Por la abolición del turismo – Zule

Viaja, viaja, y ensancha el alma. No recuerdo quién dijo aquello, pero me quiere sonar a canción de Extremoduro, aunque bien podría ser un graffiti de okupa o una de esas frases que la abuelita Carmena escribió sobre las cebras de los semáforos de Madrid. Sea de quién sea, la realidad es que poca gente pondrá en duda que viajar ensancha el alma, (la mente, si nos ponemos seculares). Al viajar nos enriquecemos en el descubrimiento de realidades diferentes a las que nos son cotidianas. Nuevas lenguas, nuevas culturas, nuevas comidas, nuevos olores. Las personas, las plantas, las montañas, las ciudades… los paisajes cambian, las dinámicas y los horarios son distintos, y ante todos esos cambios, tenemos que mutar, rompiendo nuestros límites. Porque viajar no solo nos mueve a aprender, por fuerza, cosas nuevas.

El alma no se ensancha solamente por engordar en datos y experiencias. Al viajar, el alma debe hacerse más versátil. Viajar es un esfuerzo de adaptación, uno de los pocos que quedan en este humanizado mundo, global y capitalista, en el que en casi todas partes hay internet, o móvil, o teléfono, o agua; si no electricidad, quizás solo caminos de barro… La calidad y la cantidad no es lo que ahora me importa: la huella humana nos tranquiliza ante lo inhóspito de lo salvaje (lo incontrolado, lo no domesticado). La uniformidad de esas huellas, lograda por el común eje referencial eurocéntrico, no puede sino mermar y casi diluir nuestra necesaria capacidad de adaptación, que ya no debe ni siquiera saber rastrear e interpretar las huellas, porque todas ellas hablan un mismo idioma (generalmente inglés). Al perder nuestra necesidad de adaptarnos ganamos confort, pero perdemos nuestra principal cualidad biológica (y cultural), la que nos ha convertido en lo bueno y malo que somos: nuestra capacidad de adaptación al medio. La cultura y la técnica ya han adaptado el mundo a nuestras necesidades: no necesitamos adaptarnos ya a casi nada. Por eso el linaje animal que domó el fuego ya no sabe ni iniciarlo ni controlarlo, ni tampoco sabe sacar el corazón del sílex para hacer un cuchillo primitivo, uno de esos que muchos paleoantropólogos consideran demasiado burdos para dotar de inteligencia a quienes lo hicieron (especies más antiguas y primitivas que la nuestra), pero que hoy pocos sapiens sabrían reproducir.

El único espacio en blanco para esta adaptación (el único modo de salir de lo domesticado) es el cambio de entorno, el salir del área de confort local hacia tierras desconocidas, no necesariamente inhóspitas, pero sí diferentes. En ellas habrá que dar cuenta de quién se es, de dónde se viene, y demostrar que, pese a toda esa mochila de experiencias pasadas e identidades complejas y entrecruzadas, somos capaces de adaptarnos, sobrevivir, de asimilar los usos y costumbres de nuestros anfitriones y pasar medianamente desapercibidos allí en tierra extraña como ciudadanos cívicos, dignos de la confianza de los locales, pese a no poder nunca dejar de ser otros. People are strange when you are a strange but also, you are more strange when you are a stranger.

La cosa pasa por parecer menos stranger, (extraño, extranjero) y más local, no por renunciar a la identidad propia, sino por poder aprender de tú a tú, en un ambiente natural y cotidiano, de las maravillas y los horrores de la sociedad que te acoge, a ti, viajero perdido en el inmenso océano mundo en el cual solo hay una isla Ítaca a la que llamemos hogar, pero en el que aspiramos a bautizar todas las islas como nuestra potencial Ítaca. Porque solo en ese ver desde dentro el ser de lo otro, el criterio filosófico encuentra autenticidad en la experiencia, en la asimilación de lo otro como otredad-propia; solo allí encuentro un ensanchamiento del yo.

Sí, me encanta viajar, pero lo hago muy  poco. Es caro, requiere tiempo, y, por qué no decirlo, mejor manejo lingüístico del que el paleto que escribe estas líneas dispone. Pero me encanta por ese conocer lo otro, incorporándolo a mí yo, a mi mochila, a mi identidad y a mi cúmulo de experiencias y conocimientos. Me encanta ensanchar  la familia, hacer del mundo mi familia, aceptar al mundo como es en mi propio lecho. Porque ello me engrandece, como un imperio de amor y no de espada. Pero además, me transforma, me exige, me revoluciona. Me pone contra las cuerdas, me cambia sacándome de ese capullo que teje cada noche las alas de una hermosa mariposa, que luzco al crepúsculo, antes de la media luna. Sin embargo, odio el turismo.

Mientras viajar es una experiencia auténtica que busca lo auténtico, el turismo es su simulacro, su sucedáneo (en el sentido de William Morris). Si viajar me exige transformarme, adaptarme, incomodarme, el turismo hace otra cosa. El turismo no exige adaptarse. El turismo solo exige dinero. Si pongo el dinero suficiente, el mundo se adaptará a mí. Estaré en todas partes como en casa, pero no porque yo haya aprendido a sentirme como en casa en cualquier otra parte, sino porque habré obligado a esas otras partes a transformarse para que se conviertan en mi casa, para que se parezcan a ella y me ofrezcan su segura comodidad. Por eso ya no necesito tiempos de adaptación, y puedo devorar ciudades en tres o cuatro días e incluso atreverme a decir que las conozco, porque yo estuve allí. Pero ¿Realmente estuve allí?

A golpe de talón, enrarezco los lugares que visito. Dejo de ellos solo aquello que me interesa, que me agrada, pero no como en un balance de experiencias, sino como cuando tiro todos los jarrones y solo dejo ese negro tan bonito y reconfortante en el que pongo algunas flores de tela rosa y violeta que me relajan. Me deshago a gusto de lo que no quiero, y la adaptación no es mía al medio, sino del medio a mí. Al hacer turismo destruyo el lugar al que estoy yendo, lo convierto en un fetiche, en un cachivache, en un fósil, en un artefacto que evoca otro mundo, pero que sigue funcionando bajo las normas del mío. Lo he asesinado, y con su esqueleto, me he inventado mi propia historia, teniendo el valor de decir que es la suya.

Al mismo tiempo, dejo de adaptarme, de incomodarte, de esforzarme. Mantengo mi identidad tal como era y mi mundo intacto. Me mantengo automatizado, consumiendo, como un ente capitalista que corre engrasado el engranaje del reloj. No he de evolucionar. Puedo ser un mero cachivache. Así, reduzco la tierra anfitriona a mera productora de placeres distintos, sobre todo en lo estético, y me reduzco a mí a mero productor de ingresos, que masturba sus deseos dejando alguna propinilla.

El turismo no solo destruye el viajar, destruye los sitios. Odio el turismo, y defiendo su abolición, aunque de vez en cuando, como niño blanco y europeo que quiere hacerse el interesante visitando otros lares, no dejaré de hacerlo: por miedo, por precio, por tiempo, quién sabe. Quizás lo que deba es de abolirme a mí, pero como me tengo mucho aprecio, simplemente me cago en el turismo. Y por en medio, intento viajar, para ver si así consigo transformarme, y ya no ser un niño blanco europeo, sino simplemente un niño del mundo.

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