La mirada única – Zule

La globalización debería ser una gran macedonia de frutas, pero sabe a natillas sosas aunque de muchos colores, que al final lucen como un gris soso. Porque la globalización, en lo que respecta a la cultura, parece que solo ha homogeneizado. Uno, ingenuo, querría pensar que la globalización sería enseñar en las escuelas a Yahveh, a Alá, a Buda y a Jehová, e incluso a Krishna, a Inti, el Tao y a Unkulunkulu; pero solo se habla de Dios, el dios cristiano enseñado como el único verdadero, del que el resto son meras imitaciones: versiones infantiles e imperfectas.

Lo que no entra en el discurso único imperialista no puede mostrarse en su profundidad ontológica, no llega a compartirse como visión de mundo, como un modo realmente distinto de entender y ordenar la realidad. Simplemente sirve como fetiche: motivo para películas exóticas, villano de un videojuego, reclamo para el turismo; panfleto de lo otro y distinto, que nos permite escapar de nuestra realidad cotidiana hacia mundos diferentes. Todo su contenido es reducido a imagen y vaciado, propuesto no como otredad humana sino como experiencia distinta, no como historia sino como instante, no como viaje, sino como turismo. La realidad se falsea y enrarece, se caricaturiza, y el esperpento resultante se vende al mejor postor, que muchas veces ya no busca tanto aprender o descubrir de lo otro (como quién viaja), sino sacar una foto de lo exótico (como quien hace turismo). Quizás en este mundo de redes sociales y 140 caracteres, dónde la profundidad no es necesaria ni interesante (a no ser que se trate superficialmente, como exótica) hacerse una foto en las pirámides del Yucatán equivale a adentrarse en la cultura maya.

Creo que desgraciadamente podemos afirmar que el mundo ya no es verdaderamente plural: de facto es uno, y en él se impone la uniformidad occidental frente a otros modos de ser humano, que parecen ser así menos humanos, más semejantes a adornos y dulces que a platos contundentes y cotidianos. El ejemplo: el peligro de extinción de tantas y tantas lenguas, de tantos modos de ver y conformar el mundo que no se ajustan a los de los lenguajes imperialistas (inglés para lo útil mercantil y tecnocrático, español para la pasión del consumismo erótico, alemán para el pensamiento metafísico de la realidad burguesa, francés como perfecto aunque envejecido equilibrio de los tres ejes mercantiles del capitalismo clásico: pragmatismo del placer como visión única del mundo).

No comemos globalización. Picoteamos los mundos colonizados para comer luego tres planos principales de mundo imperialista. Y el menú se come igual en todo el mundo, siendo el único postre un azucarillo de la identidad cultural propia, aquella que no puede ser del todo subvertida por ser netamente cotidiana: la de la región, la familia, los amigos, etc. Son aquellas raíces que la memoria impide olvidar, aunque el empacho alimenticio de lo único deje cada vez menos hueco para comer del puchero casero, y ya no digamos para degustarlo. No ha habido un mestizaje de las culturas en su profundidad histórica, sino de sus productos culturales en tanto que fetiches: arquetipos atrayentes y exóticos, vacíos de contenido, que son tratados como cachivaches en el gran mostrador del mundo.

El mundo no es una escuela, ni un círculo de debate, ni un jardín epicúreo. No es un templo, ni un museo. El mundo no es una comunidad fundada en amor, ni en fraternidad, ni en historias, ni en recuerdos. El mundo solo es un bazar; y no uno con malabaristas, tragasables, gurús ni artistas. Es solo un bazar frío y bursátil, en el que lo único que vale es la plata, la panoja, la lana, el parné: tantos nombres como Dios tiene el dinero.

