Crítica de la instalación “Sombras en la Caverna” – Zule

Aquel día tocaba peregrinar a una dirección extraña y complicada, aunque sin duda justificada para esta instalación. Asi el 5 de febrero del veinte buscamos la puerta 308 del módulo X-bis de la facultad de Filosofía y Letras de la Universidad Autónoma de Madrid. Tras esa puerta, con tantos y tan ilustres apellidos, nos esperaba una instalación llamada Sombras en la caverna, a cargo de Mercedes Castaño, Eric Fernández y Virginia Rodríguez. 

Su principal peculiaridad era que solo podía visitarse en horario de tutoría: martes de una a dos y miércoles de diez a doce. Esa cuestión era casi accidental. El horario no fue fijado por las proponentes, sino que se motivaba en las necesidades de uso del espacio (un despacho universitario donde realmente se trabajaba). Eso también implicaba que la instalación fuese enormemente efímera: solo estaría abierta los días 4 y 5 de febrero. Sin embargo, en sí mismas, las limitaciones temporales reflejaban parte de la propia tesis que subtitulaba la obra: “el despacho como dispositivo de saber-poder”.

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Sin siquiera pretenderlo, las proponentes se encontraron con el primero de los encorsetamientos que regulan la academia: los plazos. El horario evidenciaba que en la universidad existen limitaciones, protocolos, barreras invisibles que no pueden cruzarse pero que están presentes y afectan a los modos de hacer, estar y saber en la academia, limitando y acotando la vida universitaria. Porque el despacho es un espacio de poder, y en él y desde él se imponen normas.

En esa línea, en la puerta nos recibía una definición —foucoultianamente manipulada—   de despacho: “Espacio de acceso restringido destinado a la sacralización, estudio y reproducción del canon”. También se nos daba una advertencia de boca de los exponentes: no puedes cruzar las líneas negras del suelo ni tampoco hacer ruido, porque este es un espacio de trabajo. Quizás fue un error que la advertencia no estuviese en un letrero en la puerta. Quizás, simplemente, formaba parte de ese juego por el que los jóvenes universitarios entran en un espacio con normas difusas que deben descubrir por ensayo y error.

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Sea como fuere, al entrar el despacho parecía un zoológico. Un par de profesores universitarios charlaban tecleando el ordenador, como si nadie estuviese mirando. Simplemente trabajaban. Un agudo medley de piezas musicales servía como colchón para el ecosistema. Los temas pasaban por los grandes hitos de la música clásica y popular, yendo del canto gregoriano a Rosalía. Por lo demás, el ingenio de la exposición residía en no añadir ningún objeto físico al despacho, al estilo Dogma 95. Solo las marcas del suelo —que delimitaban las fronteras de los espacios prohibidos al extranjero (a saber, las librerías y el asiento del profesor)— y los cárteles —que describían los objetos del despacho, enrareciéndolos con un dulce aroma a Cortázar— señalaban que el espacio no era completamente natural. 

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Otra anomalía eran las persianas bajadas. La necesaria oscuridad era contrastada por lamparitas que alumbraban los carteles de papel pluma. Lámpara y cartel eran los únicos conjuntos de parásitos materiales que ocupaban el espacio. Pero eran necesarios, porque una de las piezas centrales de la instalación era una proyección en la que, partiendo de Vitruvio (el canon lo sabemos antropocéntrico), una serie de nombres en negro sobre blanco se tatuaban sobre la pared. Segundo a segundo, los nombres de ilustres artistas, científicos y pensadores de la alta y la baja cultura de todos los tiempos iban sobreponiéndose unos sobre otros, tapando o borrando los de arriba a los de abajo. Era una expresión gráfica del olvido y la memoria. La proyección evolucionaba hasta tejer una red de letras que generaban así una imagen a lo Pollock: una estructura difusa (aunque presente) que se reducía a una textura de manchas de significado desdibujado. Nombre a nombre, la imagen del canon se constituía como una red de nombres de diverso calado, cuya autoridad particular quedaba confundida en la maraña de autores. 

