“Que si sombras, que si luces, que si colores, que si cruces” – Momo

-¿Qué es el arte?

Dices mientras clavas en mi pupila tu pupila acusadora porque he vuelto quedarme medio dormida mirando a las musarañas, mientras tus divagaciones como profesor hacían de ruido blanco de fondo para mis elucubraciones de alumna. Barruntando que la eterna cuestión será una pregunta de examen a la que ni tú sabrías dar una respuesta satisfactoria, porque todas en el aula sabemos que únicamente has contado en clase lo que leíste en el manual de teoría del arte anoche durante el descanso del partido de la Champions. O lo que es lo mismo, la puesta por escrito de una tesis elaborada hace un par de cientos de años para lo que era moda hace un par de cientos de años.

Pero la realidad es que casi un lustro después de aquellas lecciones sigo intentando rescatar alguna definición, académica o no, que me sea útil en el presente y ninguna resulta serlo, ni tampoco parece servir a los de alrededor cuando, presa de la pasión vocacional y de recuerdos de las clases de la facultad, intento que vean a través de mis ojos cualquier atisbo que pertenezca a ese microcosmos.

Y de nuevo me pregunto ¿qué es El Arte?

Existen un gran número de estudios que se encargan de formar en ámbitos artísticos, de determinar qué es arte o qué no lo es tanto. Esto se extiende desde la creación del propio objeto artístico, como las bellas artes, la literatura o las técnicas audiovisuales, hasta su estudio, con la historia del arte, la estética… y, sin embargo, se consideran vías sin futuro, banales e incluso frívolas. Egresados que son vistos como surtidores de datos aleatorios, profesionales a los que acudir únicamente en caso de necesidad de un producto creativo considerado en general poco útil, o convertidas en esas amigas que siempre aciertan el quesito morado del Trivial. En cambio, todo el mundo posee una opinión más o menos marcada acerca de infinidad de representaciones artísticas para las cuales solo los críticos más viscerales parecen tener voz. Pero, ¿qué más hay? ¿De qué nos vale aquello llamado arte hoy en día?

Como comienza a ser costumbre, voy a realizar las preguntas, porque para variar, no tengo las respuestas.

Pongámonos en situación. Nuestra sociedad se encuentra polarizada de forma radical respecto a las actividades creativas, al menos en los eventos más llamativos. Es la era de las macro exposiciones en grandes museos, de las subastas millonarias, de las películas realizadas íntegramente con efectos especiales, de los videojuegos que imitan la realidad de forma tan cercana que nos sumerge en ella, de los desfiles de moda con trajes únicos elaborados solo para la ocasión, de los restaurantes cuyos platos tardan horas en elaborarse y cuyo coste se sale de las páginas del menú, de las carísimas entradas a conciertos de cantantes capaces de congregar a decenas de miles de personas en gigantescos estadios… todo ello gracias al poderoso caballero Don Dinero.

Ponemos el apellido arte a un sinfín de actividades y normalizamos este apelativo por admiración o simple efectismo social. Somos urracas anhelando robar las joyas de la Castafiore.

Al otro lado del ring tenemos la fotografía polaroid, el micro-teatro, las reproducciones artísticas Made in China, la música en streaming, los festivales de películas de bajo presupuesto, los murales urbanos y grafitis, programas de mezclas para componer bandas sonoras sin una orquesta bajo nuestra batuta, el Photoshop y el diseño gráfico…

Todo aquello que queramos ver o saber está al alcance en esa gran plataforma llamada Internet, donde ya existen museos que únicamente pueden visitarse a través de la pantalla de un ordenador. Las técnicas modernas nos han hecho capaces de reproducir cualquier creación del planeta y colocarla en nuestro salvapantallas o en la mesilla de noche. Vivimos saturados de imágenes de hoy, de ayer y prácticamente de pasado mañana. Todo lo que puede imaginarse puede ser proyectado, cualquier color que nuestro ojo pueda percibir existe ya gracias al mundo digital cuando todavía hace cincuenta años podían descubrirse nuevas tonalidades de azul para el espectro que percibe el ojo humano.

