Un fracaso mayúsculo – El niño detrás de las barbas

Como suele decir el cómico Ignatius Farray: “la democracia es el sistema que nos asegura que no nos gobiernen mejor de lo que nos merecemos” Pero en este caso esto no es verdad, ya que en las anteriores elecciones se votó en contra de la intolerancia, a favor de los presupuestos sociales y con una clara intención de que los partidos de izquierda llegasen a algún acuerdo. Es verdad que la suma Podemos-PSOE no daba mayoría y eso dificultaba el pacto, que en última instancia no dejaba de depender de los independentistas. También es verdad que aunque Rufián como portavoz se haya moderado y esté adoptando un discurso más facilitador a la vez que realista con la situación de Cataluña, no hay que olvidar que las elecciones las desencadenaron ellos al rechazar los presupuestos.

Sin embargo, la oportunidad estaba ahí y no es que la hayan dejado escapar, es que la han dinamitado. Partimos de un hecho incontestable: en política no siempre se hará lo que uno quiere sino lo que realmente se puede, y ni PSOE ni Podemos estaban en condiciones de imponer por completo su itinerario. A pesar de ello, uno por mirar en las encuestas y el otro por no saber aceptar un acuerdo bastante razonable, a pesar de estar en contra de la opinión de buena parte de los sectores de su partido, han llevado todo esto a un completo fracaso. Detengámonos a analizar  el papel de cada uno.

Para empezar, el PSOE tiene escasa memoria. Los buenos resultados obtenidos tuvieron mucho más que ver con los desaciertos  de las derechas que con su buena gestión de campaña. Se encontró con un Podemos que le entregó (junto con los partidos nacionalistas) el gobierno tras la moción de censura, ello sin pedir a cambio ninguna contrapartida.

Ha sido la percepción de que podían tocar poder y de ser la mejor opción para parar a las derechas la que le ha permitido a Sánchez revivir un PSOE medio muerto, obteniendo un tercio más de votos que en las elecciones anteriores. La propia celebración de la victoria ya dejaba indicios de lo que se nos venía, esa sonrisa incomoda de medio lado cuando sus votantes le gritaban “¡con Rivera no!”. Un amigo mío ya me lo advertía: “espérate que no haga uno de sus nuevos giros” .En esta ocasión el giro a la derecha no pudo ser, la otra veleta de la política española se mostró por primera vez coherente con su discurso y decidió que impondría su cordón sanitario contra el “rojo” de Sánchez y su banda. La cabra tira al monte, y Rivera tira siempre a la derecha, tanto que no tiene problemas en acostarse con la extrema derecha.

Sánchez tampoco se cansaba de pedir a las derechas que se abstuviesen para facilitar la gobernabilidad, y curiosamente, fue traicionado meses atrás dentro del partido por no doblegarse ante esta misma postura cuando era líder de la oposición. Pero no le quedaban más opciones que Podemos, el cual se obstinaba en la idea de un gobierno de coalición aunque  el sueño del gobierno monocolor no fructificaba.

Al final Sánchez acabó cediendo una vez logrado su veto a Iglesias, no pudiera  ser que le hiciese sombra, aceptando además la incorporación de varios ministros. A nadie sorprenderá que no fuesen en los cargos más relevantes, pero algo se había logrado. Tras el rechazo, el PSOE volvió a realizar otros de sus tan habituales cambios: ya no servía la fórmula de la coalición, la cual era válida hace 15 días, esta se convertía ahora en una línea roja contra las políticas rojas. Las encuestas del CIS que tantas alegrías dan al Partido Socialista últimamente, no hacían otra cosa entonces más que reforzar esta idea, intuyendo que Podemos rechazaría no entrar en el gobierno mantuvo entonces su postura inamovible.

