Este es el sondio de mi alma, al menos esto es verdad – Momo

Todxs mentimos. Es la gran verdad que esconden todos los engaños. Podemos intentar hacerlo en mayor o menor medida, pero antes o después traicionaremos nuestros ideales más elevados en detrimento de la realidad, los deseos, los deberes, el bien común… No sabemos bien cómo empieza, pero de pronto nos encontramos absorbidxs en una espiral irrefrenable de la cual únicamente se puede escapar volviendo atrás y deshaciendo algunos nudos. Mentimos a los desconocidos, a los conocidos y a nosotrxs mismxs. Y en tanto que mentimos, nos mienten. Nos cuentan cuentos, nos manipulan, hacen de nuestras vidas lo que quieren que sean.

Vivimos en la era de la sobreinformación: todo al alcance y al mismo tiempo todo tan lejos de la realidad. Los datos nos avasallan a cada paso y cada vez resulta más complicado enterarse de lo que realmente está sucediendo. O de lo que no sucede. O de lo que nos hacen creer que pueda estar sucediendo.

Las fake news son ahora un virus más extendido que nunca, y lo curioso es que están cobrándose más víctimas de las que cabría esperar, visto el modus operandi en el que funcionan. Las normas no escritas sobre las líneas que debían cruzarse a la hora de mantener informada a la ciudadanía han sido retorcidas hasta convertirse en los hilos que manejan la opinión pública y el orden social; nos pintan al bueno y el malo sin pedir nuestra opinión. Una vez traspasadas las reglas de lo considerado racional, ¿por qué no ir más allá? ¿Por qué no creerles si ya han tenido el valor de llegar hasta aquí? Si el mundo es un lugar donde cada día es más probable que se llegue a alcanzar algunas de las utopías futuristas como 2001 Una odisea del espacio o La fundación, ¿por qué no también las distopías de Farenheit 451 o 1984? La era del conocimiento y el avance tecnológico encierra la trampa de la ceguera ante la luz tan deslumbrante futuro, así dejamos de preguntarnos el porqué de tal evolución, la dirección, los resultados e incluso la finalidad. Ya están las Parcas omnisapientes para responderlo por nosotrxs: Alexa, Siri y Cortana, nuevas guardianas del conocimiento pasado, presente y futuro.

Antes que acercarnos a futuros tan inciertos y aterradores como los que pintan los títulos que acabo de mencionar, quiero destacar uno hacia el que nos aproximamos con rapidez, si no estamos viviendo ya en él. Se trata de aquel que en 1973 construyera en tinta Michael Ende: Momo. Es, efectivamente, el personaje del que tomé el pseudónimo, y me gustaría rendir un pequeño homenaje a tan genial autor.

Momo es un libro infantil que habla de algo tan simple e inabarcable como es el tiempo: sobre cómo utilizamos nuestro tiempo. Este uso va ligado a creencias, a gustos personales, a lo que consideramos realmente importante, a nuestra verdad. Momo es apenas una niña cuando los habitantes de una ciudad la encuentran viviendo entre las ruinas de un antiguo anfiteatro. No guarda conciencia de sus años de vida, de su familia o de quiénes son las personas que habitan más allá de los muros entre los que ella ha podido establecer su pequeño hogar. Poco a poco se le muestra cómo funciona la sociedad de la que hasta entonces no se ha sentido parte y se puede percibir a través de sus ojos las incongruencias de las que somos víctimas y verdugos diarios. Como muchos niños antes de perder la inocencia y lógicas primarias, Momo no entiende el porqué de gran parte de los comportamientos humanos adultos, no les ve ninguna utilidad. Le fascina el constante fluir de las actitudes y es consciente especialmente de aquellos que como ella viven al margen de esta vorágine.

La vida tranquila de la ciudad se ve alterada cuando una serie de hombres vestidos de gris llegan paran mostrar a las personas todo el tiempo que pueden ahorrarse si eliminan el factor humano de sus tareas. Parece un buen plan excepto por un detalle: no existe tal ahorro real de tiempo para las personas, sino para ese gran número de hombres trajeados que lo utilizan en su propio beneficio. Aquí entra en juego la protagonista: Momo no posee ninguna capacidad sobrenatural, pero sabe escuchar. Esto que pueda parecer vano, provoca que la gente a su alrededor pueda dejar de oír el ruido de las voces de aquellos que quieren convertirles en lo que no son y el rumor del deber interno, para descubrir que las soluciones a gran parte de sus problemas se encuentran en sí mismxs, en aquel rincón más primigenio. Poco a poco se deshace el engaño, ya que tan grave resulta la mentira como ocultar el propósito real de una verdad incompleta.

Podría resultar una ficción paralela a muchas situaciones reales de nuestro día a día, y lo más probable es que no seamos conscientes de la mitad de las mentiras que vivimos y perpetuamos. ¿Qué brújula utilizar entonces? La única respuesta a la que podemos llegar es a nuestra propia convicción. Seguiremos fallando, seguiremos equivocándonos en tantas y tantas conclusiones, pero en todxs nosotrxs permanece un instinto, que se adormece en sociedades como en la que vivimos y que debemos intentar rescatar. Porque nos controlan, porque nos dicen lo que debemos escuchar, porque guían nuestras decisiones y porque todo ello cae encima como una losa que nos inmoviliza, lo único que podemos hacer en estar atentxs para discernir el ruido y escuchar lo que realmente es valioso, dentro y fuera de nosotrxs.

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