Imponer la verdad, imponer la mentira – Zule

Llevo varios años rompiéndome el seso sobre lo relativo de la verdad. No puedo dejar de sentir que ella, la certeza (la adecuación entre el mundo y lo enunciado por una mente) no es más que una cuestión de miradas. Si mis ojos están acostumbrados a leer de determinada forma X, X será lo que encuentre en todo el mundo. Y probablemente en el mundo habrá algo de X, pero ni todo será X ni X lo será todo. X estará ahí, como una de las muchas lecturas verdaderas que podemos decir del mundo, pero no será la última-única-mejor. X será una lectura subjetiva-cultural más, constituida y constituyente del mundo humano. Y es que este mundo está atravesado por la cultura, o mejor dicho, por las culturas, porque, como venimos diciendo, hay muchos modos de ver y decir X, y ninguno es necesariamente mejor que otro fuera de la tradición que lo gesta. En el plano cultural creo que existe cierto relativismo epistémico, no en el sentido de que todas las X sean igual de ciertas, sino en el sentido de que todas son igualmente no-ciertas: simples metáforas, símbolos.

Básicamente, me preocupa la proliferación de verdades, y cómo ella no hace más que dar cuenta de lo efímero y no absoluto de la realidad cognoscitiva humana, intimamente subjetiva y simbólica. La humanidad sabe verdaderas cosas contrarias, o por lo menos opuestas. Sabe el sí y el no a la vez, y debe de vivir con esa contradicción, con la duda sobre sí lo importante es lo que cambia o lo que se mantiene. Sin embargo, en este artículo uno no pretende ser relativista, o al menos no del todo. Existen ciertas verdades que son indudables para el ser humano. Negarlas sería tan inhumano como negar la relatividad: esa duda —intrínsecamente humana— que da un pie a lo posible, permitiendo crear, inventar e imaginar realidades a medio caballo entre la utopía y la distopía, entre lo verdadero y lo falso. No podemos negar lo metafórico y relativo de nuestra realidad cultural, pero tampoco que esta misma realidad coexiste y emerge de realidades físicas previas, menos relativas por ser mas imprescindibles a modo de condición de posibilidad de lo cultural, de lo simbólico, de lo metafórico, de lo relativo: de la propia duda.

Hay un tipo al que uno no puede evitar amar y odiar a partes iguales. Se llama Immanuel Kant. Este tipo, entre los siglos XVIII y XIX, trató de esbozar aquello que hoy llamaríamos objetividad humana, la necesaria e irrenunciable condición de posibilidad del conocimiento humano, que para darse, debe de obedecer a unas leyes, unas normas que hoy no veremos legadas ni por Dios ni por el noúmeno, sino por el continuo chocar de la evolución contra la imposibilidad de hacer las cosas de otra manera. Por ejemplo, uno solo puede saber en el tiempo, no fuera de él. Además, uno tiende a pensar sobre el espacio. Pero el espacio y el tiempo son necesidades solo de nuestra cabeza: fuera de la mente humana, tiempo y espacio podrían no darse, o al menos, no darse de la manera en que los humanos los entendemos. Podría haber tiempos circulares o retornables. Podría haber espacios de más de tres dimensiones. Pero estos no serían cognoscibles para lo humano. Estos otros espacios-tiempos, aun pudiendo ser reales y verdaderos, para el humano no serían sino quimeras, fantasías noúmenicas imaginables, pero no experimentables. Podrían existir realidades físicas distintas a la nuestra (humana), en las que la evolución de la materia y de la vida hubiese permitido modos distintos de generarse la duda. Pero los humanos nos hemos hecho humanos mediante una serie de procesos evolutivos que son condición de posibilidad de nuestra propia realidad física.

De tal manera, la misma condición de posibilidad de la duda es la certeza, pero no una certeza teórica, sino una que se fundamenta en la necesidad de ciertos pilares epistemológicamente evolutivos que tiene el conocimiento. En otras palabras: para dudar necesitamos un cerebro que dude, y este necesita de un proceso histórico de evolución, que procede desde los primeros seres vivos, invertebrados. Y, por si fuera poco, estos seres, para desarrollarse, requieren de unas condiciones físicas y químicas que obedecen a unas leyes (que si bien podrían ser de otra manera, la evolución ha ido haciendo que sean así, probablemente porque es el modo mas sencillo de mantener las realidades que sostienen).

Si bien dudo que el estado mental de dudar pueda reducirse ni a neuro-psicología, ni a electro-química ni a ningún tipo de axioma cientificista (ya no digamos espiritual) decir mentiras sobre esos escalones previos a la cultura que son evolutivamente necesarios para poder dudar (y es la duda la que nos exige decir una verdad y arriesgarnos a mentir) solo puede llevarnos a estrellarnos contra la realidad que nos sostiene: la cultura termina por desmoronarse y nos deja tirados en medio del desierto, donde no podemos dudar del calor de la arena ni de que todo lo que sube baja. La realidad pre-cultural no nos permite la multiplicidad de X, sino que en ella hay una X que nos permite sostener la cultura y otras que no. Este tipo de X son pilares necesarios para dudar, pues el propio acto de leer X desde una cultura sólo es posible desde estos pilares. Los más primitivos son espacio y tiempo, aunque hay muchos más. 