Esto es especular, y el problema de especular es que siempre pueden surgir factores inesperados: quizás el voto de hoy no sea el mismo que el de mañana, ya deberíamos saberlo; y debemos tener en cuenta que en esta partida el único posible perdedor es la izquierda. Desde mi punto de vista se está infravalorando el absentismo, que sin duda subirá, o al menos parecía  subir hasta la irrupción de Errejón. Por otra parte, VOX ya no nos da tanto miedo (aunque solo se deba a la normalización de su presencia en la prensa e instituciones) y porque se ha visto incapaz de asaltar los cielos como parecían prometer las encuestas anteriores. Pero sobre todo, está el asunto del hartazgo y la decepción, el votante de izquierdas es mucho más inestable que cualquier otro y aguanta mucho peor las tonterías, y lo que ha realizado el PSOE es el hazmerreír.

Por otro lado, si nos centramos en el otro gran actor de la partida la cosa tampoco mejora mucho. La gestión de las negociaciones por parte de Pablo Iglesias ha dejado mucho que desear, y eso a pesar de que en un primer momento supo presionar lo suficiente como para forzar al PSOE a formar el gobierno de coalición. Iglesias y su entorno, a pesar de las numerosas voces internas que pedían que llegase a un acuerdo con los socialistas optó por rechazar la oferta, siguiendo la táctica que tan bien le había funcionado hasta ese momento: establecer una reivindicación, y cuando esta era aceptada, plantar una mayor. Pero de tanto tensar la cuerda esta se rompió. Iglesias pareció olvidarse de dos cosas. En primer lugar, olvidó que sus 45 representantes no tenían tanto peso, no solo en número sino también porque la suma de ambos partidos no era suficiente para garantizar la investidura. Teniendo eso en cuenta, los logros obtenidos no eran pocos, más cuando la gobernabilidad del país iba a pasar sí o sí por ellos.

Pero sobre todo, y en segundo lugar, Pablo Iglesias obvió que está a la cabeza de un partido con grandes tensiones internas, en el que muchos de los grupos regionales se han declarado errejonistas. Con el poder todo se soluciona, la gente hace por la paz un ave maría, y ello le hubiese dado capacidad a Podemos para recomponerse, quizás limar esas asperezas, o viendo cómo actúa Iglesias, directamente de las formaciones. Eran a priori cuatro años de prorroga en el que el partido morado podría haberse presentado a sí mismo como adalid de muchas de las iniciativas sociales que habría podido llegar a aplicar el gobierno.

Pero eso es ya una oportunidad perdida, buena parte del electorado de Podemos no ha acudido a estas elecciones con ilusión, sino más bien con la resignación de a quien le falta una alternativa mejor, con la convicción, eso sí, de que forzarían al PSOE a aplicar medidas sociales. Todo porque se percibe ya con claridad el carácter centralista y autoritario de su líder, y lejos queda esa fantasía del poder de las bases. Iglesias se ha quedado solo con un entorno tan autoritario como él, que trata de imponer su línea y candidatos en todas las provincias sin ningún pudor.

Y ahora, de aquellos lodos estos barros. El líder muestra una nula capacidad de autocrítica, se deja aconsejar muy poco, y además ignora a los grupos provinciales que ya se están desmarcando completamente de su figura. Y es que resulta que la grieta de Errejón era mayor de lo que se imaginaban. Motivo añadido para haber aceptado el acuerdo, ya que no solo las encuestas le recordaban la pérdida de votos, lo que en el mejor de los casos les  hubiese llevado a un mismo punto de partida aunque con menores fuerzas, sino que parece increíble que no tuviera en cuenta la posibilidad de que Errejón se presentase a las generales, fragmentando más el voto de izquierda, y sobre todo, reduciendo enormemente la base electoral de Podemos.

