Dame un buen sueldo y recorreré el mundo – Cristobal Molón

“El primer día estaremos en Miami; al día siguiente iremos a Boston y si da tiempo veremos un poco de México; el tercer día iremos en coche hasta Narnia, el cuarto comeremos en Shangri-La y el quinto visitaremos Gondor. El sexto día daremos un paseo tranquilamente por Alderaan y ya el último día dejaremos listas las maletas y veremos algo de Namek”. Y todo en apenas una semana ¡ojocuidao!

Como cada mes volvemos a reflexionar sobre un tema y en este nos preguntamos acerca de la experiencia del viaje. Si, hablamos de viajar. Aquí estamos todos de vacaciones aunque a veces, por desgracia, duran demasiado poco. Y no hablamos de viajar por viajar sino que nos centramos concretamente en estos maravillosos packs que le permiten a uno recorrerse un país entero de punta a punta, de norte a sur, y en tan solo 1 semana de tiempo. ¿Siendo tan especiales como no íbamos a quererles?

Yo, que soy siempre precavido, empecé a darle vueltas al tema durante días enteros. En todo momento y a todas horas, hasta en el metro, confiando que en algún momento mi neurona del talento se acostase con mi neurona del trabajo. Fue en el metro, al volver a casa, viajando, donde encontré lo que decir.

Pensando y pensando acabé imaginando y después recordando mis viajes personales. Recordaba (y recuerdo) la sensación  que, de adolescente, tenía al volver a casa en metro tras estar toda la tarde con mis amigos disfrutando al máximo. Solamente los fines de semana. Bueno, rectifico, el sábado, únicamente el sábado. Sentía pura vida y, sin embargo, la vuelta la hacía ensimismado y melancólico recordando lo bien que lo había pasado horas antes, aceptando la tragedia emocional que suponía que ya se hubiese acabado. Al menos durante unos días. Una semana más de rutina penitenciaria escolar y podría volver a estar con las personas que me engrandecían y que ensanchaban mis alas. Pero hasta que llegase ese momento yo me recreaba en el trance de mi herida, todo mientras retornaba a casa por la línea 7.

Pero aquí no hablamos de esto. Aquí y ahora hablamos de otra forma de viajar y de experimentar. Esta forma de viajar, gracias a los packs que te permiten recorrer varias ciudades en apenas pocos días, destila características más propias del consumismo mercantilista que de la experiencia del viaje como tal. De entrada, nos vemos obligados a un consumo desmedido, a veces forzándonos guiados por nuestra glotonería hasta la indigestión, insertos dentro de una dinámica que nos invita a devorar destinos de forma insaciable e indistinta casi como si diese igual hacia donde se viaja. Inserte aquí, por ejemplo, un país del sudeste asiático que tenga más habitantes que el propio y que solo algunos logren ubicar en un mapa, véase Tailandía, Camboya o Vietnam. He aquí la fórmula para tu superpack agotador  de turismo por 20 ciudades distintas en tan solo 5 días.

El viaje como hecho catártico, aventura-odisea ya no parece relevante y ahora se premia el tener la mayor cantidad de destinos en nuestro palmarés, obviando el resto de aspectos que incluye la experiencia del viaje. Por otro lado, el hecho de condensar decenas o cientos de kilómetros en apenas unos pocos días es una muestra manifiesta de eficiencia, ojo, prima hermana del rendimiento. Ambas palabras procedentes de un ámbito puramente técnico e industrial que evalúa costes y beneficios, esto es consumo y producción, o dicho en corto, capitalismo productivo de andar por casa. Junto a este acaba de aparecer el nuevo dios del rendimiento y de la productividad.

Si recuperamos la visión romántica, cosa que no debemos hacer y que yo hice por error en los párrafos anteriores, viajar nos invita a bucear en otra cultura, a confrontar algo distinto, enfrentarnos al otro, forzándonos a dudar al menos de nuestras asunciones bajándolas del pedestal chovinista en el que estaban. Pero como sucede al perfeccionar cualquier destreza, para poder percibir y entender los rasgos característicos de un país o una cultura concreta hace falta tiempo de estar expuesto a la misma. Solo así los rasgos más sutiles se vuelven entonces visibles. Ya lo dice el señor Wing en la película Gremlins: “Para oír solamente hay que escuchar”. Pero una escucha atenta, precisa y calmada, no ese caos de atención desinteresada y mil cosas por hacer que sufrimos a diario.

En esta vorágine de ciudades, destinos y experiencias es bastante probable que estás se vuelvan superficiales, parciales o incompletas. Es un poco de cajón, cajón desastre en este caso. “Al menos tengo la experiencia vivida” replican. Sí, es cierto, pero yendo más allá se debe puntualizar a quien viaja así: Si tú me dices que has estado en 5 ciudades distintas yo te replicaré que en realidad solo has estado en 5 calles distintas como mucho. Y a cada frase insistente, te replicaré de nuevo: No has estado en tal ciudad, has estado con suerte en 2 o 3 calles de esa ciudad.

Se acaba mi texto y no me puedo esconder, al menos no después de haber atacado. No sería honesto. Si he de elegir una forma de viajar elijo esos viajes que no se pueden repetir porque cambian y nos cambian, esos viajes que duelen. Lugares que se transforman, no de forma sutil y ñoña, sino volviéndose sitios absolutamente distintos y nosotros otros con ellos. Lugares a los que sabemos que ya no podremos volver. Lugares a los que, si aun así decidimos volver, veremos que son un lugar extraño, nuevo y distinto. Si he de elegir, elijo esos viajes, no los de máquina tragaperras y ya volveré mañana.

A estos lugares solo se puede viajar una vez, ya que hablo de lugares que se van para no volver. Lugares que veremos una vez en la vida, imposibilitando volver a intentarlo. Hablo, a fin de cuentas, de esos lugares que nos dejan cicatriz y herida, y no ese sucedáneo barato consumista para pobres esclavos. “¿Que más me da el destino si es contigo? El viaje lo haces tú y yo contigo, nosotros y la experiencia de estar juntos frente al desafío, algo nuevo y desconocido” diría un loco enamorado. Quizás no esté tan loco.

Creo que al final no se trata de ver mucho y distinto en países de nombres impronunciables, sino simplemente de entregarse sin escudos ni corazas y dejarse desbordar por la vida y la experiencia de vivirla, sea en mi ciudad o a cientos de kilómetros. Son los viajes de los cuales no volvemos, de los que en su lugar vuelve otra persona totalmente distinta a la que se marchó, los que nos cambian y merecen la pena. ¡Relación calidad-precio inmejorable!

Y ante todo, viaja y disfruta, goza al pasar, y ya nos contaras mil y una historias de algún nuevo lugar.

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