¿De verdad quieres ser uno más? Pues ve a la universidad – Por Un explorador de la biblioteca de Babel

Antes de comenzar este artículo debo advertir al lector que yo mismo comencé mis estudios no obligatorios, los reales, primero realizando un Grado Superior. Sólo después, con los años, cursé un grado universitario. Por esto no se me debe mirar ni por encima del hombro ni por debajo, sino simplemente cara a cara y de tú a tú ya que parece que el estigma del Grado Superior (aquella formación profesional, la FP) todavía no ha desaparecido y se sigue entendiendo a sus estudiantes como monstruitos: despreciables operarios, obreros disciplinados para aprender el manejo técnico de unas herramientas específicas pero que, como infraseres, adolecen de la suficiente capacidad mental para cursar estudios más complejos. Dicho en corto: operarios no demasiado inteligentes, o Gollums laborales.

Al menos yo estoy orgulloso de saber que a día de hoy lo que me define y aquello que en momentos de dificultad me ha ayudado, mostrándome salidas o la ruta a seguir manteniéndome a flote, todo viene precisamente de ahí, de esos primeros estudios que cursé. Elegí mi opción correcta, así lo creo, a pesar de no haber sido capaz de profesionalizarme en un sector herido, difícil y que cada vez más hace aguas. Decidí y elegí bien a pesar de lo demás. Recapitulo y me corrijo: a pesar de todo, elegí bien.

Fue después y sólo después, con el paso de los años y con la mente más fría, que decidí cursar estudios universitarios. En parte lo hice para saldar una cuenta pendiente conmigo mismo y con mi pasado, en parte para alcanzar un nivel formativo que dudo que hubiese alcanzado por cualquier otra vía. Cursé estudios de grado, y saqué la carrera adelante siendo de los mayores de la clase. Una vez finalizada esta pude volver la vista atrás: la formación académica universitaria que yo había cursado no casaba conmigo (ni tampoco casa ahora), ya que no era un planteamiento tan solvente con la realidad como yo me esperaba. Peor aún: construía una jaula de cristal que me aislaba de la realidad laboral del momento presente, con lo terrible y nefasto que puede ser esto. Volveremos a esta idea más adelante.

Sin embargo, no todo son chascos y desavenencias. Al igual que ayudarme en mi evolución personal hacia un yo más consciente, más sensato, capaz y mentalmente fuerte; la carrera también me ayudó regalándome algunas amistades importantes que duran hasta hoy (y que confío que duren muchos años más) y además fue la antesala de la niña bonita que nacería más adelante, la revista para la cual escribo ahora mismo este texto. Si he de elegir un regalo sincero y querido, elijo sin duda cualquiera de los anteriores.

Dejando de lado mi experiencia personal para volver al texto, no creo que a nadie se le pase por alto que parece como si los estudios universitarios se hubieran convertido en el paso lógico y (cuidado) obligatorio a los estudios de Bachillerato. El salto es directo, y más aún cuando en 1º y 2º de Bachillerato el alumno se dedica literalmente a prepararse la Prueba de Acceso a la Universidad (o cualquier otra forma de nombrar ahora mismo la Selectividad). PAU, que recuerdos: no vuelvas a joderme el mes de mayo, pero aun así te recuerdo con cariño. Pero, ¿Acaso ese trasvase, ese paso lógico del Bachillerato al grado universitario sin apenas transición, es verdaderamente lógico y justificado?

Partamos de la base de que no creo que un alumno de Bachillerato esté lo suficientemente formado en su desarrollo experiencial, personal y emocional para elegir con claridad acerca de su futuro laboral. En verdad ninguno lo estamos, pero aun así debemos elegir y tratar de acertar. Matizo: chorradas como ferias sobre los grados universitarios o visitar un día alguna facultad con el instituto no dan una imagen mínimamente próxima de lo que es estudiar un grado universitario. Esa comprensión de lo que realmente si es estudiar un grado universitario se consigue, por el contrario, organizando una agenda semanal que mezcle  gestión del tiempo, productividad y plazos de entrega de los diferentes trabajos; se consigue viviendo en la biblioteca o en el laboratorio; se consigue en la guerrilla de las recuperaciones en las cuales no se debe estudiar de forma eficaz sino eficiente, optimizando la relación tiempo-contenidos. Y así podría continuar párrafos enteros.

¿Y ahora qué? Surge la pregunta, y como por inducción, de mi premisa vamos a las conclusiones: ¿Realmente un estudiante de 18 años está capacitado para elegir de manera solvente que estudios cursar? Teniendo en cuenta, ojo, desde su capacidad económica a la inversión de tiempo que quiere hacer, pasando por el compromiso con sus estudios (para no dejar carreras a medias, básicamente) hasta terminar en las salidas laborales reales y remuneradas (no lo pongo por bromear) de esos estudios cursados que se plantea. ¿Realmente se puede elegir de forma correcta en ese momento? Que cada cual responda como quiera.

Al final, la solución pasa de entrada por desestigmatizar a la formación profesional: no se trata de que aquellos que cursan estos estudios lo hagan porque tienen una menor capacidad intelectual, al más puro estilo de la punitiva Diversificación (si, aquella del instituto) sino de que en muchos empleos se requiere de una formación práctica que la mayoría de las veces los grados universitarios no ofrecen. Pregúntele a un estudiante universitario sobre el SMI, sobre cómo se reparte el salario en función de la jornada laboral semanal o de las pagas anuales, o acerca de sus derechos como trabajador. Más de uno dirá: “Pa k kieres saber eso? Jaja saludos”. Por otra parte, probemos con un estudiante de Grado Superior que cursa Formación y Orientación laboral, o la homónima Empresa e Iniciativa emprendedora, a ver que responde. Y esto me lleva directamente a la idea de la que hablaba al principio de mi texto: la jaula de cristal.

Un grado universitario (aceptemos la pincelada con trazo grueso) busca formar al estudiante a base de superar diferentes asignaturas. Más asignaturas, más créditos y por lo tanto, más cerca del título universitario. Pero seamos francos: leerse varios abstract y después redactar en un examen o desarrollar un texto teórico poco tiene que ver con la realidad laboral presente. Antes reclamé el escudo del trazo grueso, ya que muchas carreras incluyen prácticas u horas de laboratorio para mejorar la formación de sus estudiantes. Pero insisto en que la realidad laboral no va de eso: no se puede pretender dar a los alumnos una formación alejada del mundo laboral, algo así como una realidad paralela universitaria, y luego pretender que se adapten bien al entorno laboral sin caer en estafas como contratos en prácticas, contratos formativos u otras formas de aprovecharse de ellos como becariado.

Recluirse en la universidad y en sus dinámicas (doctorandos y estudiantes de master, os miro a vosotros) tampoco es la solución: es academicismo vacío, es pose, es prepotencia para luego acabar trabajando de teleoperadora o en una librería como un currito más. No tiene sentido formar a los estudiantes de manera que no sean capaces de adaptarse y encajar en las demandas laborales presentes, ya que eso sólo va a generar frustración en el estudiante, derroche de dinero y una precarización de sus condiciones laborales. Una jaula de cristal en la que nos creemos seguros acomodándonos pero que poco a poco nos lastra envenenándonos, es uno de los peores regalos que nos hace la educación universitaria.

Y para aquel lector que prepare las espadas y los cañones contra mí, que sepa que le dejo en visto pero le recomiendo que investigue sobre Singapur, su sistema educativo y método homónimo. Quien no ve es porque no quiere, no porque no puede.

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