Soy una dama, estoy en peligro y no te necesito – Momo

Desde hace décadas las películas de animación han formado parte del imaginario colectivo de muchas generaciones de público infantil y no tan infantil. No se trata únicamente de un método de entretenimiento con el que los padres pueden ganar un par de horas de paz, sino una imagen que se graba perpetuamente en la memoria, convirtiendo personajes e historias ficticias en metas, modelos de conducta e incluso expectativas del mundo que aguarda al crecer. Esto que puede parecer inocente e inocuo, ha sufrido una revisión exhaustiva en los últimos años, en gran parte propiciado por el movimiento feminista, pero también por las incesantes y cada vez más específicas investigaciones sobre cómo afectan a la infancia los distintos estímulos que se reciben durante los primeros años de vida: cómo se conforman ideas, comportamientos y caracteres que permanecerán durante la edad adulta. Estas películas no son en ocasiones más que el último eslabón de una cadena de tradición literaria y cultural de la que son simplemente otro producto más. Sin embargo, su difusión es mucho más amplia, ya que cuentan con medios audiovisuales que en muchas ocasiones se apoyan en una inabarcable mercadotecnia, que puede llegar a ser un tema reservado a coleccionistas. Teniendo en cuenta todo esto, ¿qué podemos extraer realmente de estas películas?

Para no extenderme demasiado voy a realizar una comparación entre dos películas de animación, dirigidas a público preeminentemente infantil, aunque con suficientes guiños y temas que resultan interesantes también para el público adulto, lanzadas el mismo año, 1997, pero de dos estudios distintos y localizados en puntos opuestos del globo. Estas son Hércules, de Disney Studios en Estados Unidos, y La princesa Mononoke, del estudio japonés Ghibli[1]. Voy a realizar un breve comentario de ellas, centrándome en las protagonistas femeninas y los roles que desempeñan.

La primera de ellas, Hércules, se configura como un préstamo de algunos fragmentos de la mitología griega concerniente a un reducido número de personajes. Como la mayoría de los guiones Disney adaptados desde obras literarias, se trata de una historia completamente alejada de la crudeza del texto original, que no sería adecuado para todos los públicos. Aunque este contiene hechos que podrían considerarse enseñanzas (todas ellas después de acontecimientos sobradamente sangrientos), se encuentran bastante alejadas no solo de la línea de Disney, sino en general de lo que podemos ver habitualmente en el cine comercial estadounidense. El uso del cine como herramienta política es recurrente en este país desde los largometrajes mudos, algo que se ha mantenido a lo largo de la historia de su cinematografía y que la mayoría de nosotros conocemos en el cine actual con el apelativo de “americanada”.

Megara sería el rol femenino principal de esta película, aunque se trata de una figura secundaria en la cinta. Mientras que en el relato mitológico este personaje es de origen regio y su mano es dada a Hércules/Heracles a raíz de una batalla perdida, en la película es presentada como una doncella de procedencia misteriosa. Solo se conoce de ella que cumple la condena de servir a Hades por salvar a un hombre que después la habría abandonado. Se presenta con una actitud fuerte que realmente resulta una fachada con la que ocultar su sufrimiento. Tiene también características de femme fatale en la forma de moverse y hablar, algo de lo que Filoctetes advierte al inocente Hércules, que parece caer rendido a sus encantos desde el primer momento, como si de una víctima se tratara. Es también llamativa la manera en la que están dibujados los rasgos del personaje: mientras que Zeus o el propio protagonista parecen tener ciertas reminiscencias en la estatuaria griega clásica, Megara tiene un rostro más cercano a las actrices de las primeras décadas del siglo XX, cuyos roles se relacionaban con el estereotipo de la ya mencionada femme fatale. Esto se traduce en labios muy marcados sobre el rostro, cejas finas y arqueadas, ojos pintados con colores fuertes y oscuros, además de una marcada delgadez. Ejemplos cercanos a ello podrían ser las actrices Marlene Dietrich o Greta Garbo.

Megara sólo resulta relevante en la historia en la medida en que mantiene una relación amorosa con el protagonista, aunque aparece más ligada al antagonista, por lo que se considera una influencia nociva hasta prácticamente el final del metraje. A pesar de que en sus frases Megara se reafirma en su independencia, esto no resulta así, ya que ha de ser salvada para alcanzar una auténtica libertad e incluso ser aceptada. Se presenta como una influencia negativa y mezquina sobre los objetivos heroicos del protagonista y cambia su estrategia cuando decide salvarlo a él en vez de salvarse ella misma, ya que parece aceptar que los objetivos de cada uno no tienen la misma valía. No cuenta con ningún aliado e incluso las narradoras, las famosas musas de la película, la convencen de que debe dar a conocer sus sentimientos a Hércules aunque ella prefiera no hacerlo para protegerse. Resulta en definitiva un contrapunto muy marcado a todo lo que representa el personaje del protagonista: inocencia, pureza, generosidad o idealismo entre otros.

