Sobre el Conde de Montecristo: No cometas el crimen por el que ahora cumples sentencia – Momo

A todos nos gusta encontrarnos con una buena historia de vez en cuando.

Una de esas historias que tienen un poco de todo, pero a las que a la vez no les sobra nada, donde todo encaja perfectamente sin que nos demos apenas cuenta. Magia. Una de esas historias que empiezan con guerras, piratas, tesoros secretos… y acaban con una relación de amor imposible, de esas que se hacen más hermosas únicamente por el hecho de que no pueden llegar nunca a suceder. Esas historias necesitan algo que nos enganchen para que olvidemos las 800 páginas que nos quedan por delante al acabar el primer capítulo y el tedio no nos venza. Algo que nos haga mantener las manos pegadas al libro mientras nos olvidamos de la hora de comer, o de que el cielo oscurece a través de la ventana. ¿Por qué seguir con el libro si no es porque la historia nos atrapa? Pero esa historia ha de ser de alguien, de un personaje que parece hablarnos a través de la tinta, un personaje cuya voz prácticamente podemos ir a nuestro lado y del que imaginamos cada rasgo con todo lujo de detalle.

En mi caso, una de estas historias que se quedan clavadas en la memoria, llegó a mis manos por casualidad, mediante la recomendación de alguien en quien sabía, podía confiar, por lo que las horas invertidas en aquel par de densos volúmenes iban a merecer la pena. Eran dos tomos, uno negro y otro blanco, augurando que habría un abismo de cambios desde el inicio hasta el desenlace. El papel bien fino, la letra mínima… y el famoso protagonista. Comenzaba siendo el buen hijo, trabajador, enamorado y correspondido, humilde y honrado, aquel al que la vida sonreía. Pronto la calma se tornaba tempestad, todo el futuro construido con tan firmes creencias y esperanzas caía en un negro abismo, sin posibilidad alguna de un retorno que no pasara por la Laguna Estigia, de la que, contra todo pronóstico, él lograba regresar. Y no volvía de cualquier forma. Volvía triunfante, con un nuevo nombre, una nueva fortuna, una nueva vida. Un nuevo Orfeo.

El libro no era otro que El Conde de Montecristo, con Edmund Dantès a la cabeza de un tumultuoso y profundo conjunto de personajes cuyas historias no hacían más que enredarse una y otra vez hasta el punto final de la pluma de Dumas (y puede que de la de alguno más por el camino).

A pesar de la extensión de la novela, el problema principal aparece rápidamente en los primeros capítulos: Edmund es encarcelado injustamente por obra de quienes tanto envidiaban su suerte en su Marsella natal. Esto le acarrea la friolera de 14 años encerrado en una cárcel que bien podría ser el Alcatraz del siglo XIX: El castillo de If. A la desesperación e intento de suicidio por inanición solo pudo ponerle freno otro de los presos allí confinados. Entra en juego el Abate Faria, quien enseña a Edmond su plan de escape, así como todo lo que sabe sobre historia, matemáticas, filosofía, idiomas, física, química… (A pesar de lo fantasioso de la situación, y de que su tinta para escribir decía estar hecha con el hollín de las paredes, daban ganas de estudiar sabiendo que en este siglo contamos con banda ancha para aprender).

A la muerte de Faria, deja a Edmund en legado su sabiduría, los recuerdos de años pasados en prisión, un plan de fuga loco pero exitoso y una ingente fortuna escondida en una remota isla del Mediterráneo.

Aquí empieza la historia de verdad, lo de antes era el calentamiento.

A pesar de ser joven, rico y poseer una bastedad de conocimientos que le hubieran permitido hacer cualquier otra cosa con el resto de su vida, Dantès escoge la venganza. Así de simple, así de humano. No se trata de ningún asceta que olvide todas las maravillas que la riqueza puede proporcionarle, pero deja de lado eso que estaba tan presente en la moral europea católica del siglo XIX, el perdón y olvido. Pero Dantès no, él lleva a la acción su elaboradísimo plan de venganza, que tiene por fin último matar al cabecilla del grupo de indeseables que le metió entre rejas… el mismo que se casó con su adorada Mercedes mientras él desfallecía oportunamente entre los muros del castillo.  Con 14 años para planearlo, los pasos a seguir están sobradamente perfeccionados, apuntado a los puntos más débiles de cada miembro del grupo. Bien sea un oficio, posesiones, familia, secretos, deseos, esperanzas… Dantès va destruyendo todas y cada una de ellas, lenta pero concienzudamente, bajo la máscara de su noble pseudónimo.

Dan igual las puertas que se le vayan abriendo, las personas que encuentre… nada sacia, nada calma como la idea de destrozo y soberbio retorno ante quienes hundieron su existencia en la lúgubre prisión. Dantès no ceja en su empeño y, año tras año, se acerca cada vez más al núcleo. Pero algo falla por el camino, algo logra detenerlo. No es su muerte, la que él creía única barrera ante sus propósitos, sino el duro golpe de la realidad cuando, sin poder controlar el momento, varios de sus enemigos llegan a lo que él nunca logró alcanzar: un suicidio que los libre del martirio, de la cruenta existencia en la que el conde ha convertido sus vidas.

Algo cambia entonces en él… o más bien vuelve a lo que fue en inicio: una persona carente de instintos de maldad, que no ha hecho sino pudrirse lentamente, y no sin motivo. Sin embargo, la pátina de la que ha logrado cubrir sus actos, brillante y justiciera, parece haberle cegado completamente hasta que al obtener lo que buscaba no resulta ser lo que esperaba. No llevará a cabo sus últimos deseos ante el miedo de perder en el intento la poca humanidad que conserva. Porque a pesar de resultar un personaje tremendamente atractivo, carismático, resuelto… no es más que un cadáver andante que arrasa con todo allá por donde pasa. La suya es, sin embargo, una de esas historias convertidas en gran éxito literario, en citas y largometrajes que no han hecho sino avivar la imagen del atormentado galán.

Es el tipo de historias que resultan universales. A la mayoría no le costará encontrar paralelismos: bien sea en la ficción artística o puede que en los personajes de su vida real. Pero, ¿qué tiene de héroe? Quizá sea la capacidad de supervivencia a lo largo de tantos años, la escapada triunfal, el don de palabra, la sagaz inteligencia o la maravilla de sus aventuras… pero en el fondo no resulta sino un alma hueca, una concha vacía que sigue moviéndose por inercia del odio y la corrupción que otros han logrado inocular en su ser. Por mucho que decida frenar, intentar redimirse ante fichas inesperadas en la partida, el daño ya está hecho. Ya no queda camino por el que retornar.

Dantès resulta la idealización del ego interior que quiere llevar a cabo todos nuestros deseos, por más bajos que sean y sin preocuparnos por las consecuencias que puedan acarrear. Todo ello envuelto en un aura brillante e irresistible que nos seduce hasta querer ser él, tener la convicción y valentía de perseguir ese fin. Será que no es necesario fijarse en lo más ruin y oscuro para encontrar a los peores monstruos.

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