En otras palabras, hay una realidad distanciada de la física, de lo íntimamente material tridimensional, que da apertura a la duda, a lo posible. Esta realidad puede ser la cultura, y dentro de ella, la ciencia hegemónica y la propia epistemología. Pero hay una realidad física, íntimamente ligada a la lógica matemática (interacción de entidades) y a los fenómenos materiales tridimensionales que nos es complicado, sino imposible, negar. Ello incluso cuando personas, como Feuerabend, reflejaron tan bien que incluso estos paradigmas cognoscitivos son a su vez fruto de tradiciones y modos culturales e históricos de ver. Es cierto, cuando hablamos de ciencia tendemos a pensar que el discurso científico nos habla del propio acto de leer X, cuando en buena medida nos está hablando de modos culturales, no de leer, sino de leer el acto de leer. La ciencia interpreta las propias condiciones de posibilidad del conocimiento, describiendo el mundo que ellas proponen. Pero ello no quita que no haya, en el sustrato, esa inevitable condición de posibilidad, esa cultura simbólica de la que no puede escapar ningún discurso. La ciencia no habla de como es el mundo, sino del consenso cultural en torno a como hemos de leer el mundo. Y en tanto que es cultural, podemos dudar incluso de este consenso.

Sin embargo, recordemos a Kant y sus condiciones de posibilidad. Cuando negamos ya no el modo cultural de leer, sino certezas en torno al acto mismo de leer (el espacio y el tiempo) de las cuales somos conscientes, pero que tratamos de olvidar o transformar por nuestro interés, estamos mintiendo. Y a mi parecer, cuando mentimos conscientemente, estamos infligiendo el mayor mal posible a un animal discursivo como es el homo sapiens. Cuando nos mentimos diciendo que el cuerpo puede sobrevivir a una sarta de certeras puñaladas, estamos atentando contra el acto de leer. Cuando decimos que en presente el agua líquida es sólida, o qué la sólida es líquida, estamos atentando contra el acto de leer. Cuando esperamos que una cantidad enorme de veneno no mata nuestro organismo estamos atentando contra el acto de leer. Básicamente, cuando decimos que lo redondo es cuadrado, que lo liquido es solido, que el ayer es hoy… cuando transformamos el espacio y el tiempo a nuestro interés estamos mintiendo.

En diversos trabajos, como Fantasmas y Hogueras, he tratado este tema en el plano cultural, señalando las graves consecuencias que tiene inventarnos verdades y cargárselas a otros, que pasan a ser lo que nosotros decimos que son. Esto puede acabar con muchas vidas, y es el pilar de estructuras culturales de control como el patriarcado, el racismo o la aporafobia. Pero en este tipo de mentiras, nos mantenemos en el plano de la realidad cultural, pues siempre estamos trabajando con atributos muy ligado a valores estéticos y morales, de poder social. El tipo de mentir del que estoy hablando en este articulo, ese negar las condiciones de posibilidad, el tiempo, el espacio, la física, la matemática; este mentir atenta contra la realidad más allá de lo humano. Estas mentiras atentan contra la vida de una forma todavía más cruel que la imposición sobre esta de verdades estáticas y necesarias que atentan contra su realidad cambiante; es más cruel negar lo innegable que imponer un único modo de leer (una verdad) a lo que está vivo, limitándole sus modos de leerse y de ser leído. Por eso la lucha contra la imposición discursiva de la verdad (que se juega en el plano cultural) tiene que partir de la lucha contra la imposición discursiva de la mentira (que se juega en el plano cultural, pero ataca  sus condiciones de posibilidad y va más allá de valores culturales, negando la realidad material de los hechos). Porque ambos modos de imponer y mentir matan, pero la negación de lo innegable mata todavía más.

Así, no podemos dejar que las fake news construyan nuestro mundo, mintiendo sobre el presente y el pasado para justificar la injusticia y su uso desde el poder (e incluso desde el contrapoder). Los discursos de odio se fundamentan en esto: la imposición discursiva de la propia lectura como verdad única y necesaria. Mi modo de leer el imperialismo, el patriarcado u otra serie de fenómenos históricos me legítima para imponer mi lectura, creando entes despreciables (simulacros, sucedáneos) que —por ser víctimas o por ser verdugos— solo merecen la muerte; desaparecer soterrados en el yeso de mi pulcro imperio de la verdad (única). Estos discursos crean vidas sin valor, o incluso de valor negativo, que merecen desaparecer bajo mi visión de lo correcto.

Por otro lado, tenemos la negación de lo innegable, de aquellos fenómenos físicos evidentes que no queremos contemplar como acontecentes, pero que no por nuestro querer acontecen menos. El negacionismo al cambio climático es uno de estos fenómenos, como también lo es la abaratante presencia de grafito (estimulante de la fusión nuclear) en las barras de control de seguridad de la planta de Chernobyl. En ambos casos negamos la evidencia del peligro para priorizar nuestros intereses económicos. Pero negar lo evidente no deja de ser mentir, y es aquí donde tenemos la imposición discursiva de la mentira cómo verdad. Aquí seguimos jugando con nuestra visión de la realidad, pero no se la estamos imponiendo a los humanos o a su realidad histórica (algo que la Edad Moderna ya ha demostrado cuán peligroso es para las vidas que no se ciñan a los criterios hegemónicos), cómo hacemos en la anteriormente expuesta imposición discursiva de la verdad. Ahora estamos imponiendo nuestra verdad a una realidad pre-veritativa, física, constituyente y causa de posibilidad del discurso y del pensamiento.

Negar lo fáctico prehumano, lo físico, no es imponer verdad, es directamente mentir, negar las condiciones de posibilidad de la existencia, como quien niega que sumergido largo tiempo en el agua te ahogas, o qué el humano desnudo que salta al vacío solo puede estrellarse en las profundidades. Porque antes del pensamiento y de la tekné, y —en nuestra especie— como condiciones de su posibilidad, están la ausencia de branquias y de alas naturales, orgánicas. Afirmar la mentira es un acto de esquizofrenia, y no solo una expresión de locura. Cuando la esquizofrenia se afirma violentamente sobre la realidad, choca con ella y la destruye. Imponer la verdad es asesinar la humanidad, imponer la mentira es asesinar la vida misma.

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