Memento Mori – M. Green

“La puerta del baño está entreabierta, y por el resquicio se escapa una ligera nube de vapor que se arremolina contra el techo. La luz amarilla de la lámpara, que está sobre la mesita del pasillo, proyecta contra la pared las sombras de los distintos muebles; el ambiente es cálido, a pesar de que es 4 de enero y fuera el viento golpea con furia los cristales.

  Una niña, de no más de siete años, juega en la bañera con un muñeco completamente desgastado por el uso. Lo sube y lo baja, lo sumerge y lo devuelve a la superficie; lo hace descender de nuevo, esta vez con la suficiente energía como para que el agua salpique la pared de azulejos que tiene a su izquierda. El muñeco se queda bajo el agua y, progresivamente, las burbujas que éste provoca disminuyen en cantidad, en velocidad y en tamaño, hasta que la última de las pompas explota, sumiendo en un tremendo silencio toda la habitación.

 El vaho cubre los espejos del baño y el cristal de la ventana, el calor es intenso y se pega a la piel. La niña se aparta un mechón de pelo con la mano libre, ladea la cabeza y, mirando al juguete que sigue bajo el agua, se pregunta: “¿Qué se sentirá al morir? ¿Será doloroso? ¿Qué habrá después? ¿Será como cuando te duermes y luego no recuerdas qué has soñado?”. Casi como por impulso, la pequeña se tumba por completo en la bañera y mantiene la respiración bajo el agua, sintiéndose agitada y a la vez tranquila. “Morir no puede ser tan malo”, se dice.

  Rápidamente levanta la cabeza haciendo gran estruendo, el pecho sube y baja sin cesar. El agua está cada vez más fría y ya no quiere seguir en la bañera.

  Son las cuatro de la tarde de un martes cualquiera, y al volver del colegio la misma rutina de siempre ataca sin escrúpulos a nuestra ya no tan pequeña protagonista. Sin embargo, este día tiene un halo especial, hay algo en el ambiente, otra vez.

  Sentada en su cama vuelve la reflexión de varios años atrás: “¿Qué habrá después?”  Se produce una urgente necesidad de entender qué trae la muerte, y por qué provoca en las personas una sensación tan negativa. La niña entiende que la muerte da miedo porque ya no vas a volver a estar, porque la gente que te quiere no te volverá a ver y la gente a la que quieres no se va a ir contigo. “¿Por qué, entonces, esta sensación tan potente de no entender la muerte como el resto?” Se mira las venas y una serie de imágenes de sí misma rasgándose la piel y dejándose morir le inundan la cabeza. Ella sabe que no quiere morir, pero encuentra placentero imaginar qué se sentirá cuando cierre los ojos por última vez”

¿Qué es la muerte?

  Elías Nandino cree que morir es alzar el vuelo sin alas, sin ojos, y sin cuerpo. Salvando las distancias creyentes, morir es eso. Es ser sin estar, es algo por lo que hemos de pasar y sin embargo a lo que tememos tanto llegar que buscamos (y encontramos) todo tipo de excusas que justifiquen la negatividad de su esencia, que nos alejen de su entendimiento y que no nos permitan nada más que vestir de negro cuando la muerte se acerca. ¿Qué tipo de respeto se supone que le estamos dando al difunto que con nosotros ha reído, hasta perder el aliento; ha llorado, hasta secar sus cuencas o ha cantado, hasta adormilar la garganta? Yo no entiendo una vida sin una muerte, y sin embargo nos ocupamos muy bien de que nuestra existencia sea completa, y se vea repleta de placeres que culminen en felicidad. ¿Por qué nos asusta tanto algo que no hemos experimentado? La muerte puede ser un simple trámite hacia otra forma de existir.

 No creo en cielos divinos, ni en querubines o serafines. No creo en Dios y tampoco en su vida eterna más allá de la muerte, no obstante, no logro entender cómo la muerte genera en nuestras sociedades occidentales una constante carga de dolor si, lo que espera después, es el regalo de la eternidad. Con todo, hay quien todavía no entiende que la vida no tiene por qué ser algo que todos quieran, y para los que todos se vean dispuestos. Seré la primera en afirmar, por supuesto, que nuestro instinto será siempre sobrevivir. Sobrevivir.

No mucho tiempo atrás, mientras conversaba con unos amigos, se me ocurrió la ligera idea de decir en voz alta que, probablemente, cuando me hubiera cansado de vivir optaría por terminarme. No puedo explicar en palabras los gestos de horror e incomprensión de la mayoría de ellos; parece que si no luchas hasta acabar postrado en una cama de hospital con vías y máquinas que te mantengan vivo (pero demente en la mayoría de los casos) no valoras tu vida.

  La racionalización de según qué cosas no es más que una forma de defensa contra el dolor; por otro lado, también te ayuda a ver con claridad donde el resto, directamente, no quiere ni asomarse a mirar.

 Michel de Montaigne en De cómo filosofar es aprender a morir comienza con: “Dice Cicerón que el filosofar no es otra cosa que prepararse para morir. (…) Quitémosle lo raro, acerquémosla a nosotros, acostumbrémonos a ella, no tengamos nada tan a menudo en la cabeza como la muerte”.

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