Pin pan…Toma yugo parental – Momo

En estos últimos meses ha tenido lugar un nuevo cambio de gobierno, y con esta vuelta al cole tardía de la nueva legislatura volvemos a escuchar la misma cantinela machacona y manida sobre los cambios legislativos de siempre. Y como es costumbre, la primera en riesgo de derogue no ha tardado en ser anunciada: la ley educativa. Ese artículo 27 de la Constitución que tantos quebraderos de cabeza lleva trayendo más de cuatro décadas. Modificar el texto, darle un nuevo sesgo ideológico, quitar asignaturas, añadir competencias, rescribir objetivos… miles de horas de trabajo para que, quienes no han vuelto a pisar un aula de secundaria desde que acabaran COU, decidan cómo los docentes actuales han de realizar su labor y cómo los alumnos han de aprender.

Pero, esta vez, la vuelta ha estado eclipsada por la última medida estrella lanzada a la palestra desde un parlamento autonómico: el Pin Parental. La base del argumento es, a estas alturas, conocida por todos: los progenitores de los alumnos tendrán derecho a decidir si sus hijxs asisten o no a ciertos contenidos impartidos en el colegio. Estas horas extraordinarias, habitualmente exentas del cúmulo de temario académico, versan sobre temas muy distintos, aunque la mayoría en relación a problemáticas o temáticas de actualidad. El foco se ha puesto, como es habitual, sobre las que tratan temas de índole afectivo-sexual, llenando los medios de comunicación de verdades a medias, escándalos y mentiras flagrantes sobre la información que reciben niñxs y adolescentes en sus centros de estudio. Incluso una de las comparsas del Carnaval de Cádiz se ha hecho eco durante este año y su contenido se ha vuelto viral en la red gracias a su mordaz crítica.

En el momento actual, donde cada alumnx cuenta con acceso a un dispositivo móvil con internet, la información que poseen es ilimitada, ¿en qué convierte esto al cuerpo docente? En mediadores que ya no se dedican a dictar una lección para su memorización, sino que ayudan a los estudiantes a adquirir las nociones necesarias para el mundo que les espera fuera de los muros del centro escolar, educando, entre otras cosas, a discernir qué es cierto y qué no lo es. Lejos de adoctrinar o motivar hacia una ideología políticamente marcada, la lucha del profesorado se centra muchas veces en desmentir la ingente cantidad de mitos que la sociedad acumula. Y los más peligrosos de ellos son los referentes al sexo.

La educación sexual es siempre un tema peliagudo, difícil de abordar, pero en pocos casos se hace desde las familias, precisamente evitando momentos incómodos durante la charla de las abejas y las flores. Estos propicia malentendidos, falsas creencias, estigmas sobre el cuerpo y la perpetuación de prácticas cuyas consecuencias son difíciles de afrontar. Todo ello queda rodeado en un aura de vergüenza que lxs chavales han aprendido a eliminar buscando las respuestas por si mismxs en el ingente archivo pornográfico que custodia la web. Si esta es la base del aprendizaje de lo que son las relaciones sexuales, podemos intuir cuál será la práctica posterior, reproduciendo patrones que, aunque intentan erradicarse, perduran de forma cada vez más patente, haciendo a las nuevas generaciones más machistas e intolerantes de lo que eran sus predecesoras inmediatas. Ante estos fenómenos, la escuela no puede sino ofrecer una mínima medida paliativa que intente dar una visión saludable de la diversidad sexual, las distintas identidades de género, las relaciones afectivas… Pero por lo visto llevar a cabo esta labor, que en muchas ocasiones realizan especialistas psicólogos y sexólogos, es ir demasiado lejos con las jóvenes, tiernas e impresionables mentes del alumnado, mientras que las hipotéticas lecciones sobre la práctica cinegética se justifican dentro del aprendizaje de los espacios naturales, sin mencionar otras connotaciones.

Algunas familias, presas del pánico mediático, ya se han convertido en defensores a ultranza de su posesión de voz y voto a la hora decidir la necesidad de sus hijxs de acudir a estas lecciones, haciéndolos protagonistas y portadores de la voluntad de los menores, que en algunos casos no se alejan tanto de los 18 años. Podría parecer que nadie más, aparte de los familiares, tenga derecho a intervenir en la formación humana de un futuro miembro de la sociedad, como si el tipo de adultxs en que fueran a convertirse no fuera responsabilidad del conjunto de la ciudadanía. Pero todo este revuelo se ha basado en el antes citado artículo de la Constitución, que da voz a padres y madres con la siguiente fórmula: “Los poderes públicos garantizan el derecho que asiste a los padres para que sus hijos reciban la formación religiosa y moral que esté de acuerdo con sus propias convicciones”. He aquí la causante de todos los debates: la dichosa palabra moral.

Ningún centro público obliga a cursar una asignatura de religión, bien sea católica, islámica, evangelista o cualquier otro credo, y es más que probable que un docente que se dedique a impartir lecciones sobre estos temas fuera de una perspectiva puramente histórica no tarde en ser amonestado por la comunidad. Pero en este saco de las creencias personales se han acabado metiendo temas como el antes mencionado de las relaciones afectivo-sexuales, medioambiente y cambio climático, interculturalidad o memoria histórica, cuya enseñanza nadie tiene permitido coartar. No se trata de fe, sino de investigaciones bien formadas de la comunidad científica o de principios recogidos en los derechos humanos entre otros, los cuales quizá no estaría de más releer. Los progenitores no debieran poder negar el derecho a sus hijxs de recibir una educación completa. Parece que cada vez se les quiera envolver en más y más capas de protección frente al mundo exterior, pero no se les dota de herramientas que les permitan desarrollarse y crecer como personas, por miedo a lo que puedan lograr con ellas.

No podemos esperar que el día de mañana los problemas que vemos en la sociedad se vayan a solucionar, teniendo en cuenta que no hemos puesto los medios para que las nuevas generaciones puedan resolverlos. Educamos en eludir problemáticas, culpar al contrario, proteger del peligro… pero ¿de qué peligro? El mundo ahí fuera no va a cambiar por lo que prediquemos o hagamos en casa, solo podemos estar más o menos preparados para afrontar conflictos, peligros, crisis… Esto no se consigue si no es educando de forma activa, dejando que la sociedad sea consciente y responsable de ello. Se ha de hacer a los estudiantes partícipes del mundo que es, no solo del que querríamos que fuera, porque estas nuevas generaciones no van a ser sino un reflejo de las que somos ahora y del futuro que creamos cada día. No lo dejemos en manos de otros.

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