San Valentín. No lo llames amor, llámalo bien de uso y consumo – Momo

Llega una de esas épocas del año marcado con grandes letras rojas en el calendario del capitalismo más exacerbado: San Valentín. Una figura aún cuestionada en su existencia y completamente alejada del buen samaritano original de su leyenda debido, entre otras cosas, al aura negativa con el que la Iglesia quiso encubrir los orgiásticos finales con los que se cerraba esta celebración. Hoy la fiesta tiene para muchos una connotación más ligada al celofán rosa chicle, las flores y la lencería de fantasía que a la libertad de amar.  No es un tema banal, es la confirmación de algo tan simple y gigantesco que a la vez que es difícil de explicar con palabras. De esta dificultad de expresión se ha nutrido el arte, la literatura, la música… las más grandes expresiones humanas unidas por algo que es universal y al mismo tiempo personal hasta lo más profundo. Y los grandes almacenes han hecho lo propio convirtiéndolo en algo de usar y tirar.

Realmente esta celebración no parece abarcar todo el amplio espectro de lo que podemos llegar a considerar amor, sino que toma una ínfima muestra y la expone como único referente: el amor romántico, habitualmente heteronormativo, cisgénero, patriarcal y monógamo, no deja de ser una muestra que, desgraciadamente, parece ser la única con verdadero sentido en una sociedad cambiante y cada vez más abierta que, sin embargo, mantiene una parcela encorsetada e intocable en el imaginario romántico de la mayoría. Una relación amorosa es algo que transforma, hace crecer, cambiar, afrontar lo imposible, pero también te deja indefenso, a voluntad de alguien en quien confiamos no nos haga daño, y viceversa. La complicación tras todo ello puede ser infinita en tantas aristas y aspectos… y sin embargo sigue siendo un proceso cuyas reacciones hemos normativizado hacia la saciedad. Establecemos fases, clichés, prejuicios e incluso actitudes y reacciones. Al otro lado de la balanza, no tener pareja se convierte para muchxs en sinónimo de desgracia, baja autoestima, culpa, escaso éxito en la vida… con distintas connotaciones de género, pero particularmente crueles aquellas aplicadas a mujeres. Se ha querido reglar la forma de sentir y crear una normalidad coherente con el universo de cada persona… algo que cualquiera vería como una locura y que en cambio no nos espanta lo suficiente.

¿Qué sucede con aquellxs quienes no entran en el cupo de la “normalidad”? Colectivo LGTBI+, pansexuales, poliamorosos, asexuales… ¿No son personas capaces de querer? ¿No tienen tanto que dar como el resto? ¿Serán aceptadxs por la sociedad sin necesidad de que el consumismo vea en ellos otra herramienta para vender más y más rápido? Porque esta última parece la única vía de salida de la marginalidad en muchas ocasiones. Paralelamente se da el fenómeno de la necesidad de mostrarlo, de nuevo el filtro de las redes sociales que edulcoran la realidad para hacer ver que cumplen con el divino mandato del Corte Inglés, creando una necesidad inexistente.

Pero quizá la cuestión más peliaguda es qué sucede con quienes permanecen solterxs; más allá de cuestiones religiosas, hay quienes no hallan una persona adecuada con quien compartir su tiempo en forma de relación de pareja. O simplemente no quieren, sin mayor explicación. Aquí entran todo tipo, no solo de situaciones vitales, sino de relaciones humanas con componente afectivo. La plenitud vital humana no tiene una medida unidireccional y resulta pretencioso dejarla en manos de una sola persona si resulta no ser unx mismx. Quererse y aceptarse personalmente puede ser una de las tareas más arduas en el transcurso de nuestras vidas y aquellxs quienes lo consiguen y lo trabajan merecen que al menos se les reconozca el esfuerzo de estar bien consigo mismxs para así estarlo también con los demás.

Muchos de los grandes problemas endémicos sobre la salud mental de la sociedad en la que vivimos provienen de la escasez de medios para afrontar todo aquello que sentimos a lo largo de nuestra vida, y desgraciadamente tenemos muy pocas herramientas para gestionarlo correctamente. La infelicidad y el desamor también se convierte en negocio, al igual que la soledad en determinados momentos o situaciones, que lejos de percibirse con naturalidad o incluso como fortaleza, queda cubierta de una pátina de vergüenza social difícil de eliminar.

Una muestra de que la perversión llega a traspasar al arte, está en Truman Capote y su novela Desayuno con diamantes. Es probable que en la retina de muchxs esté la imagen de Audrey Hepburn frente al escaparate de Tiffany’s mientras se come un croissant. A lo largo de la película, la protagonista a la que interpreta la actriz, Holly Golightly (o Lulamae Barnes), deja claro que su existencia se ha visto plagada de situaciones en las que el amor no era sino una jaula dorada en la que encerrarla a costa de la felicidad de otro. En el libro, Capote deja que su protagonista sea consecuente con esta forma de vivir y no llega a quedarse junto al galán, sino que desaparece por algún exótico paraje de África tras no dejar siquiera clara su orientación sexual. Pero llegó Hollywood y convirtió a la libre Holly en una criatura que solo utilizaba todo su discurso para ocultar que estaba rota por dentro y necesitaba de alguien para unir las piezas. El arte volviéndose contra el arte. Como este, infinitos ejemplos, más o menos icónicos, pero siempre predicando que la soledad es no tener pareja.

Hay mucho más afecto y amor en otros gestos que no implican celebraciones como esta, hay miles de formas de vivirlo y cada vez menos excusas para juzgar la de los demás, por lo que ojalá ese papel rosa no sea necesario para disfrazar intenciones ni mentiras y simplemente seamos capaces de mostrarnos y expresarnos tal y como sentimos.

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