Todas estas expresiones y avances conllevan formación, horas de estudio, trabajo y creatividad, pero que no son colocadas al mismo nivel que las anteriores, a pesar de ser ya habituales en nuestra vida cotidiana. Aún no han sido asimiladas como actividades o empleos artísticos por una sociedad que para tantas cosas vive en el pasado y, además, se jacta de ello. Parece que guste vivir en blanco y negro: sólo en los opuestos, nada de escalas intermedias, Viva el claroscuro y al fuego con el sfumato.

Algo es precioso u horrendo.

Original o copia.

Valioso o execrable.

Eterno u olvidable.

Arte o no arte.

Están los museos con sus obras fetiche, el objeto irrepetible digno de nuestra admiración por el nombre del artista que lo firma, y 200 metros más adelante la tienda donde se puede adquirir esa misma pieza maestra de la pintura estampada en una funda para gafas, en la que muchos derrocharán más dinero del que pretenden dedicar a un artista vivo. Al mismo tiempo, jóvenes talentos se dejan la piel creando nuevas formas de expresión para la naturaleza humana, de abrir fronteras más allá de la realidad que nos rodea, aunque ello de como resultado obras que nos fuercen a ver más allá de las apariencias.

Quizá una pieza maestra hecha exprofeso para un rico jeque pueda sobrecogernos desde la portada de un periódico, pero es probable que el artista callejero, que se dedica a embellecer las esquinas de calles grises y hostiles con figuras esperanzadoras, juegue en este momento un rol más significativo en la vida de quienes se ven partícipes de su obra. Y son muchos.

Es posible que sigamos considerando arte aquello que parece llevar más tiempo en realizarse, acarrear más gloria, costar más dinero, poseer más fama o arrastra a un mayor número de personas a admirarlo. Pero hemos dejado de atender a quien rompe el esquema, trabaja por ideales distintos a la corriente impuesta, remueve nuestras conciencias, innova para expandir nuestro pensamiento un paso más allá o nos libera de prejuicios. En este y en cualquier otro momento de nuestro pasado, porque hubo Basquiats en la Francia del XIX, porque hubo Anas Mendietas en la Italia barroca.

El arte hoy no es lo que ha sido en otros momentos de la historia. Cribamos por el mismo criterio, que creemos erróneamente objetivo, edificaciones, objetos varios y piezas realizadas con varios siglos e incluso milenios de distancia entre sí y los comparamos sin ningún pudor, desatendiendo la obviedad de tener que procurar ponernos en la piel de alguien que sintiera y padeciera aquel momento. Carecemos de un alfabeto de formas, perspectiva histórica o memoria visual que nos permita enfrentarnos a lo que nos alimenta el sentido de la vista, que cada día nos nutre más y mal, para bien y para mal. Las funciones que cumplían las artes han cambiado, las sociedades que representaban han desaparecido, los artistas han muerto y otros nuevos han nacido. La historia ha modelado su recuerdo en millones de imágenes que el tiempo ha podido legar hasta nuestros días para contarnos que otras personas estuvieron en nuestro lugar antes, o que su vida fue tan radicalmente distinta que nos permite abrir una nueva ventana a un mundo al que no podemos regresar, pero podemos intentar conocer.

Dejemos de regirnos por lo que fue eso llamado arte en otras etapas cuando queramos hablar de lo que suponen hoy todo ese cúmulo de creaciones: sus funciones, el rol quienes trabajan en ello, el porqué de estas expresiones. Se puede democratizar de forma real todo ello, pero esta realidad pasa por valorar el trabajo de quienes se encuentran en la cima desde hace siglos en la misma medida que se glorifique a quienes apenas han comenzado a escalarla.

Pero,

¿Qué es el arte? Y tú me lo preguntas…

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