Ars Amandi – Hakeem Torres

Sonaba la alarma que se reproducía todos los días. Julio, con tan solo 10 inviernos debajo de su tutela, se levantó de manera brusca para apagarla. No quería que su mejor amigo, Dunkel, se despertara. Fracasó. Julio y Dunkel se miraban fijamente a los ojos y los dos comprendían que era hora de levantarse. Un cuarto frio con las paredes  verde menta y verde monte, húmedas por efecto del aire acondicionado, rodeaba a los dos amigos. Ambos estaban cubiertos por unas cobijas, uno más peludo que el otro, pero eso no implica que no padezcan de frio. Juguetes tirados al azar alrededor de la cama que los amigos compartían. Eran evidencia de que jugaron en la noche en contra de la aprobación de la madre, ya que se suponía que la hora de recoger pasara antes de dormir.

Julio con una palmada leve en la frente de Dunkel le indicó que es tiempo de salir de la cama. Los dos comenzaron a correr por el cuarto, a azotarse, acorralarse, pellizcarse, a odiarse, amarse. Dos amigos inocentes a lo que pasaba fuera de esa recamara. Las cuatro paredes servían como muros protectores de lo que transcurría en el mundo exterior. Entre juegos y recesos decidieron jugar a tirar la bola. Un juego que solo era justo para uno (ya que uno es ambidiestro y el otro no). El balón rojo hacía contraste con el resto del cuarto, ese esférico colorado trasladándose por los confines de la estancia mientras su fondo era verde era un evento que merecía ser presenciado. Julio, descuidadamente, tiró el balón a las proximidades de su lampara y Dunkel por error, por carecer de razonamiento optimo; en su odisea tras la bola, chocó toscamente con la mesa que sostenía la lampara y la misma se desplomó en el piso y se rompió. Los dos amigos expresaron preocupación en sus rostros. Sus cuerpos temblaban, no solo por el susto del ruido estruendoso que se produjo a causa del contacto de la cerámica y la loza, sino porque también, por instinto, comprendían que el peligro se acercaba. Julio le colocó un dedo en el hocico a Dunkel, para evitar que hiciera mas ruido, como si eso fuera a mejorar la situación.

La puerta abrió furiosamente y el cuerpo esvelto de la madre de Julio apareció con una expresión alarmada en el rostro. ¡Están bien! Comentó con rastros de preocupación en su voz… Con pasos estratégicos para evitar las minas dejadas por el error fatal que acabó de ocurrir, ella socorrió a su hijo para ver si tenía alguna punzada dañina. Tocándole el rostro dijo: Chicos les he dicho que deben tener cuidado. ¿De dónde voy a conseguir el dinero para otra lampara, solcito? La madre prosiguió tocando la dermis del menor para percibir algún hematoma o rasguño. Durante todo esto Dunkel se encontraba sentado contra la pared desorientado y preocupado por las represalias que podrían venir en su contra. La madre se paró y miró a Dunkel enfurecida, mientras se dirigía a él, tal vez a regañarlo. Julio gritó con su voz aguda que fue él. La madre se pasó la mano por la cara desconcertada y tiró un pequeño suspiro entremedio de sus labios. Toma la mano de Julio (y entre murmuros maldice como había comenzado el día). Lo lleva al comedor de la casa. Atrás, con cautela, venía Dunkel siguiendo a la madre y a su amigo.

Mientras Julio se sentaba y se preparaba para comer, la madre servía un poco de comida y agua para el amigo de su hijo. Julio y Dunkel solos en el comedor teniendo un juego de miradas, Julio acariciándole la frente a su amigo mientras ambos comían. La madre había desaparecido (ya que fue a encargarse del desorden que causó Dunkel en el cuarto) y este era otro rato que los jóvenes podían disfrutar a solas. Intercambiaban comida entre ellos de manera libre, aprovechando la oportunidad porque sabían que la madre no lo permitiría; era la inocencia de no pensar en gérmenes, de no pensar en la comida como algo tan serio, sino como otro objeto de entretenimiento, de experimentación, de estímulo que de casualidad tenía un fin practico que era el de alimentar.

