El eterno armario – El Profesor

“Y tú, ¿a qué edad saliste del armario” o “¿Cuándo te diste cuenta que eras gay?”, me preguntan a veces. Es algo que se repite mucho, y generalmente las personas LGTBi tenemos automatizada nuestra propia respuesta: en mi caso salí del armario a los 16 años, o más bien me sacaron a patadas de él, cuando mi familia se dio cuenta que aquellos mails y cartas delataban algo más que una simple amistad con aquel “amigo”.

Pero no quiero pecar de ser más egocentrista de lo que puedo llegar a ser, pues quiero hablarte de las numerosas veces que uno tiene que salir del armario a lo largo de su vida (seguramente jamás deje de hacerlo), y de como tú, querido lector/a desconocido/a, también sales del armario a diario, a menos que agaches la cabeza y decidas vivir con la máscara impuesta por la sociedad y no con tu propia máscara.

Cuando conozco a alguien no digo literalmente “Hola, soy homosexual”, pero comparto mi vida junto a un hombre sin avergonzarme de ello, por lo que se pueden atar cabos. Pese a todo, siempre habrá una mirada o gesto nervioso de afirmación cuando dices “este es mi novio/marido”. ¿Por qué?

Simple. Vivimos en un mundo de etiquetas y máscaras que existen para hacernos más fácil y rápida la comprensión del mundo. Piénsalo bien. Si alguien te habla de un compañero suyo de trabajo, casi de forma automática tu mente va a poner a ese sujeto, salvo información adicional, una serie de rasgos que seguramente difieran de la realidad. Esto es lo que llamaríamos el sujeto neutro: un hombre blanco cis heterosexual, sin necesidad de que la persona con la que hablamos sea racista, machista o LGTBifóbica. No. Esto sucede así por la educación recibida, por las historias que nos llegan de continuo, por los anuncios, por las novelas que leemos, por las películas y  por las canciones que escuchamos.

Pero amigo, de pronto aparece un homosexual y algunas etiquetas desaparecen pero… ¡Oh, sorpresa!, aparecen otras nuevas. Conocemos a un hombre gay, y por consiguiente, Madonna y Lady Gaga deben ser sus musas, ha visto todos los episodios de RuPaul’s Drag Race, sale siempre por Chueca, viste siempre a la última, es promiscuo, le gusta hablar en femenino y su mayor relación sentimental no ha llegado a durar el año (por no hablar de la absurda creencia de que los hombres homosexuales nos sentimos mujeres [como si además eso tuviera algo de malo]). Pero aquí viene la sorpresa.

Ni me gusta Madonna, ni me gusta RuPaul, ni salgo por Chueca, ni visto a la última y llevo 15 años de relación con mi pareja, ¿y sabes lo peor y más triste de todo? Que desde muchas personas de la comunidad LGTB dicen un “¿¡En serio!?” cuando les comentas alguno de estos detalles, porque incluso desde las minorías vivimos con etiquetas.

Continuamente estoy saliendo del armario, y tú también lo haces, seas lo que seas, porque algo que la sociedad no comprende es que, a la hora de vivir como individuo, existen infinitas posibilidades.

¿Acaso piensas que lo que estoy diciendo es una tontería idealista? Piénsalo bien, querido amigo heterosexual que me estás leyendo. Desde que eres pequeñito tú debes ser masculino, sentirte hombre, presumir de ello, te tienen que gustar los coches (distinguiendo los modelos de coches cuando los ves pasar a 100km/h a tu lado), tiene que gustarte el fútbol y ser capaz de dirigir un equipo como el mejor seleccionador aunque jamás llegues a pisar un campo de fútbol desde el terreno de juego. Tienes que ser bruto y fuerte, pero con un toque simple y noble. El cuidado personal y estético serán algo secundario para ti, y siempre te gustará hablar más alto que los demás para demostrar que eres el líder. Ah, y tomarás las opiniones de las mujeres no como algo secundario… ¡sino terciario!

Pero tanto tú como yo sabemos que no eres así, y has tenido que demostrarlo desde que eras un crío hasta ahora, a diario, cuando alguien se sorprende de ti al ver que te depilas, porque usas una base de maquillaje para ocultar las imperfecciones de la piel, o cuando comentas que el fútbol y el deporte en general no te atraen nada en absoluto, y que, sin embargo, el ballet clásico es tu mayor afición.

Tienes que salir del armario cuando eres el rarito que no babea detrás de una mujer ni hace comentarios obscenos acerca de otras personas. Tienes que salir del armario, al igual que mucha gente LGTBi tiene que hacerlo, cuando aseguran ser cristianos y alguien dice (otra vez) eso de “¿¡En serio!?”, o cuando a alguno se le ocurre decir que le gusta el fútbol, y siempre se escucha el mismo comentario: “¿Gay y le gusta el fútbol?”.

Pues sí, queridos/as lectores/as, no sólo las personas LGTBi salimos del armario. También vosotros. Todos tenemos que salir del armario a diario para luchar contra las mentiras y poder llegar así a ser lo que sí somos en realidad.

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