La segunda película es La princesa Mononoke, cuya protagonista da nombre al largometraje, aunque también se la llama con el nombre de San. La historia plantea una situación de desequilibrio entre la explotación de recursos naturales por parte del ser humano y la supervivencia del ecosistema colindante, un tema recurrente en las películas del director Hayao Miyazaki. Quizá no pueda ser considerada apta para el público infantil de menor edad debido a algunas de sus escenas violentas, así como al tratamiento de temas como la prostitución, pero no resulta morbosa en referencia a ello. Se trata, entre otras cuestiones, de una cultura visual muy distinta a la occidental que en muchas ocasiones no alcanzamos a comprender correctamente. Mononoke no resulta en esta película el único personaje femenino relevante, ya que existe la contraposición de Lady Eboshi. Estas dos mujeres representan posturas opuestas respecto a la problemática que plantea la película en relación con la destrucción del bosque, pero ninguna de las dos es presentada en un espectro claro del bien y el mal. Mientras que Lady Eboshi lucha con todos los métodos de los que dispone contra cualquiera que amenace la supervivencia de la población de su aldea, Mononoke protege a los animales y criaturas del bosque de los humanos, quienes para ella representan el mayor peligro, y tampoco duda en atacar a quien se interponga en sus propósitos.

A lo largo de la película Mononoke nos dan a entender que no quiere ser reconocida como una humana, sino que se siente más ligada al mundo del bosque y sus habitantes. Sus padres la habrían abandonado allí y se habría criado entre los lobos. Se puede percibir una estética guerrera en su ropa y maquillaje, así como un carácter fuerte y decidido ligado a un modo de vida autosuficiente a pesar de estar desarrollado en la naturaleza, sin otras herramientas que algunas armas con las que defenderse de posibles atacantes. La relación que tiene con el protagonista masculino, el príncipe Ashitaka, es cambiante según avanza la película. Mientras que al principio lo percibe como enemigo, pasará rápidamente a ser un aliado para ver después una gran compenetración entre ellos. A pesar de esto, al final del metraje, Mononoke mantiene que su camino no pasa por permanecer junto a él, ya que debe ser fiel a su deber con el bosque.

Las diferencias entre el tratamiento que reciben ambos personajes resultan sangrantes, al igual que el mensaje que transmiten a los espectadores, aunque analizados fríamente sus acciones no resulten malvadas. Una obra relega a la mujer a ser un escollo que salvar en el camino vital, una tentación contra la que no puede presentarse defensa, una influencia perjudicial en su efecto sobre los demás y finalmente una figura que necesita de salvación. La otra película muestra un personaje independiente y decidido, que aprende de sus errores y contempla las visiones de los demás al mismo nivel que la suya. Escojan bando.

La elección de estas dos películas quiere poner de manifiesto las diferencias abismales entre los dos estudios, algo que no tiene correlación con las sociedades de origen, ya que Japón es un país de tradiciones y cultura llamativamente machista en contraste con su desarrollo tecnológico. Hay que mencionar también que en 1998 Disney Studios presentaría la película Mulán, con un rol femenino que nada tiene que ver con las princesas y jóvenes (prácticamente niñas) que planteaban hasta la fecha. Si bien es cierto que en las últimas dos décadas el estudio ha evolucionado notablemente en este aspecto, con títulos como Lilo y Stitch (2002), Brave (2012) o Vaiana (2016), no termina de abandonar sus roles clásicos: Tiana y el sapo (2009) o Enredados (2010). Esto es algo en lo que Ghibli lleva años de ventaja, ya que en 1984 se lanza la que se considera primera película de la compañía, Nausicaä del valle del viento, que ya presenta un rol femenino protagonista fuerte, luchador y llamativamente humano, que no aparece relacionado con ningún personaje masculino de manera romántica. Esto no resulta nada habitual en la producción de anime en Japón, que tradicionalmente ha relegado el papel de la mujer a un número ínfimo de variedades, aunque siempre existan excepciones. En un anime tan exitoso como Death Note (2006) se pueden contar con los dedos de una mano los roles relevantes de mujeres, y tan solo uno de ellos se encontraría a la altura intelectual que presentan los protagonistas masculinos.

Teniendo en cuenta todo esto, invito a analizar la visión de la sociedad que se presenta, ya no en las películas infantiles, sino en el cine en general. Existe una prueba muy sencilla denominada Test de Bechdel/Wallace: se trata de una regla que evalúa si una representación artística cumple unos mínimos que eviten la brecha de género. Para ello han de aparecer como mínimo dos personajes femeninos (a ser posible con nombre propio), han de entablar conversación en algún momento de la obra y esta debe versar sobre un tema que no concierna a ningún hombre. Ni siquiera sagas tan reconocidas como Star Wars o El señor de los Anillos superan este test, algo que tampoco ocurre habitualmente en el cine de animación. Debiéramos tener en cuenta que lo que vemos en pantalla trasciende mucho más allá y llega a la forma en la que creamos nuestro imaginario colectivo. Este se encuentra lleno de características y prejuicios que asociamos a lo femenino y lo masculino sin conocer muy bien su procedencia, ni detenernos tampoco a pensar sobre si es acertado, y que desgraciadamente se han filtrado a nuestro modo de relacionarnos y percibir a las personas de nuestro entorno.

Quizá no sean solo cosas de niños.

[1] La información referida al Estudio Ghibli proviene del libro de Anna Junyent Mujeres de Ghibli: La huella femenina de Miyazaki en el cine, 2018.

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