Expandiendo los límites de la comunidad moral: un viaje individual y colectivo – Janara

“A human being is a part of the whole called by us universe, a part limited in time and space. He experiences himself, his thoughts and feeling as something separated from the rest, a kind of optical delusion of his consciousness. This delusion is a kind of prison for us, restricting us to our personal desires and to affection for a few persons nearest to us. Our task must be to free ourselves from this prison by widening our circle of compassion to embrace all living creatures and the whole of nature in its beauty.” – Albert Einstein

Empezar por algo tan mainstream como una cita me sabe mal, pero condensa a la perfección lo que quiero contar aquí. La expansión de nuestra comunidad moral, o lo que Einstein denominó círculo de compasión, es el motor de cambio que ha conseguido grandes avances a nivel social. Por poner varios ejemplos podríamos enumerar el que las mujeres tengan su (pequeña) representación en el espacio público, el acceso al voto de diferentes estratos sociales como los representados por algunas personas racializadas por el sistema, o que no puedas tener en propiedad a otros animales humanos. Conseguir derechos básicos (esos que cada vez vamos perdiendo con el discurso del miedo/odio, y el afán de conservación de los privilegios de unos pocos) no fue algo que cayera del cielo: ha debido producirse un viaje, primero individual y después colectivo, en el que se ha luchado contra ideas preconcebidas y creencias arraigadas en lo más profundo de nuestra cultura.

A muy grandes rasgos, si se me preguntasen, mi parte del viaje la describiría de la siguiente manera:

“Un buen día yo (o tú), privilegiado por factores que escapan a mi radio de acción, aunque no haga uso consciente de mis privilegios ni quiera aprovecharme de ellos, sufro un shock. Me sorprendo a mí mismo pensando en que tengo más en común con ese otro ser de lo que habría querido admitir. Pero asusta considerarlo ya que tengo en mi ideario, grabado a fuego, que hay una diferencia, una ficticia binariedad que me hace ser superior. Porque lo humano es hombre y blanco, de toda la vida, y posee todas las características que arbitrariamente nos hemos autoasignado: razón, inteligencia, pureza, etc.  La que no es humana bajo estos términos se aleja un poco más de lo que debiera importarme, del foco de moralidad que alumbra a quienes merece la pena tener en consideración (círculo de compasión o comunidad moral). 

Pero sigo con la incómoda sensación de que me reconozco en lo otro (ya que yo lo he nombrado y definido -raza, sexo, especie-), y trato como ser pensante de encontrar esa razón que me hace identificarme con lo que no “es” como yo. Y de esa incomodidad surge el enunciado “es como yo porque hace X que yo también hago, porque quiere X que yo también quiero”, ya sea amar, sufrir o luchar, o por otro lado pretender libertad, poder, o reconocimiento. Y trato entonces a ese otro como a un semi-otro, más parecido a mi (no vaya a ser yo el que se parece a ella) en lo relativo a esa característica común que he encontrado.

Una vez que los incluyo en los límites de mi comunidad moral ya es más fácil que de repente se cuelen dentro los antes denominados “otros”. Su entrada debilita ese muro que me construyeron con mimo y cuidado durante mi infancia y adolescencia. Cuando un otrora igual me habla de ellos como seres ajenos, me confunde e incluso molesta, ya que si están en mi comunidad moral son iguales a mí, es decir, a los míos. Y como no solo me ocurre a mí, hay otros que desde arriba miran y se reconocen en aquello que antes les era diferente. En el momento en que es una realidad moral masiva, pasa a ser un imperativo legal para la sociedad y por tanto aparecen leyes o normas sociales que atestigüen ese sentimiento de reconocimiento del otro.”

Obviando la simplificación y la falta de tecnicismos de este burdo relato, creo que si aclara la cadena de acontecimientos que te llevan a ampliar tu comunidad moral, que finalmente será la comunidad conjunta de la sociedad. Salir de la ilusión que decía Einstein de que estamos solos junto a unos pocos iguales es vital para que la sociedad incluya y proteja a cada vez más de “nosotros”. El límite de nuestra comunidad moral como he comentado, viene dibujado por un concepto binario y androantropocéntrico, en el que está lo bueno y lo malo; lo racional y lo emocional; la cordura y la locura; lo humano y lo animal. Sin embargo, si tenemos presente a donde nos ha llevado esta dualidad artificiosa (esclavismo, colonialismo, clasismo, explotación, marginación, terrorismo machista, etc.), deberíamos arrojarla lejos y quemarla si pudiéramos. Tratar la otredad como parte de un continuo no direccional en el que nos incluimos podría permitirnos ampliar nuestra comunidad moral, ignorando que está más cerca de lo humano, pues, al final, es indiferente.

