Lo que el 28 de abril se llevó – Momo

Las muñecas de Famosa se dirigen al portal… para hacer llegar al congreso su cansancio y hartazón.

Como todos sabemos y preveíamos, la escena de millones de ciudadanos acudiendo a votar como mártires en procesión volverá a repetirse el próximo 10 de noviembre. De nuevo un desembolso de cerca de 140 millones de euros de las arcas públicas volverá a producirse en aras de que la ciudadanía vuelva a escoger; al parecer en las últimas no quedó patente nuestra voluntad. No me refiero al color mayoritario de la cámara baja, sino a una realidad de poder compartido que se ha ido desarrollando en este país durante los últimos años.

Para esta nueva ronda del juego democrático han cambiado algunos términos, se han unido nuevos y viejos jugadores a la partida, hay más fichas de color en el tablero, pero lo que no varía es que donde dijeron digo dicen Diego. Apenas ha hecho falta un verano de letargo para que la vuelta al cole esté repleta de nuevas sorpresas en los discursos y posicionamientos políticos, incluso se han visto cambios de apariencia, por si a alguien se le ocurría confundir a Hernández y Fernández.

Al principio podía resultar esperanzadora una mayor pluralidad en un congreso que tradicionalmente, y no sólo en la actual democracia, ha sido bicolor con unas mayorías y alternancias tan constante y similares que los votantes carecíamos apenas de poder de acción. Derrotada la primera esperanza en un cambio raíz y perdurable, parecía al menos prometedor que el poder debiera compartirse, debiera cederse, debiera dialogarse, ya que la sociedad así lo había escogido. No olvidemos que lejos de toda apariencia formal, parece que seguimos ostentando la soberanía nacional. Aún con todo, se ha incurrido en la pena de hacernos escoger de nuevo; debemos ser ese niño pequeño al que castigar por no haber hecho bien sus deberes.

Nos vemos de nuevo envueltos en esa densa niebla publicitaria que durante los próximos meses va a dejarnos invidentes ante las demás realidades, muchas de ellas urgentes. Y recalco lo de meses porque sea cual sea el mandato de las urnas, los partidos volverán a hundirse en el fango para interpretar nuestra voluntad hasta dejarla vapuleada y sin sentido, lo que puede hacernos entrar en el 2020 sin un gobierno formado. Esto nos mantiene con unos presupuestos escogidos para una realidad económica y política del 2017, sin la aprobación de leyes, a no ser que sean a golpe de decretazo, y en general, en un estancamiento que ha provocado echar el freno a medidas sociales importantes. No comento ninguna novedad, pero se acumulan los motivos que llenan de hiel el ánimo para las elecciones.

Contando con todo ello, hay un detalle que no se comenta demasiado en los ya saturadísimos medios de comunicación, y es tan obvio como el hecho de volver a organizar una jornada de elecciones a nivel nacional. Olvidémonos por unos momentos de quienes desde arriba no han sabido ponerse de acuerdo, y centrémonos en todas aquellas caras anónimas, que sin tener por qué pertenecer a ningún partido, son los responsables a cargo de todos los campos de la parafernalia que vamos a presenciar a partir de unos días. Me refiero a todos los que desde la administración pública o privada van a cargar con la impresión de papeletas y propaganda electoral, traslado de urnas y material para cada una de las 60.038 mesas electorales habilitadas en España, habilitación de los 23.196 locales a los que acudiremos, servicio integral de entrega, envío, recogida y reparto del voto por correo, despliegue de medios televisivos especiales durante la jornada de votación, servicios de seguridad extra localizados en cada ciudad, los elegidos por sorteo para conformar las mesas electorales, supervisores del proceso… y así una lista interminable que transforme un domingo en la hora punta de la M-30 para muchos.

A pesar de que todas estas actividades reviertan económicamente en los trabajadores, sigue tratándose de un desperdicio descomunal de esfuerzo, tiempo y dinero público, cuyos resultados repartirán nuevas cartas en las manos de un ínfimo número de candidatos y sus asesores, quienes pierden credibilidad a cada nuevo paso que retrasa su entrada en lo que no es otra cosa que su puesto de trabajo. Como con cada nuevo proceso, volverán a reiterarse las voces que clamen por la suspensión de sueldo, o al menos bajada, hasta que este grupo de individuos comience realmente a trabajar, pero de nuevo se olvidarán cubiertos por las noticias que nos intentan convencer de que la lacra que provoca la falta de dinero en la hacienda pública no es de los de arriba, sino de los de más abajo, como si tuviéramos poder para interferir en ello.

Por último, reiterar la necesidad de acudir, mal que pese, a votar. A votar en conciencia de lo que cada uno crea, pero sin olvidar que ellos se encuentran mucho más lejos de cada uno de nosotros que cualquiera que pueda encontrarse cercano a nosotros, por mucho que pueda distar de nuestras ideas. Es por ahora la única defensa de la que disponemos ante toda esta locura infantil y egocéntrica, pero ya que ellos no dan la talla, nosotros debemos permanecer en pie y demostrar que somos más de lo que hagan en nuestro nombre.

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