Sin palabras, ante el Covid 19 – Zule

El otro día sentí que esto es el inicio de todo eso que no llegó a estallar y tenía que estallar, todos los fantasmas que arrastramos desde el 2008 y que ahora van a llamar a nuestra puerta con manos encarnadas, de esas que bien pueden darnos una bofetada.

Sentí el miedo al fin de todo lo que conozco, o al menos de cómo lo conozco, aunque a la vez sentí la esperanza del cambio, y la incertidumbre de cuál será ese cambio y de cual mi capacidad de cambiar con él, de adaptarme, de ejercer cambio. Intenté escribir poesía sobre eso: no salió nada, solo palabras poéticas que no son poesía.

Creo que estoy un poco en shock. Paso de la consciencia a la frustración, de la aceptación a la angustia, del deseo de crear, o hacer, o trabajar, a las ganas de no hacer nada. Al final, me paso el día entero mirando imbecilidades que nunca miro en las redes sociales, porque así siento que, aunque no esté haciendo nada, estoy con alguien, pero ese estar con alguien es un estar carente de significado y de emoción. Es como encender la tele cuando estoy solo: me ayuda a sentir compañía, protección; pero más allá de eso, no dejo de sentirme un triste.

Creo que parte de lo que sentimos tiene que ver con ese shock: el exceso de información, el estar ante una situación de incertidumbre que no sabemos gestionar y de la que es complicado tomar distancia. Las palabras carecen de significado, porque no son nuestras ni de nadie, porque no estamos poniendo nada de nosotros en las palabras, porque no sabemos dónde estamos, porque estamos en shock.

Estamos usando las palabras como consenso social, no como juego lingüístico, porque ahora, en nuestra soledad, necesitamos a la sociedad, y estamos demasiado entumecidas para poder jugar.

No sé cómo, pero tenemos que prender una hoguera para quitarnos ese entumecimiento, ese shock, y creo que la prenderemos. Creo que esto adquirirá una normalidad, y que gestionaremos la ansiedad del encierro, y el miedo a perder a nuestras mayores, y a la economía y a la incertidumbre. Y que cuando hagamos eso, las palabras volverán a tener sentido, y dejarán de ser mero consenso para volver a ser juego vivo y metáfora, nuestra voz, nuestro abrazo.

Las palabras volverán a ser humanas y dejarán de ser ruido, recuperarán el valor del gesto, del cariño, y dejarán de ser datos que no podemos procesar. Aunque en este transcurso, las cifras también dejarán de ser solo una amenaza creciente, y volverán a ser personas muertas, familias en duelo, humanas que han perdido la vida.

Pero hasta entonces, es el día uno de la Segunda Guerra Mundial. Alemania acaba de invadir Polonia. Hemos visto a la caballería polaca hasta el culo de vino alzar sus armas al galope contra un panzer lleno de nazis speedicos que les han destruido pulsando un botón. Y nosotros somos testigos en la distancia.

Aún no nos duele ni el hambre ni ninguna herida: tenemos vetadas las palabras del dolor, del sufrimiento, aunque nos duele y sufrimos lo que nos rodea. Nos sentimos bloqueados, y aún no salen palabras.

El primer día no podemos hacer poesía, no podemos vivir poesía. La poesía vendrá conforme asimilemos y sintamos, conforme nos alejemos de la violencia filosófica de esa razón que nos protege y quita el significado a las palabras, pero que no podrá sino llevarnos a la poesía cuando las cosas estén más claras, y podamos escribir de nuevo, porque las palabras vuelvan a tener sentido.

Hasta entonces, seguiré esperando en casa, tratando de abrazar a las palabras, que se me escapan por los dedos como motas de polvo. Pero creo en la humanidad, en su sentido más positivo. Creo que esto, después del shock, nos hará más humanas, y que ya no olvidaremos la necesidad de la sanidad, la importancia de tener casa, de poder comer, de tener medicamentos y trabajo, porque siempre aparece un momento en que no hay nada que mendigar, y nos puede tocar a cualquiera.

Confío en que la mayoría, aunque sé que no serán todas, entenderán que somos animales frágiles, que la amenaza de la muerte está cerca de nuestros cuerpos, acechando nuestras esperanzas, y que no se pueden poner barreras a la esperanza, ni a la lucha contra el miedo, ni al afán de encontrar un mundo mejor, en el que simplemente poder construir una vida sencilla pero feliz, lejos del miedo, rodeada de personas y de un amor, que aunque ahora siento lejano como Venus, nos espera con su saludo detrás de alguna esquina.

Saldremos de las casas, y el mundo al que salgamos lo decidiremos nosotros. Tenemos que pensar en el mundo que queremos. Solo así saldremos del shock, y volveremos a recuperar las palabras.

———

Gracias a Irene,

por ayudarme a sacar estas palabras con su humana conversión.

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