Sí, yo caí enamorado de la moda juvenil – Momo

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Ya está, a un par de golpes de ratón.

En menos de un minuto todo aquello que queramos saber sobre prácticamente cualquier incógnita que nos ronde la cabeza, entra a raudales a través del cable de fibra óptica. Sin ningún tipo de discriminación por el lugar del que proceda o una mano amiga que cribe a nuestro favor. No hace demasiados años recurríamos a libros y enciclopedias para responder a nuestras preguntas, no quedaba otra vía que moverse y esforzarse por indagar en las profundidades de un tema que necesitáramos conocer o quisiéramos curiosear. Lo que llegábamos a conocer se supeditaba a los medios y los recursos que tuviéramos más a mano, bien fuera una biblioteca o un nutrido quiosco de prensa. Así conocíamos el mundo a nuestro alrededor, aquello que sucedía de forma paralela a nuestras vidas.

La radio y la televisión abrieron el sentido auditivo a esta posibilidad, democratizando mucho más los medios de acceso, aunque acortando las miras y la perspectiva de los datos que llegaban mientras aumentaba la pasividad con la que los receptores los recibían. Internet no ha sido sino el colofón final a todo ello, dejando patente que nada de lo que puedan contarnos en red resulta inintencionado en su sesgo. A estas vías de comunicación se les añadió además un nuevo fenómeno: la publicidad. Esta manera de vender, desde productos de uso diario hasta ideas revolucionarias, se ha sofisticado exponencialmente en las últimas décadas, colándose de forma imperceptible en cada aspecto de la sociedad, hasta estar prácticamente a la vista de forma constante, sin que apenas sepamos discernirlo del resto de la panorámica de nuestro día a día.

Si antes eran los grandes carteles anunciando bebida de cola en sinuosas letras sobre un fondo rojo hiriente y atractivo para la vista a partes iguales, vendiendo el sueño americano encerrado en una lata de bebida carbonatada, ahora se ha convertido en una cuenta en redes sociales donde los modelos parecen haber alcanzado la felicidad precisamente gracias a endulzarse los labios con el contenido de esa misma lata. Aquello que inventara un médico en Atlanta a finales del siglo XIX se ha convertido en la marca registrada de bebida más popular a nivel mundial. ¿Por qué? ¿Qué pinta un líquido marrón gaseoso en manos de habitantes hindúes, centroafricanos, noreuropeos o maoríes? Globalización, y con ella toda una avalancha de objetos, ideas, tradiciones y costumbres de ida y vuelta en un mundo donde las fronteras cada vez se vuelven menos físicas cuando de dinero se trata.

Llegados a este punto no cabe sino preguntarnos ¿qué de todo esto nos representa, pertenece a nuestro entorno o cómo hacemos un uso responsable de recursos para saber decir sí o no a las opciones a nuestro alcance?

Todos hemos crecido entendiendo el mundo a través de la lengua materna (o más de una), con unas rutinas horarias, escolares, sociales y familiares concretas. Creyendo vivir en un aparente estado de normalidad desde nuestra situación en contraste a otros países o culturas, donde parecía bárbaro cenar a las seis o comer con las manos, aunque este tipo de hábitos encierren lógicas que resultan obvias una vez entendemos la cultura que las rodea.

Sin embargo, habituados a nuestras rutinas, pasado algún tiempo, la normalidad se vuelve gris y repetitiva; pasamos a buscar otras realidades. Los libros resultan una manera efectiva para ello, pero en la era de la imagen es mucho más sencillo dejarse llevar por lo que comen nuestros ojos. La facilidad de transmisión se encuentra en el mismo punto temporal de los transportes de alta velocidad o la producción masiva de bienes de consumo. Podemos tener ropa manufacturada en Corea y muebles traídos de Francia, un coche alemán y un sinfín de productos alimenticios traídos directamente de fábricas estadounidenses. Pero no vivimos en islas; no nos rodea un inabarcable océano ni somo parte de un oasis en el que haga falta un constante flujo comercial que nos mantenga alejados del peligro de la escasez de bienes básicos. A pesar de ello, seguimos echando la vista hacia lo que hay más allá de nuestro muro particular.

Parecemos haber olvidado muchas situaciones de nuestro entorno, que en ningún momento han dejado de estar ahí, pero han sido situadas en un segundo plano tras los grandes carteles. La simple comparación social o la creación de calendarios de consumo capitalista han conseguido crearnos necesidades irreales respecto a lo que podemos llegar a tener. Lo peor de todo ello es que esto ha pasado a formar parte de nuestra identidad social, de nuestra visión personal de la vida, de nuestras expectativas acerca de lo que es la felicidad. Ya no nos regimos por metas personales o conquistas que no sean materiales, y aunque así sea resulta complicado huir de un sistema que envenena cada rincón de nuestro ser con su pátina de mediocridad. Miremos más allá de la superficie, busquemos de nuevo una voz propia que nos haga poder decidir qué querer, qué necesitar, a qué atender, qué hacer con nuestro cuerpo, tiempo y dinero.  Volvamos a ser dueños de nuestro ser y nuestras vidas.

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