Sobre el Joker: No se rían que es peor – Censurón el malpensado

Instante 1. El protagonista apuñala con unas tijeras metálicas en el cuello a su excompañero de trabajo y este súbitamente intenta taparse la hemorragia con la mano mientras se desploma y cae al suelo para morir desangrado como un cochino. Final de instante 1.

Instante 2. Ahora el otro excompañero de trabajo, el enanito, aquel que siempre había sido amable con nuestro protagonista, está de pie blanco, sudando y petrificado porque teme que él sea el siguiente. A fin de cuentas quizás su compañero de trabajo, ahora convertido en asesino, solo buscaba desfogarse destrozando aquello que pertenecía a su asqueroso pasado. Pero no. Nuestro perturbado protagonista, rendido en el suelo, extenuado, histérico, casi relajado, le recuerda a nuestro pequeñín amigo como este le había tratado siempre bien en el trabajo y como precisamente por eso no va a hacerle ningún daño. Le deja que se vaya. Nuestro enano ahora sale pitando hacía la puerta para escapar cuanto antes de aquella pesadilla y huir lo más lejos posible. Llega a la puerta y sin embargo, no puede abrirla.

Instante 3 (instante final y cierre del chiste). Llega a la puerta y no puede abrirla porque es enano, y la puerta tiene puesto el cerrojo. Cerrojo a metro y medio de altura, por eso no llega. El público estalla en una carcajada al unísono: una carcajada de humillación, de superioridad mezquina y de indiferencia. Nuestro personaje bajito, completamente blanco y empapado, tartamudeando pide al asesino de su compañero si puede abrirle la puerta, y en un ambiente enrarecido por lo asfixiante, vemos como este ensangrentado se levanta como si nada, apáticamente le abre la puerta y le deja marchar. Final del instante. Final de chiste. Final de la broma pesada, de la broma del asesino o de la broma que se ríe de los demás. Silencio. Ahora surge la duda.

El público ha estallado en carcajadas, todos, en una situación a todas luces horrible. Hagamos un ejercicio de empatía y pongámonos en el lugar de nuestro amigo no tan alto: hace unos segundos han apuñalado en el cuello a un compañero de trabajo a unos pocos metros y no sé cómo no me ha salpicado la sangre. El asesino, que también fue compañero mío, ahora está apoyado en la pared y sentado en el suelo, fumando, disfrutando su cigarro como si no pasase nada, en silencio, reflexionando y paladeando, mientras hay un cadáver ensangrentado en una casa de la cual no puedo salir. Pero por suerte hay esperanza, lo que siembras recoges, ya que por ser buena persona ahora puedo huir de esta situación horrible que seguramente no olvidaré en mi vida. Por suerte voy a poder escapar. O no.

La puerta tiene el pestillo puesto y yo no llego. Ya es suficientemente humillante en el día a día vivir en un mundo que constantemente me recuerda mi tara y hace burla de ello, mirándome como si fuese un pequeño monstruito, como para que encima ahora, en una situación límite, mi condición no me permita escapar. Soy responsable de mi fracaso y mi futura muerte. Soy responsable de lo que no he elegido y la culpa, ante todo, es mía.

En un momento límite decido plantar cara al asesino y en una mezcla de arrebato y auto humillación le pido por favor que me abra la puerta. Es rebajarse si, pero habré sobrevivido. Ande yo caliente…Entonces él, que seguía fumando apoyado en la pared se levanta, se acerca, temo que arremeta ahora contra mí, espero que no pase eso, y me desbloquea la puerta quitando el pestillo para que pueda salir. Ni lo pienso y salgo corriendo para no volver.

¿Es esto lo que nos hace gracia? ¿Nos reímos del miedo horrible que sufre una persona en una situación límite y como se la humilla incluso en ese momento? ¿Nos divertimos humillando a los demás y haciéndoles bullying? Damos asco. Y es que resulta que no le veo a la gracia a una situación en la cual cualquiera de nosotros vomitaría, nos empaparíamos en sudor simplemente por el estrés de lo que ocurre, y una vez hubiéramos escapado de la habitación consiguiendo recorrer dos o tres calles histéricos de miedo, nos habríamos desplomado en el suelo debido al cansancio y  a la extenuación por lo extremo de la experiencia traumática vivida. ¿De verdad nos hace gracia eso?

 “Pero hombre, vete por ahí, que es sólo una película, no es realidad, es ficción, es como un simulacro” me recrimina un espectador ofendido sentado dos filas más atrás. Eso es lo peor de todo: pensar que el hecho de que sea un simulacro, simple humor negro, nos inmuniza frente a lo que se esconde tras la broma. Como dije antes, la broma se apoya en la gracia que surge de humillar a una persona por una condición natural (genética) no elegida. Por si no fuera poco el bullying, tomamos una situación de violencia extrema, la normalizamos y hasta la banalizamos volviéndola algo habitual e incluso del día a día. Entiéndaseme bien: no digo que se invite al espectador a asesinar a sus compañeros habituales de trabajo (aunque hay cada demonio suelto que da para, al menos, planteárselo), sino que la broma transforma un suceso excepcional en algo no tan raro y por ello menos serio. Es una muerte violenta y sádica, pero bueno, estas cosas pasan, te levantas con un mal día, vas al cajón de la cocina y el resto ya cada cual que se lo imagine como quiera. ¿Disfrutamos viendo la muerte de otro? No es un mal plan para el fin de semana.

Y yo digo no. Esta actitud es nefasta, y lo más importante: peligrosa. Esta actitud normaliza la violencia, acostumbrándonos a ella. Una violencia constante, sádica e innecesaria que no es real, y que nos contamina mentalmente para cuando realmente fallece alguien o hay que cerrar una hemorragia. Porque en el cine todos somos Superman y nos reímos, pero en la vida real quiero ver yo quien es el valiente con la suficiente sangre fría para pensar con claridad mientras un amigo sangra como un cochino, hay que utilizar una DESA o simplemente hay que velar por mantener el pulso a un persona que esta inconsciente y que quizás pronto deje de tenerlo. No quiero pensar en situaciones peores.

La verdadera broma en esta situación es muy parecida a la que hace reír al personaje del Comediante en Watchmen: es darnos cuenta de lo horrible de la situación y de lo que pasa, y aun así reírnos. Reírnos por lo horrible que está sucediendo. Esa es la verdadera broma que nos asesina. Quizás mañana nos dará por pensar en qué nos convierte el prestar oídos y atención a esta broma, pero de momento simplemente reímos. Pero como dice Chacal en una de sus cintas en FarCry2si sucumbes al horror, te conviertes en un monstruo”. El monstruo somos nosotros, no el asesino. El asesino es solo un personaje de la película, y la película es Joker.

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