Globalización cultural: una hegemonía cambiante – El niño detrás de las barbas

La cultura se constituye por un sinfín de estímulos de ida y vuelta, cuando dos culturas interactúan la una con la otra siendo inevitable que de manera natural se produzcan intercambios entre ambas, aunque rara vez estos se desarrollen en términos de igualdad. Por lo general, cuando dos extractos culturales chocan uno tiende a absorber en mayor medida al otro, o al menos, a influir en mayor grado en este. Pero aunque sean desiguales, esos flujos de ida y vuelta siguen produciéndose.

Por lo general, la victoria cultural tiene mucho que ver con quien ostenta el poder político-económico en un momento determinado. Durante la Edad Moderna esa asociación entre cultura hegemónica y poder político se evidencia de manera clara. Durante los siglos XVI y buena parte del XVII es la indumentaria de los Austrias, sobria, de colores negros, la que predomina en el mundo cortesano. En el XVIII sin embargo, con la pérdida de poder de estos y la hegemonía de los Borbones, serán las pelucas francesas las que resalten en las cortes de toda Europa, a la vez que el francés se convertía en el idioma diplomático por excelencia.

Previamente, el mundo árabe expandió su cultura, delimitada en principio al reducido espacio de la península arábiga, trasladándose hacia buena parte del mundo conocido, impregnando África (donde aún tiene mayor influencia que la cultura occidental), todo Oriente Medio y penetrando en buena parte de Asia (los grandes emperadores de India durante la Edad Moderna fueron musulmanes y Pakistán sigue siendo hoy un estado claramente islámico).

Pero no siempre el dominio político implica una imposición absoluta, de hecho, las ideas y venidas son mucho más frecuentes de lo que uno a priori podría pensar. El bien constituido sistema político, económico y militar romano permitió la difusión de su cultura en todos los territorios en los que se asentó, llevando el estrato latino-griego a espacios donde hasta entonces no había logrado expandirse del todo, por ejemplo, en el ámbito céltico. Antes incluso de la dominación territorial el influjo de Roma ya se hacía notar en los territorios de su entorno.

A pesar del claro dominio cultural romano, esta también vivió proceso de integración culturales. Los romanos incorporaron estratos culturales de los pueblos dominados, incluso de aquellos que podían considerarse culturalmente menos avanzados, como el celta o el judío. Buen ejemplo de ello representa la adopción de divinidades extranjeras, externas al panteón romano (que por otro lado bebe directamente del griego), hasta tal punto que el dios mesiánico judío fue capaz, siempre en paralelo a la debilidad estructural del Imperio, de sustituir al Panteón Romano.

No olvidemos que Roma, en todo su poderío económico, y con todas las aportaciones que realizó en su ámbito de influencia, bebía directamente de la cultura griega, que siempre se consideró a si misma superior a la romana, sabiendo mantener su prestigio e influencia a lo largo de toda la trayectoria imperial, e incluso sobreviviendo en su vertiente bizantina.

Algo similar sucede hoy en día. No cabe duda que la cultura occidental predomina a nivel mundial, y a su cabeza se ubica Estados Unidos. El mejor ejemplo lo tenemos en el mundo audiovisual, Hollywood es la cuna del mundo cinematográfico y durante años ha impuesto los grandes relatos de la pantalla. Las pequeñas producciones de otras naciones solo puntualmente eran capaces de colocar sus obras en la esfera mundial. Si estuvisteis atentos a la anterior edición recordareis la importancia que tiene esto [enlace al texto de Zule, el que mejor refleja los valores que transmite el mundocinematográfico] puesto que el cine y la televisión son grandes catalizadores culturales, que muestran tanto los valores de una sociedad como sus modelos y referencias. Esos modelos quedan impregnados en la mentalidad de las sociedades receptoras, ello explica, por ejemplo, que hoy en día los niños estén más atentos a la llegada de Halloween que al carnaval (tradicionalmente europeo).

Pero si en algo se nota la influencia estadounidense es en los valores consumistas, que si bien no son ni mucho menos exclusivos del país norteamericano, son sin duda su mejor exponente. De hecho, buena parte de los estratos culturales que nos llegan hoy en día desde los espacios no occidentalizados lo hacen a través del filtro del consumo. Estoy pensando, por poner un ejemplo, en la gastronomía, convenientemente adaptada a los gustos europeo-occidentales.

Sin embargo, todo movimiento hegemónico tiene también su propio movimiento contra-hegemónico, y esto queda muy patente en el caso de EEUU. La sociedad europea, si bien bebe y adopta buena parte de los valores que el mundo audiovisual norteamericano nos ha trasladado, también se muestra muy escéptica con otros muchos aspectos de la cultura estadounidense, especialmente con aquellos más oscuros como el conservadurismo religioso de buena parte de la sociedad (los grupos integristas son el mejor referente) o su pasión por las armas y el belicismo.

Si nos trasladamos al mundo árabe la injerencia histórica de la gran potencia en la escala regional) ha generado un clima de rechazo hacia lo estadounidense y lo occidental aún mayor en una parte considerable de la población, cuya máxima expresión de rechazo son los atentados yihadistas (por otro lado mucho más sangrantes y habituales en los propios países árabes). La defensa de una identidad propia se mezcla con el conservadurismo religioso, irónicamente impulsado en buena parte por Arabia Saudí, gran aliado de EEUU y, en estos momentos, también por Israel.

Al final este brevísimo recorrido histórico, con apenas unos apuntes sobre nuestro mundo actual, no tiene mayor intención que recalcar que nada es inmutable: ni los imperios, ni la cultura. Por eso todo seguirá cambiando, un día las carreteras romanas desaparecieron del trazado europeo, los bellos jardines árabes de Al-Andalus fueron ocupados por nobles y reyes cristianos y los trajes negros de los Austrias dieron paso a las pelucas francesas. Algún día, la cultura occidental evolucionará o dejará paso a otras de mayor predominio. Nada permanece eternamente, ni el poder político-económico, ni la hegemonía cultural.

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