Viajar mucho y aprender poco – El niño detrás de las barbas

Viajar abre la mente. Viajar expande horizontes. Viajar te conciencia sobre el mundo en el que vives. Viajar enriquece. Todas esas frases son repetidas una y otra vez como un mantra, todos las hemos visto salir de nuestra propia boca en un momento u otro, todos nosotros las hemos creído. Pero ¿el viaje en sí mismo aporta todas estas cualidades? Sin duda genera bienestar, como cualquier tipo de ocio ¿pero siempre nos enriquece?

Hay muchas maneras y muchos destinos a los que viajar, no es lo mismo visitar ciudades europeas que la “exótica” África. Poco tiene que ver el viajero que se patea las calles de París, aprendiendo su historia, visitando sus monumentos, pasando horas en sus museos, que aquel que tras subirse en el bus turístico va directo a los Campos Elíseos para admirar escaparates. Se da la paradoja de que hay quien viaja para hacer exclusivamente aquello que haría en casa: ir de compras, salir de fiesta, etc.

Porque hoy en día viajar está de moda, hasta tal punto que gente que antes iba exclusivamente a la playa porque poco le interesaban los monumentos y la cultura (más que legítimo por otro lado), ahora acude en masa a Venecia, Ámsterdam, y Londres. No es que les haya dado una fiebre repentina por conocer, simplemente es que viajar a otros países es lo que se lleva. Nadie quiere ver las fotos de tus pies en la playa, eso cualquiera puede, eso sí, una foto sujetando la torre de Pisa o acariciando un elefante en Tailandia es otro cantar.

La anécdota que ha inspirado los textos de esta espiral mensual proviene de una mujer que explicó a uno de nuestros compañeros su particular modo de viajar: una ciudad, un día. Le relataba con pasmosa naturalidad su intención de realizar un viaje de tres días por Italia para visitar Florencia, Venecia y Turín. De esta manera el viaje se convierte en un bien en sí mismo, no se le dan ningún valor a las experiencias, anécdotas, enriquecimiento cultural…lo importante es el haber estado. Hecho que queda constatado mediante una instantánea la cual será subida a las redes sociales, probablemente acompañada de alguna frase motivacional sobre la futilidad de la vida y la necesidad de aprovecharla. Para cierto sector de la población el viaje no es más que un producto de consumo masivo, el cual debe ser ingerido de manera rápida para evitar atragantarnos.

Hacemos de nuestras visitas un paso superficial, no aprendemos sobre la cultura local, ni su historia, quizás algo de su gastronomía y poco más. Pasamos por las ciudades haciendo una simple captura de pantalla, llegando al lugar, sacando la foto, y avanzando hacia el siguiente monumento de la guía. El ejemplo más paradigmático es el de los cruceros: que nadie intente venderme que un crucero sirve para conocer el mundo cuando muchas veces no te dan más de 4 horas para visitar la ciudad de Roma. Roma, en la que podrías pasarte una semana sin parar y aún mantendría escondidos cientos de rincones y secretos.

Este tipo de turismo, de carácter casi depredador, se concentra por supuesto en las presas de mayor calibre. Para que conocer los pequeños pueblitos de la Toscana teniendo a mano la catedral de Florencia y la inclinada torre de Pisa. De ahí que ciudades como Ámsterdam o Barcelona vivan sobrecogidas por el turismo : si planeas un viaje de tres días tienes poco tiempo para ver nada que no esté plasmado en las postales. No se conocen los países ni las regiones sino que nos limitamos a ciudades museo, muchas veces poco representativas de todo lo demás que les rodea. Nos perdemos todas aquellas maravillas que quedan a los márgenes de los grandes centros turísticos, algo que en una ocasión u otra hemos hecho todos.

El viajar es hoy en día casi un elemento de prestigio, un gran viajero siempre tendrá la sensación de situarse en un estatus superior sobre aquel que no ha salido de su país. Poco importa que apenas haya prestado atención a los lugares que ha tenido el privilegio de visitar, lo importante es que ha estado, puede hacer check como si del objetivo de algún videojuego se tratase. Cuando la gente viaja de esta manera podrá sin duda disfrutar de algunas actividades, probablemente de la compañía, incluso cosechara varias anécdotas, pero difícilmente podrá afirmar que ha vuelto enriquecida de ese viaje.

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