Si hasta ahora estabais de acuerdo con lo que he escrito es posible que entremos en conflicto a partir de este párrafo. Eso no tiene que ser malo per se pues el conflicto nos empuja a pensar más, discutir más (incluso con nosotros mismos) y a cambiar nuestro ideario, aunque solo sea un poquito. Gracias a los que habéis llegado hasta aquí leyendo. La razón de mi certeza en el conflicto me la dan las estadísticas: si no formáis parte del 0, 42% de la población española vegana (1,67% si incluyes vegetarianos) será difícil que estemos de acuerdo. Pero vamos a intentarlo, dejadme explicar por qué creo que esto tiene que ver con lo que escribí unas líneas más arriba.

Si os digo que hay que incluir a los animales en los derechos básicos fundamentales la respuesta que me llegara será “¡Pero es que solo son animales!”. Y tenéis toda la razón, pero habría que matizar dos cuestiones: la primera es que estamos de nuevo blandiendo el binarismo del que hablábamos anteriormente y que quizás no es la mejor manera de abordar la valoración de un colectivo; en segundo lugar, lo que queréis decir es “¡Pero es que son de otra especie que no es la mía!”. En eso también puedo concordar, pero ¿por qué eso les debería invalidar para ser merecedores de derechos?

Los argumentos blandidos para trazar esta división entre animales no humanos y nuestra comunidad moral suelen centrarse en la razón. Todo ello a pesar de que otorgar el valor intrínseco del ser (lo que hace que nos “importe” alguien) a aquellos poseedores de razón excluye de la comunidad moral a una parte relevante de nuestra propia especie (humanos con diversidad funcional, infancia temprana y demencia senil). ¿Cómo podemos usar un argumento que cubre de forma incompleta a los humanos? ¿Podríamos acaso tratar de evaluar otras características, como la capacidad de sufrir, de crear vínculos familiares o sociales, de empatizar, etc.? Cualquiera que haya convivido con animales o haya visto un documental puede reconocer estos comportamientos en un amplio abanico de especies o poblaciones.  Ergo si usamos un argumento que proteja a toda nuestra especie este va a incluir por fuerza a individuos de otras, dado que evolutivamente nuestras capacidades surgen de las suyas.

Al tener en cuenta estas cualidades ampliaremos nuestras consideraciones morales a cualquier ser vivo del cual constatemos que posee la capacidad de experimentar dolor. Esta es una premisa difícil, ya que al carecer de límites y criterios rígidos es posible que dejemos fuera de nuestra comunidad a animales que efectivamente son capaces de sentir dolor. Esto es lo que hace que haya personas que incluyan en su comunidad a mamíferos y no a peces, por ejemplo, ya que a su modo de ver no poseen la capacidad de experimentar dolor de forma “genuina”.  Para lidiar con esta indeterminación se pueden, por ejemplo, aplicar criterios más específicos que engloben a todo aquel que según la lógica (y la presencia de sistema nervioso) sea capaz de experimentar dolor. Es mejor no vulnerar derechos de alguien que no los requiere que vulnerar los de aquel que los necesita.

Esto que planteo, que muchos otros plantearon antes, nos va a crear esa incomodidad de la que tiene que surgir el enunciado “es como YO porque sufre, es como YO porque quiere libertad, es como YO porque aprecia su propia vida, y como YO merece respeto”. Llegados a este punto solo queda que evaluemos cada uno de nosotros donde fijamos los límites de nuestra comunidad moral, con que herramientas y argumentos estamos alzando esos muros y a quienes estamos dejando fuera.

Para más información:

Lara, F., & Serena, O. C. (2015). Sufre, luego importa: reflexiones éticas sobre los animales. Plaza y Valdés Editores.

Samamé, L. (2017). Expandiendo los horizontes de la comunidad moral: la incorporación de animales no-humanos a nuestro Ethos. En torno a Francisco Lara & Olga Campos: Sufre, luego importa. Reflexiones éticas sobre los animales, Madrid, Plaza y Valdés Editores, 2015. Télos, 21(1), 95-106.

Donaldson, S., & Kymlicka, W. (2011). Zoopolis: A political theory of animal rights. Oxford University Press.

Sapontzis, S. F. (1985). Moral community and animal rights. American Philosophical Quarterly, 22(3), 251-257.

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