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La red atrapa la silueta (el nombre como autoridad) desdibujando el contenido (los argumentos, las pruebas, las obras y los discursos). Lo único que importa al final es el nombre, que pasa a sustituir al contenido como parte de la red de protección del saber académico. Por eso, la autoridad va poco a poco radicando más en la propia referencia al autor que en sus argumentos o su discurso. El apellido del autor se convierte así en canon, en vaca sagrada, y pasa a ser intocable: ley inquebrantable hasta que llegue el olvido. Aquí tenemos el despacho como espacio de saber-poder, como embajada de la academia, confesionario para creyentes que acuden a él en busca del criterio de verdad: la comunión con Dios. ¿Y la distancia crítica? Ni está ni se la espera. El creyente se arropa con esa red de nombres vacíos, y una vez está bajo su manto, es incapaz de ver la luz que se esconde más allá de las grafías. ¿Siempre? A veces lo hace, porque siente un poco de frío. Desde su equiparación con el canon, el creyente introduce nuevos nombres a la red, parches que abriguen los agujeros donde había aparecido un roto o un descosido, para así mantener tupida la coraza protectora. 

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Pero volviendo a lo material: fuera de lo dicho ningún objeto había sido añadido al despacho. Los carteles ofrecían descripciones de mesas, sillas, reposapies, libros, cafeteras, posters, ordenadores… La exposición era un distorsionado bosquejo antropológico. El despacho era tratado como un objeto de estudio arqueológico, de cuyas capas superficiales podían extraerse profundos sedimentos de reflexión. Por ejemplo, había un pisapapeles con forma de calavera que era descrito como un objeto ritual que mantenía al clérigo-académico con la mente en la muerte, por un lado en tanto objeto de reflexión, por otro en tanto que inevitable consecuencia de una mala praxis. Esta idea cohabitaba en la propia definición con su funcionalidad clásica de sujetar papeles. Por su parte, la mesa emergía del suelo para sujetar cosas, y sobre ella, el ordenador era la herramienta clave de la puesta en práctica del poder (en tanto que determinaba que novicios tenían derecho a mantenerse en la logia y cuáles no). Ah, y casi olvido una de los mejores: la cafetera como fuente de energía vital, que mantiene vivas a las almas adoradoras de canon. 

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De esta manera, poco a poco, el despacho deja de ser un cuarto aburrido y rancio, lleno de libros y papeles, para convertirse en un viejo templo de una sociedad teocrática. Ahora es un espacio del cual intentamos extraer los significados rituales que configuran nuestro mundo, el lugar en que se teje el manto de la verdad, antes de exhibirlo o de venderlo en el bazar. Pero ojo: aunque esté vivo y pretenda seguir viviendo, el despacho es objeto de estudio arqueológico. En sí mismo este lugar contiene algo muerto (su ancla al pasado, sus dificultades para actualizar con nuevos parches el canon) y, como nos recuerda el pisapapeles, no sabemos con certeza si podrá superar este trauma anacrónico que le constituye. Estudiar el despacho como generador de verdad-poder se convierte en un gesto equiparable a estudiar la religión celtíbera desde los cimientos de un viejo castro. Las piedras encierran lo importante: lo que se hace y se dice dentro, que sin embargo, es en ellas descifrable. El despacho es confesionario y sala ritual, embajada donde se comparte y elabora el saber esotérico, el mágico poder del conocimiento, el lugar donde se determina la verdad, y por tanto, el centro desde donde se legislan la realidad y el mundo. 

Para escenificar el saber-poder podíamos haber esperado grandes metáforas visuales de un mundo completamente distinto al real, por ejemplo uno lleno de cadenas y fantásticos elementos de tortura y coerción. Pero la propuesta de “Sombras en la Caverna” era más sencilla y no menos ingeniosa. Esos giros barrocos habrían sido esperables dentro de lo fantástico, que enmascara lo real para sacarlo a relucir. Esta propuesta no pretendía hechizar lo real, sino sacarlo a relucir, en crudo. La idea no era hacer increíble lo cotidiano, sino evidenciarlo hasta tal punto que quedase caricaturizado en un enrarecido esperpento. 

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Cómo el realismo mágico, en lo habitual aparecía algo extraño que lo cambiaba todo sin modificar nada: lo real salía de lo cotidiano sin entrar en lo fantástico. Quedaba en un limbo donde lo real, simplemente, era más real y prescindía de máscaras o disfraces. El despacho era expuesto desnudo, señalado con un caperuzo como sacro lugar de imposición y construcción de realidad y hegemonía, como artefacto repleto de artefactos cuasi-mágicos cuyo poder trasciende sus propias paredes,  alargándose en el tiempo hasta que es olvidado cómo forma y como contenido, y queda perdido en la maraña de despachos y saberes que no hacen sino ocultarnos un mundo que bien podría existir fuera en extramuros.

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