Porque el dinero lo vale todo. Por dinero, por turismo, los países se acogen a los fetiches, a los clichés, a esos estereotipos que hacen de toda España un país de flamenco y sevillanas; a México un lugar poblado por mariachis regados en tequila, que duermen entre el sol y la luna con su guitarra española apoyada sobre una enorme pirámide maya; a Japón en un templo sintoísta, donde un samurái robótico y con ojos grandes recibe a los visitantes y les devuelve la propina, por honor. Se caricaturiza la riqueza interna de las culturas, las cuales siempre son la composición de esas otras culturas de memoria cotidiana de las que hablábamos; unas más pequeñas, regionales, tradiciones de pueblo y de familia; o lo que es lo mismo, modos de vida y de mantener la memoria, modos de compartir la alegría y la tristeza, la existencia y la supervivencia. Todo eso se reduce a una persona disfrazada de forma llamativa para el extranjero, a un sucedáneo de comida típica, a una píldora de espiritualidad de plastilina en un espacio en el que el sosiego del espíritu fue sustituido por el agobio de la marabunta de los zombis del selfie.

No parece extraño olvidar para quien no tiene memoria. Lo que diferencia al actualmente hegemónico imperio norteamericano de otros como el español, el británico, el chino, el japonés, el romano o el persa es que desde su fundación carece prácticamente de una historia que no esté ligada a su propia formación y su desarrollo vital. Su memoria moderna se limita a la herencia cristiana y al pensamiento ilustrado, todo ello reinterpretado más que para la memoria para la proliferación del poder y del dinero. No interesó crear una cultura, sino crear un mercado: el fin del impuesto del té en cuantos más sitios mejor.

No había memoria posible, ni tradición, ni historia: no había una raíz que nutriese la planta. De dónde la había, en esos llamados pueblos originarios, en aquellas culturas precolombinas que tenían milenios de historia, lo único que interesó fue la poda y el exterminio, el amor homicida del mercado capitalista (de origen europeo), que de dónde no saca dinero, solo saca odio y motivos para destruir. Ya el imperio español había dado ejemplo del exterminio cultural. El imperio británico sumó su obsesivo rechazo al mestizaje biológico. Del ego de la sangre y el rechazo de lo otro nació un bebé que quería jugar a ser adulto, y lo peor es que a base de insistir, ganó el juego por astuta rabieta.

Pero ahora que la partida se torna en bancarrota; ahora que el riesgo no está en las manos humanas sino en las reacciones de la Pachamama, uno no puede evitar pensar si no había en esos mundos con raíz y destruidos —en aquellas ontologías no occidentales— alguna clave perdida para la supervivencia. Si las hubo, que yo creo que sí, la dinámica capitalista global no nos permitirá ponerlas en práctica. Incluso aunque tengamos las piezas de su puzzle nos será imposible montar la respuesta, porque su propia naturaleza requiere del cuerpo completo, de las raíces y de las flores, y nosotrxs ya no tenemos raíz, simplemente tenemos olvido. Nuestro recordar está en la psique, no en la praxis. No podemos hacer mundo desde estos modos de ver el mundo. Cómo nuestras manos están atadas a la economía olvidadiza del capital, solo podemos llorar por ver el mundo desde ahí, sin poder hacer nada. Y ello, desde luego, en los pocos casos en los que realmente haya suficiente profundidad como para poder ver el mundo. En la mayoría de los casos, esos otros mundos no nos pondrán gafas, sino que nos enseñarán dibujos, y nos reiremos de ellos hasta que se hunda nuestro global Titanic, incapaces siquiera de llorar por un desastre evidente pero imposible, según ese discurso único del progreso-cohete-infinito.

Ya no hay muchos mundos: solo queda uno, y los caramelos que lo hacen llevadero y cotidiano. El olvido de la profundidad que se esconde en esa dulce mirada evita hacerlos lo bastante nutritivos como para poder cambiar de dieta. Solo podemos comer de una forma preconfigurada. Mientras nos llevamos a la boca exactamente el mismo alimento insípido en tantos y tantos sitios tan distintos del planeta, por suerte, aún sabemos llorar a nuestra manera el perdido puchero de la abuela muerta, que aunque ya no está ni nadie la recuerda, siempre sabremos que era la que mejor cocinaba para nuestras bocas. Y su gusto será el que inevitablemente nos haga masticar las otras gastronomias, el único que nos acune cuando nos sintamos solxs.

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