¡Dunkel párate contra la pared! Te voy a tirar esto, dijo Julio mientras señalaba a las albóndigas que posaban en su plato. Su amigo, sin problema, siguió con el plan. Era de las pocas veces que lo podían hacer y qué mejor manjar que el de recibir comida mientras juegas. El proyectil avanzó por el aire de manera recta y llegó a su objetivo, la boca de Dunkel. Un truco que estos amigos ya han practicado antes, pero siempre son reprimidos por que supuestamente con la comida no se jugaba. Julio podía imaginarse a su madre parada frente a ellos moviendo sus dedos sinfónicamente mientras tiraba sus regaños en su dirección. Ya iban por la cuarta albóndiga cuando la madre (habiendo  terminado en el cuarto y puesto las cosas en su lugar) se topó con Dunkel y unas manchas de salsa roja plasmadas en los muros del hogar. La madre, decepcionada, miró a Dunkel y luego a Julio y gritó. Salió con el discurso de los nenes de África y su hambruna y como los niños en Puerto Rico solo muestran ser unos mal agradecidos, que no tienen consideración. Julio trató de justificar sus acciones sin éxito diciendo que Dunkel tenía hambre. La madre no se tragó ese cuento y claramente estaba angustiada. Su cuerpo vociferaba frustración, frotándose la cara con su mano mientras soltaba un aliento derrotado.

Durante el monólogo interno de la madre, Julio se paró sigilosamente en búsqueda de un paño para remover los pigmentos colorados que rodeaban a Dunkel. La madre sabía que eran inocentes y que no comprendían, sabía que la manera correcta de lidiar con esta situación no era violenta, pero cómo manejarla era una interrogante con la que se topaba todos los días. Todo lo que recibía fuera de la casa es violencia. Un trabajo que no da suficiente para pagar todo y tener una familia saludable, casi no hay comida en la alacena y por eso está frustrada, no por que su niño la desperdició, sino que no hubiera un problema con su desperdicio si su padre hubiera pasado la pensión el mes pasado. Julio en cuclillas limpiaba el piso inadecuadamente mientras Dunkel se encontraba sentado a su lado dando un cierto apoyo moral. ¡Váyanse afuera, necesito tiempo para pensar y respirar! les ordenó la madre mientras le quitaba el trapo de las manos a Julio.

Los amigos corrieron frenéticamente fuera de su hogar en el que cayeron como tumbas en el patio trasero. El patio se encontraba descuidado por circunstancia obvias: insolvencia de dinero, tiempo y ayuda. Los amigos corrían, brincaban, se atacaban de manera juguetona, era un duelo, un juego con dinámicas de poder intrínsecas. La grama le llegaba a la región de las pantorrillas. Las condiciones de aquel jardín descuidado permitían que hubiera espectadores de aquel combate amistoso. Pulgas, garrapatas, mariquitas, hormigas, lagartijas, y algunas otras sabandijas; atestiguaban como los dos amigos buscaban dominarse para saber quien era el macho alfa.  Se entiende que a pesar de estas nociones de poder que se empernaban en el aire, la testosterona que influenciaba la disputa física era meramente simbólica. No había ninguna denotación de odio: solo eran dos seres inocentes dejando que el instinto primitivo tomara control sobre sus acciones, pero al final del día lo único que había entre ellos era amor, no animosidad. Dunkel había ganado este asalto, se encontraba sobre Julio cuando perdió su enfoque en lo que ocurría. Un ruido no muy distante lo distrajo; la puerta de un auto creó resonancia, la indicación de que alguien llegó es implícita. La madre de Julio salió y se topó con alguien que no deseaba ver.

