“Erase una vez dentro de un mundo gris…” – M. Guarro

Imaginemos a un señor muy malo, muy malo. Imaginemos a un ladrón. Imaginemos a un matarife que se lía a patadas con los cerdos, y les obliga a vivir entre sus heces. Imaginemos un trilero, que con sus juegos de manos y una sonrisa hace que nos creamos su verborrea. Imaginemos un patán. Imaginemos un vendepatrias. Imaginemos  a hipócritas, necios e inútiles. Imaginemos lo peor: cínicos convencidos que nos escupen a la cara.

Imaginemx una juventude a la que le pesan los huevos. Imaginemos una juventud estafada que ya ha normalizado trabajar a la vez en dos empleos porque las jornadas de 8 horas no suelen ser lo normal. Sin embargo, las de 12 horas sí. Imaginemos una juventud acomodada, vaga, que se preocupa más de ponerle x y e a todas las desinencias que encuentre en lugar de informarse de sus derechos laborales. Imaginemos esa misma juventud que no sale a la calle a sangre y fuego, y que si sale, ojo, es para pasear por el centro, digo manifestarse. Uy perdón, vaya desliz más tonto. Insisto, los del día 14 de abril saben bien eso de pasearse durante una “manifestación” con sus 15 minutos de gloria incluidos. Imaginemos una juventud derrotada, que tiene que enmendar los errores y vicios de sus mayores, con las herramientas que da un mundo que se muere y una sociedad que los asfixia. Imaginemos una juventud convencida de que no vale nada, pesimista, que debe dar gracias siquiera por tener un techo donde verse embargado por las facturas.

Imaginemos ahora un nepotista que se dedica a convertir su trabajo en el salón de su casa, enchufando a media familia. Antonio dice: “Yo superviso el buen funcionamiento de los procesos burocráticos de las instituciones”. José Antonio, su hermano dice: “Yo regulo que los procesos institucionales funcionen bien a nivel burocrático”. Antoñín, el sobrino de Antonio, un cerebro con treinta y pocos matiza: “soy una pieza clave en mi trabajo, yo me encargo de revisar burocráticamente que funcionen bien las instituciones y en concretos sus procesos derivados”.  Andrés Antoniñez, amigo de la familia desde hace muchos años, explica: “No, vera, yo vigilo, y no se crea que es fácil, institucionalmente la burocracia institucional y que esta funcione bien de forma funcional”. Mientras tanto, esta plaga de langostas sigue engordando su bolsillo bulímico con sueldos que no merece y normalizando su inutilidad como virtud.

Pero no estamos tan mal en verdad.

Imaginemos un niño muy tonto, llamado Españolete. El pobre ya va camino de repetir curso por 4ª vez. Cuarta vez, ojo. Él no se desanima y sigue insistiendo que la culpa es tanto de sus amigos, que lo distraen y le provocan problemas, como de sus profesores, ante los cuales solo puede resignarse a padecer lo que le mandan, actuando en consecuencia. Españolete sigue erre que erre defendiendo que este año ha sido culpa de Pablete y Pedrín, unos amigos nuevos del barrio, que le han dicho de quedar muchas veces, y al final han acabado discutiendo todos por los exámenes.

Pablete y Pedrín por su parte son auténticos demonios: rara es la vez que no la lían en clase, se aprovechan de otros niños o se pegan entre ellos mientras juegan al futbol como ellos quieren. Son unos cafres, y lo peor de todo es que sus padres les consienten. ¿Que Pedrín quiere dinero? Pues lo pide y sus padres, los pobres, se lo dan sin rechistar no sea que se enfade y ya no haya remedio. Mejor una solución mala a no tener una solución. Sus padres de buenos son tontos, y por lo que he escuchado, le sacaron del antiguo colegio por mal comportamiento. Se cree ahora el líder de la pandilla. Menudo grupo se ha buscado Españolete: entre Pedrín, Pablete, y otros niños consentidos como Pablín Genovín (un niño rico de la zona centro) y Alberto (en casa sus padres le llaman Albert, pero él prefiere cambiarse el nombre para caer mejor) han formado un grupo de macarras que están malinfluenciado a Españolete.

Alguien debería decirle a los padres de Pedrín, de Pablete o de cualquiera de esos cafres inútiles en su tarea,  esta es, cumplir la parte del pacto que les hicieron a sus padres hace unos meses prometiéndoles no solo que aprobarían el curso sino que lo harían con buena nota para que estos se sintieran orgullosos, que dejasen de creerse las trolas de sus capullitos de alelí y que se pusieran serios con ellos. Porque de momento no han cumplido nada de lo que prometieron: son unos mentirosos consentidos que se aprovechan de la buena fe de sus padres y se dedican a engañarles con dulces mentiras mientras se afanan en gastarse un dinero que no es suyo riéndose de los demás.

Españolete no aprende y debe darse la hostia, para ver que sus nuevos amigos se están aprovechando de él, se ríen de él a sus espaldas y sólo le quieren para que pague la cuenta cuando quedan todos. Españolete no aprende y eso que no es la primera vez que se junta con macarrillas de barrio: aún lamenta la vez que se juntó con el niño ese del bigote incipiente, el rarito de la ceja en forma de pirámide y el otro niño más mayor que ceceaba mucho, balbuceaba mucho y solía decir incongruencias. Se acuerda todavía del día que este dijo no sé qué de unas chuches y el resto se descojonaron.

Pobre Españolete, ojala pudieras espabilar y ver como se están aprovechando de ti estos buitres imbéciles.

Al final todo tiene que ver con imaginar y contar historias. Imaginar que las cosas podrían ser de otra forma y no lo son, imaginar que la causa de nuestra desgracia actual es fruto de la avaricia y la inutilidad de aquellos en quienes creímos, o la necesaria imaginación que se necesita para no ver el fracaso en el que han transformado aquello en lo que una vez creímos. Por otra parte, contar historias no solo depende de aquellas historietas falsas e inventadas a las que les prestamos por desgracia nuestro oído, sino que también depende de nosotros, de nuestra Historia (con mayúsculas para saber de dónde venimos y quienes somos) y de nuestra historia, la nuestra, la de verdad, la que queremos hacer nosotros, la que depende de nosotros y la que espera de nosotros que demos un primer paso para enmendar las cosas. Cada gota cuenta.

“Érase una vez un incansable luchador…”

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