Arte como experiencia sensorial I – Zule

El arte es definido por el poder. Definir el arte es un acto de poder. Históricamente, el arte ha venido siendo definido por distintas instituciones, academias y representaciones cognoscitivas de los poderes económicos, políticos, religiosos y culturales. Desde el poder se escribieron cánones de lo hermoso, de lo correcto, de lo bello. Todo ello no necesariamente atendiendo a la realidad emocional de los espectadores, sino normalmente atendiendo a ciertos ideales teóricos que, como sabemos en nuestro mundo desencantado, no dejaban de esconder unos intereses de legitimación política. Dado que en este texto estamos intentando delimitar las fronteras del arte, estamos ejerciendo dictatorialmente el poder de nuestra voz en ese mismo sentido clásico. Sin embargo, mi pretensión es ejercer este poder de forma no coercitiva, es decir, sin reprimir otras posibles visiones del arte distintas a la mía. Porque entiendo que el arte, por lo intrincado de su naturaleza —una intersección entre un cuerpo singular, su percepción de un objeto o fenómeno, las tradiciones que permean su enculturación y su memoria— es cosa de gusto; o lo que es lo mismo: no podemos definir claramente que algo sea o no arte. Aunque, siendo sincero, soy pijotero a la hora de hacer críticas (y en lugar de señalar que algo no es arte digo directamente que es una mierda) la realidad es que entiendo que cada quien, cuando hace arte, dialoga con una u otra tradición, y no necesariamente conmigo y con mi polla.

Por empezar bien, digamos que mi definición tentativa de arte sería la de aquel objeto o fenómeno capaz de generar una experiencia emocional-sensorial en un espectador. Dicho  objeto o fenómeno debe ser un producto elaborado por un animal consciente que trata de expresar o de fijar algún tipo de estado mental en elementos materiales —instantáneos (como pueden ser el cuerpo bailando o la voz en la improvisación rapera) o duraderos (como el mármol de las esculturas, el pigmento sobre el lienzo o la tinta sobre el papel). Así, el arte contaría desde su nacimiento con un elemento mental generador y con un elemento material producido. Pero no adquirirá completamente su estatus hasta el momento en que algún sujeto que se sienta sensorialmente apelado por dicho objeto, después de identificarlo  como potencial generador de emociones y sensaciones. Digo apelado en el sentido de que el sujeto identifique en el fenómeno material una cierta carga mental y de que además entienda que ella no pretende simplemente resolver algún problema práctico (que no es una mera herramienta), sino que pretende apelar a otras mentes mediante una experiencia sensorial: es decir, que el objeto pretende causarle emociones mediante una experiencia sensible. Porque solo entonces el objeto pasará de ser un fenómeno natural a uno artificial, y solo entonces, el objeto no será simplemente bello (como sublimemente bella es la naturaleza, muchas veces inimitable), sino que además de bello y causante de experiencia estética será exhibición del ingenio animal, contenedor de un significado, rastro de una mente.

El arte requiere de espectaduría porque lo que le dota de su dignidad es su naturaleza como exhibición de otras mentes, su capacidad de sustraernos de la soledad, de expresar nuestra interioridad, de identificarnos en la identidad de otros. Es el modo en que el ser humano puede recordar su carácter social, la existencia del otro, en su carácter más emocional y sensible. Y ojo: obviamente el ser humano encuentra otras mentes de muchas formas, pero cuando en un lugar inhóspito un ser humano encuentra arte, no puede sino saber que allí hubo humanos, y que por tanto no está solo, que en la vida hubo y puede haber esperanza, que igual que él tiene sentimientos, otros los tuvieron y los dejaron allí, pegados a la roca, gritándolos perpetuamente sobre el eterno reacontecer del tiempo. El arte es comunicación. No puede escapar de la identificación de un tercero distinto al creador; y ojo, creo que este tercero puede ser simplemente el creador cuando unos segundos después de acabar su obra (cuando ya no está creando) la contempla y decide si lo que ha hecho es arte o mierda; y entonces pal almacén o a la basura.

Por lo que vengo diciendo, el arte sería un médium: es el espacio donde la mente se materializa, donde lo privado se hace público para pasar a ser intersubjetivo, transmisible, compartible, e incluso, perdurable sobre la propia mente-cuerpo que se estaba comunicando. El arte se movería de lo mental a lo sensible, y solo en el campo de la generación de experiencias sensoriales es donde se materializa. Porque el arte conceptual solo tiene sentido una vez ha sido materializado en voz, bits, pigmento o cuerpo: no tiene sentido el arte como ideación inmaterial. Porque aunque el arte, como todo, puede ser objeto de reflexión teórica y conceptual, el arte tiene que superar la mera apreciación informacional de los fenómenos. Lo que nos mueve a decir que algo es arte depende de cómo la percepción afecta a nuestra psique, ya sea de forma directa —por la fuerza emocional de la obra— o indirecta —por su puesta en diálogo con la tradición en que se enmarca. Tradición que en este caso debemos conocer. Y de aquí viene que gente que no conoce o disfruta del arte Renacentista se sienta apelada por el icono pop de la Mona Lisa: puede no generarles ningún tipo de emoción, pero son conscientes de que se enmarca de manera relevante en una tradición que mayormente desconocen. Entonces, casi cualquier artefacto (objeto artificialmente creado) podría ser calificado como arte ante un sujeto que se sienta emocionado por el mismo.

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