El padre de Julio llegó, y no se sabe cuando fue la última vez que visitó a su hijo. Tal vez hace unos siete meses atrás fue la última ocasión en la que este ser se apareció. Para ser franco, el progenitor de Julio no deseaba tenerlo, pero nunca le diría eso intencionalmente al niño, eso sería devastador, aunque no hay que decir cosas para connotarlas. Julio y Dunkel dejaron de jugar y se acercaron a la parte delantera del hogar donde se encontraban los dos adultos. Dunkel se encontraba desesperado, no reconoció el rostro que se encontraba frente a la madre de su amigo. Comenzó a caminar en círculos, a fruncir su cara y hasta a soltar una que otra algarabía. Todo esto estaba afectando a Julio, pero no de la misma manera. Julio estaba confundido. Julio estaba pasando por un proceso de disociación: se sentía aislado de la realidad en la que sus padres dialogaban sobre él como si fuera una posesión y no un ser al que se debe querer. Las intenciones del padre eran claras, venía a llevarse el hijo, pero la madre no lo permitía. Todas esas dinámicas de poder, las intenciones de aquellos movimientos de sumisión del otro en el que Dunkel y Julio participaron no hace mucho se pueden ver reflejados en el coloquio que ocurría entre los adultos. En este momento de tantas emociones estresante Julio y Dunkel solo se tenían el uno al otro.

La discusión de los padres se concluye y enfáticamente el hombre en este caso le ganó a la mujer, no con razón, pero si con manipulación: con plata. Sí, suena macabro que el intercambio de un niño se resolvió como cualquier otra transacción, con una resolución monetaria. El padre de Julio se acercó y, casi sin dirigirse a él, le tomó la mano y lo comenzó a arrastrar en dirección de su automóvil.

Julio protestó. Julio no se quería marchar y mucho menos sin su amigo. Julio rogó, lloró y golpeteó el brazo que lo volvió prisionero. Dunkel tal vez no entendía concretamente lo que pasaba y sus complejidades, pero comprendía que su amigo no estaba cómodo, no estaba feliz y que en un sentido primitivo su amigo estaba en algún tipo de peligro. Esto no era un juego, no era un simulacro, y sin pensarlo, Dunkel se aventó violentamente contra la pierna derecha del padre de Julio. Dunkel mordió, pateó y cabeceó adrede, con intención de lastimar al enemigo. El padre de Julio instintivamente soltó a su hijo bruscamente contra el suelo, y luego con la pierna que no estaba sufriendo el asalto pateó a Dunkel, una de esas patadas que te dejan sin aliento. Ese acto fue el detonante de una relación llena de odio entre padre e hijo por el resto de sus vidas (aunque nunca se haya dejado claro). Dunkel, postrado en el piso, soltaba unos leves gemidos acentuados con dolor y unas cuantas lágrimas.La madre atónita corrió donde Dunkel para atenderlo mientras el padre siguió su rumbo y se montó con su hijo llorando y clamando ¡Dunkel! ¡Mami! Pero no fue contestado. El motor del auto a la distancia fue la representación sónica del desastre que se dejo atrás.

En la casa estaba en el suelo Dunkel abrazado por la madre de Julio. Estaban los dos solos, un episodio en el que ambos quedaran traumatizados. La madre que fracasó en proteger a su hijo a causa de la pobreza, un sacrificio que tendrá repercusiones negativas en su relación, pero necesario. Si no hacía lo que hizo tal vez en una semana no tendrían casa, tal vez en una semana uno de ellos se desnutría; tal vez en una semana, Dunkel hubiera sido lo que cenarían. Esto se decía la madre, tal vez para convencerse de que hizo lo correcto, mientras Dunkel la lamía, porque al igual de incondicional que es el amor de una madre, es el de un perro.

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión /  Cambiar )

Google photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google. Cerrar sesión /  Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión /  Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión /  Cambiar )

Conectando a %s