Sobre la soledad, o notas aparte a Nosotros los desheredados (abismos sin eco) – Por Alguien que desearía no serlo

Reflexiones sobre la soledad añadidas a un texto anterior: Nosotros los desheredados (abismos sin eco)

Aquel que diga que está solo, miente. No creo que existan personas verdaderamente solitarias. Hasta el hombre aparentemente más solitario, el vagamundo, aquel que a fuerza de no estar rodeado por otros logra al final volverse invisible para nuestros ojos, hasta ese hombre esclavo de su soledad nunca termina de estar solo.

Dejando de lado que la locura a veces logra acallar los silencios dando conversación a esquizofrénicos afortunados, la soledad en sí misma es la reina que acompaña a los que sufren la soledad coercionando su aislamiento personal. Si es por ella, bajo ningún concepto estos pobres diablos se van a quedar solos de verdad. La soledad es a la vez ama que esclaviza, amiga que acompaña y amante que consuela. Así, si las tenazas son al menos más agradables al tacto, son más llevaderas.

La soledad pesa. Es un lastre. La ilusión de independencia y fuerza renovada es solamente eso,  una ilusión. Con el paso del tiempo la soledad desgasta, mella y hace callo creando hábitos que se vuelven costumbre a fuerza de no tener otras alternativas.

Decir solitario para referirse al que sufre la soledad se me hace difícil. Pronunciar solitario implica asumir como algo implícito la decisión voluntaria de apartarse. Exilio autoimpuesto. Y no es en eso en lo que estoy pensando al escribir esto. Aludo, por el contrario, a quienes soportan la soledad como droga lesiva, como adictos que sufren la falta de alternativas. Para mis solitarios no existe esa libertad, ya que se vuelven dependientes de las pocas vías entre las que pueden pivotar. A veces es mejor escribir pocas siendo iluso antes que reconocer que es más correcto decir ninguna siendo honesto.

Aislados es más adecuada entonces. ¿Libras así de responsabilidad a tus pobres desgraciados? (me preguntan). En verdad no. Todos somos responsables de la forma en que lidiamos con nuestro vivir diario y sus circunstancias, desde el suicida del Metro más acorralado hasta el adicto a la pornografía que vive su vida a través de una pantalla IPS.

La soledad hiere. Suena romántico y hasta heroico, aunque más bien es asfixiante y agónico. Nuestro solitario aislado se siente solo y se ve solo, sin que necesariamente llegue al extremo de exclusión que sufre el vagamundo trotamundos.

A veces todos estamos solos. Lo único que nos diferencia es como lidiamos con esa soledad: algunos la gestionan mejor, y otros la afrontamos peor. Al final la soledad logra, siendo este es su mejor triunfo y nuestra derrota, que sólo tengamos ojos para ella. Y ella lo celebra con un abrazo de cristales rotos y hedionda colonia narcótica.

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