendizaje académico o práctico, corre paralelamente la adquisición de saberes vitales que hace años se habrían mostrado a una edad temprana y que hoy en día parecen algo vedado hasta alcanzar cierta edad. Una suerte de burbujas protectoras creadas desde el entorno, cada vez más gruesas, que marcan también una falta de toma de responsabilidades y decisiones cada vez más evidente. Me refiero a valores, comportamientos, realidades vitales, actos del día a día que van más allá de estudiar o trabajar.

Mientras que en la etapa del instituto puede verse cierta homogeneidad, a pesar de las diferentes modalidades o vías, llegados a la universidad la linealidad se descontrola. De repente parece lógico compartir aula con quienes por edad pudieran ser nuestros abuelos, que estudiantes que trabajan mientras aprueban su carrera compartan trabajos grupales con quienes viven a pensión completa en una residencia universitaria y que alumnado con dos carreras previas y tres másteres tenga el mismo nivel de exigencia que chavalxs recién salidos de la selectividad. Estas situaciones son las que realmente nos abren los ojos en muchas ocasiones, más allá de las clases magistrales, donde también se nos muestra un nuevo mundo hasta entonces desconocido.

Sin embargo, existe una vía mucho más hedonista en esta etapa, la cual, para variar, se ha capitalizado y convertido en el patio de recreo de muchos jóvenes adultos. Me refiero a fiestas universitarias, becas erasmus, intercambios nacionales, viajes destinado a matriculadxs… Experiencias maravillosas y gratificantes que permiten conocer gentes y realidades innumerables, pero transformadas en caprichos elitistas que cada vez se destinan menos al estudio o a un mínimo aprendizaje.

Aquí el verdadero choque: Mientras que hace años la universidad implicaba sí o sí una ingente cantidad de trabajo, estudio y sacrificio, hoy en día existe la posibilidad de pasar cuatro años rascando cincos, pidiendo apuntes e incluso comprando trabajos sin que haya mayores consecuencias. El título es el mismo en todos los casos. La realidad general no es ni tan negra ni tan luminosa, ni aplicable a todas las especialidades. La mayoría de quienes hemos pasado por la facultad nos hemos encontrado en algún punto intermedio de la escala de grises, capeando como podemos los quehaceres y experiencias para compaginarlos con el resto de nuestras vidas.

¿En qué nos convierte todo esto a los egresados? ¿Somos más válidos para la sociedad? ¿Nos ha hecho más capaces esta formación a quienes no hemos escogido carreras puramente profesionalizantes? ¿Es válido el sistema de ayudas actual? En esta etapa de crisis económica y laboral, ¿es lógico que nos formemos aun intuyendo que no ejerceremos profesiones relacionadas con nuestro título? ¿Las pruebas de accesos deberían ser más restrictivas o menos?

Todas estas cuestiones tienen un sesgo claramente económico y social: la formación universitaria es extraordinariamente cara en comparación a lo que podemos estar habituados, teniendo en cuenta que en muchas otras regiones del mundo el pago desde la edad primaria es algo lógico. Y aún con todo solo estamos costeando de nuestro bolsillo una ínfima parte. Existen ayudas cuyos baremos no siempre son justos ni realistas respecto a las situaciones individuales, casos en los que alguien se queda fuera en detrimento de otra persona quizá no tan capaz o valiosa en lo académico. Y es que seguimos midiendo nuestro valor por el rasero de las notas, por el valor de un título de papel y dejamos a un lado todo lo demás.

Existe todo un universo cultural acerca de lo que supone la universidad, desde los ejemplos más clásicos como El club de los poetas muertos (aunque técnicamente sea un preparatorio) o La sonrisa de Mona Lisa, que discurren paralelas a sagas como American Pie. Tanto unos personajes como otros sufren una profunda transformación durante su estancia en la institución académica, pero se aprecian claras diferencias, quizá por la época que representan; quizá porque ha cambiado la realidad de la institución y puede que no para mejor en algunas cosas.

En las dos primeras aparece la figura del docente cuasi divino que con su carácter arrollador arrastra a lxs alumnxs por vías que la sociedad no les había mostrado antes. Pero, a pesar de ser algo ficticio y exagerado, ¿no es parte lo que realmente merece la pena de todo esto? El poder creer que somos capaces de cambiar el mundo, que somos invencibles, que lograremos llevar a cabo aquello que nos propongamos… Que sabremos utilizar todo lo aprendido de la mejor forma para desarrollarnos como personas. Son cuatro años que nos cambian por completo, que nos transforman de raíz; podemos guardarlos en el baúl dorado de los mejores recuerdos o seguir peleando cada día por mejorar y volver la vista atrás viendo que aquello no era más que el punto de partida de lo que podemos llegar a conseguir; lo lejos que estábamos de comenzar a imaginar quiénes íbamos a ser.

Si tenemos la oportunidad de tener cuatro años de tiempo en nuestras manos para aprender y vivir, no lo desperdiciemos. No volverán.

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