Y es que aquí entra en juego  el último actor de este retrato político de la izquierda, Iñigo Errejón. Algo que, además  ni Iglesias ni Sánchez tuvieron en cuenta durante las negociaciones. Sánchez confiaba en acumular el voto utilitario, aquel que buscaba  lograr una mínima estabilidad de una vez por todas, sin tener en cuenta que  la irrupción de Errejón podría  llevarle no solo a no ganar, sino también  a perder escaños en el proceso. No todos han entendido la negativa del socialista a formar un gobierno, el cual siendo el partido más votado, tenía la responsabilidad de garantizar la formación de este . Además, Errejón se presenta como una vía intermedia entre el PSOE y Podemos, a la izquierda del primero pero más moderado que el segundo, y sobre todo, con una mentalidad más estadista. Al menos así quiere venderse el ex dirigente de Podemos ante los medios y la opinión pública.

Si alguien saldrá perjudicado con la irrupción de Más País ese es Pablo Iglesias: no solo porque ambos aboguen a un nicho muy similar del votante, sino porque quitando en Comun-Podem la mayoría de las organizaciones provinciales del partido morado se han manifestado favorables a concurrir con Errejón. El modelo centralista y la imposición de candidatos está pasando factura a Iglesias: las malas relaciones con Marea o Adelante Andalucía no son una novedad, a lo que se suma la alianza de Más País con Compromis. En ese sentido, si Errejón sabe jugar sus cartas y proporciona una mayor autonomía a los grupos provinciales puede extender rápidamente su base territorial, mientras que Podemos perdería la suya.

La pregunta que surge es la siguiente ¿La irrupción de Más País incrementará  los votos de la izquierda o por el contrario fragmentará a la izquierda como ya le había sucedido a la derecha? La estrategia de Errejón era presentarse en aquellas comunidades en las que se repartían un alto número de escaños para atraer al votante desencantado, lo que sí podría generar un incremento del voto, o al menos una reducción de la previsible abstención.

El problema surge en lugares como Murcia, donde los principales líderes de Podemos se han pasado en bloque a Más País. En Murcia la formación morada solo posee un escaño: si el voto se divide entre ambas formaciones puede producirse la paradoja según la cual habiéndose incrementado el voto de izquierda ninguna de los dos partidos obtengan escaño. Me sorprendería mucho que Podemos, que ahora mismo se sentirá no solo desorientado sino atacado, opte por abandonar o ceder candidaturas en territorios en los que ya había obtenido alguna representación. Tampoco veo muy viable que dadas las circunstancias, y sobre todo, la falta de estructuras organizativas estables en Más País, que se lleguen a organizar candidaturas conjuntas entre ambos partidos. Por tanto la pelota queda sobre el tejado de Errejón, y este tendrá que decidir si renunciar a presentarse en ciertas provincias incluso teniendo candidatos para ello como es el caso de Murcia, o por el contrario adoptar una postura más responsable y ceder , al menos en estas elecciones, el espacio a Podemos evitando así volver a fragmentar el voto.

Por último, hay que tener en cuenta además que la dispersión de la derecha será menor en esta ocasión: las peleas internas han pasado factura a la formación naranja, los sectores más moderados quizás opten por votar al PSOE, aunque da la sensación de que ese trasvase ya se produjo en las anteriores elecciones, mientras que otra parte del voto probablemente vuelva al PP. Este a su vez se verá beneficiado por todos aquellos decepcionados con Vox, que han visto como su voto solo ha servido para fragmentar la derecha y perder unas elecciones que creían ganadas. Es cierto que el actual conflicto catalán, cuyo malestar por primera vez se refleja en una irrupción violenta en las calles, puede darles un nuevo impulso. Solo después de las elecciones podremos ponderar el verdadero peso de Más País. Por el momento,  su mayor carta es la del pragmatismo político, la idea de que Iñigo si será capaz de llegar a pactos aunque estos resulten menos ambiciosos, y también su capacidad de entenderse con los grupos provinciales, siempre que les ceda una mayor autonomía de la que les estaba otorgando Iglesias. Aunque por ahora, las encuestas no le otorgan un gran resultado por lo que difícilmente va a poder ejercer ese papel.  Solución o lastre para la izquierda, eso lo sabremos solo después de las elecciones.

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