Consumo gusto – El niño detrás de las barbas

No hace tanto que saltó a los medios la polémica sobre la donación de Amancio Ortega, concretamente en torno a la legitimidad de la misma y al respeto que este señor merecía puesto que aquello que había donado era muy similar a lo que había logrado esquivar al fisco gracias a la ingeniería fiscal. Debido a ello se llegó a discutir mucho ya no solo sobre el hecho en sí mismo, sino sobre la honorabilidad de la figura de Amancio Ortega. Había claramente dos Españas, aquella a favor de la donación (buena parte de ellos también a favor de su figura) y la que se posicionaba en contra de la misma (por lo general criticaban al personaje en su conjunto). Es cierto también que son varios los informes que han relacionado Inditex con subcontratas de países extra-europeos en las cuales las condiciones laborales de los trabajadores dejan, en el mejor de los casos, mucho que desear. No es la intención de este texto debatir sobre la figura de Amancio, personalmente no es fruto de mi admiración, y la mera sospecha de que Inditex se esté aprovechando de la situación de empobrecimiento de miles de personas me hace ponerlo en cuestión .  Pero lo que yo quería destacar es el siguiente punto: que el porcentaje de ventas de Inditex sigue creciendo, a nivel global y aquí en España. Así que ahora me dirijo específicamente al segundo grupo, a todos aquellos que se abalanzaron en las redes a criticar la figura de Amancio, sus donaciones y el modelo de empresa. ¿Cuántos de ellos habrán acudido después a nutrirse de la colección de primavera-verano?

No es que Inditex sea el malo malísimo de la película, es de hecho una más de las multinacionales que a lo largo y ancho de este mundo globalizado vulneran los derechos humanos fundamentales. Hace ya varios años salió el libro negro de las marcas, que clasificaba a unas 100 empresas multinacionales de corte variado (textil, tecnológico, alimenticio, farmacéutico…) que por un motivo u otro vulneraban los derechos humanos. Es solo un ejemplo, no hace falta más que insertar en nuestros navegadores la palabra “marca” o “multinacional” junto con derechos humanos y disfrutaremos de una larga lista de empresas que todos conocemos y consumimos de manera habitual.

Somos muchos los que proclamamos que nos encantaría cambiar el mundo, pero hacemos entro poco y nada por lógralo. La participación activa es algo que no va mucho con nuestra generación, somos pocos los que nos organizamos en colectivos o participamos en proyectos sociales, sean del tipo que sean (pienso desde en grupos de ayuda humanitaria hasta en colectivos de barrio). Tendemos a ser muy pasivos, a mostrar nuestro malestar en las pantallas sin que eso tenga un reflejo más allá, sin actos el mundo no cambia. Pero incluso a todos los que nos cuesta involucrarnos en este tipo de iniciativas aún tenemos una pequeña vía que de volverse realmente activa ayudaría a hacer un impacto real. Casi se puede decir que hoy en día somos más consumidores que ciudadanos, somos números con necesidades a las que satisfacer, la publicidad nos encuadra según nuestras preferencias de consumo y los algoritmos hacen el resto para presentarnos en nuestras pantallas las últimas gangas de nuestro interés. No obstante,  como consumidores tenemos un gran poder: ¿qué pasaría si de repente todos aquellos en desacuerdo con Amancio Ortega dejasen de comprar en sus establecimientos? La bajada de ventas es el único idioma que comprenden las empresas. Hace poco surgió una iniciativa que iba en este sentido, aquella que proponía pasar una semana sin consumir productos con plástico, cuando movimientos de este tipo logren una verdadera aceptación podremos realmente comenzar a cambiar las dinámicas de estas grandes empresas. Informémonos sobre ellas y decidamos a quién consumimos, no solo en base a una mentalidad utilitaria e individualista (el mejor producto al mejor precio) sino también teniendo en cuenta el impacto que esa empresa o producto determinado puede llegar a producir.

Algo así no está exento de dificultades, es un activismo de diario, de cada vez que bajamos a hacer la compra. Requiere de tiempo, tanto para informarnos sobre el origen y circunstancias de los productos que adquirimos como para desplazarnos a aquellos establecimientos en los que podamos realizar una compra más concienciada. También requiere de dinero, estas opciones más éticas rara vez son las más baratas, puesto que no pueden competir con aquellos productos que se han manufacturado mediante prácticas menos honestas o utilizando materia de peor calidad. Existen iniciativas interesantes como la de los semáforos, que pueden evaluar los productos en escalas según criterios varios (nutricionales, respeto de derechos laborales, niveles de contaminación…), que facilitan esta toma de decisiones. Mientras tanto, poco a poco debemos hacer esfuerzos por ir descartando aquellas marcas de las que tengamos constancia hacen prácticas que desaprobamos, o del uso de productos que sepamos son dañinos para la salud o el medio ambiente de una u otra manera. Cambiemos poco a poco nuestros ámbitos de consumo y las empresas se verán obligadas a cambiar con nosotros. Sin embargo, si hacemos como Gabriel Rufían que criticaba a Amancio y después iba a las entrevistas con traje del Zara, lograremos muy poco y nos quedaremos en una mera indignación vacía y sin consecuencias para dicha multinacional. Porque mientras no se reduzca el consumo de sus productos ¿para qué van a cambiar?

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