Repartidas sus cartas, comienza la partida – Momo

Los nacidos en algún momento de las últimas tres décadas podemos considerarnos afortunados por muchos motivos, si bien no tanto por otros que hoy no voy a contemplar. De aquellos positivos, la educación resulta una de las mayores batallas vencidas a la historia: una democratización que ha hecho del acceso universal al sistema público de enseñanza obligatoria, así como de la universidad (también pública), sus grandes hitos. La selectividad es una prueba que supera más del noventa por ciento de los alumnos que se presentan, por lo que, aunque no se acceda a la carrera deseada, existe la posibilidad de cursar un grado universitario sin mayores inconvenientes. Lo mismo sucede con la formación profesional, grados técnicos y un gran número de materias complementarias: deportes, dibujo, teatro, idiomas, campamentos, extraescolares… Una lista cada vez más diversificada y adaptada a todos los gustos y necesidades, además, de fácil acceso desde prácticamente cualquier nivel. Somos generaciones sobradamente preparadas para aquello que escojamos, con un mundo cada vez más conectado y accesible, con fronteras cada vez más fáciles de superar. Conseguir una meta es cuestión de poner los medios adecuados, y hoy en día eso es cada vez más y más sencillo.

A pesar de haber aplicado esto a las tres últimas décadas, es quizá la Generación Z, aquella que engloba a los nacidos entre mediados de la década de los 90 y mediados de la de los 2000, los que hoy en día sean objeto de una mirada más activa y preocupada. Es una generación cuya infancia y adolescencia han estado marcadas por diferentes hitos: la crisis del 2008, la revolución tecnológica que han supuesto los teléfonos inteligentes, las redes sociales que generan una vida prácticamente paralela, la amenaza del cambio climático… y son probablemente los más adelantados en saber conseguir información en tiempo récord para cualquier aspecto de su vida. Resulta sorprendente el manejo temprano que presentan para las tecnologías de la información, algo que es inherente a sus vidas y sin las cuales no sabrían buscar vías alternativas ante una ingente cantidad de problemas cotidianos, algo que también a los millenials nos sucede con frecuencia.

Más allá del tópico manido que hemos escuchado todos acerca de cómo hemos perdido la medida del valor de las cosas, o el trabajo y sacrificio que conlleva alcanzar muchas metas, hay un aspecto que particularmente me preocupa más de esta generación Z y también de la mía…y es la gran desigualdad que se puede percibir a simple vista. Todas estas facilidades que he mencionado anteriormente parten de un factor obvio y fundamental: el dinero. A pesar de que existen becas, ayudas, patrocinios y facilidades ante según qué condiciones familiares, el simple pago de complementos educativos, ahorra tiempo y en muchos casos esfuerzo a los estudiantes. Unas de las aptitudes obligatorias más demandadas a día de hoy como son los idiomas, suelen estar respaldado fuera de las escuelas por academias o convivencias estivales que dan un tremendo empujón de cara a los exámenes certificativos. Este ejemplo puede extrapolarse con mayores o menores diferencias a muchos ámbitos, por lo que invito a sacar cuentas a partir de ello.

Todo ese tiempo que se ahorra en un momento determinado puede aprovecharse en otro, adelantar puestos… así hasta conseguir que a una edad relativamente temprana un currículum pueda ser brillante. No dejo de lado ni menosprecio la valía y el trabajo constante de muchos estudiantes, pero es cierto que son menos los que destacan en estudios y ámbito laboral viniendo de entornos desfavorecidos. Esta cuestión, que no es en absoluto novedosa, se agudiza en un momento en el que el mercado laboral está saturado y especializado hasta límites insospechados, lo que propicia que los departamentos de recursos humanos primen una excelencia cada vez más alta. Se requiere experiencia, formación, iniciativa, juventud… en definitiva, tiempo que no ha tenido que dedicarse a trabajos que costeen ciertas llaves o simplemente un apoyo familiar que favorezca el estudio sin más pretensiones que la superación académica. Unos pocos cumplen estos requerimientos y son en muchas ocasiones este grupo de adolescentes, que además de tener un gran número de oportunidades y puertas abiertas, supieron aprovecharlas. Todo ello no implica una menor calidad humana, ni que sean peores profesionales que sus coetáneos menos afortunados… pero, ¿son ellos conscientes de esta suerte? ¿Sabrán valorar el esfuerzo de las personas que les rodean? ¿Lo sabemos hacer nosotros? ¿Somos conscientes de que no todos los logros resultan completamente nuestros? Lo más probable es que estos afortunados posean puestos más elevados en una empresa, mejores salarios, empleos más cómodos, gente bajo su responsabilidad… Estos últimos merecen al fin y al cabo el mismo respeto que sus superiores, pero, sin embargo, cargan en ocasiones con el estigma de estar bajo la mano de alguien que decidirá en un aspecto tan primordial de su vida como es la forma de ganarse un salario.

A pesar de haber enunciado ya alguna cuestión, querría que este artículo pivotara más sobre estas preguntas, que sobre respuestas que realmente no poseo: ¿somos y serán las nuevas generaciones futuras conscientes de papel a desarrollar en la sociedad? ¿Sabemos colocar la valía de nuestro trabajo en relación con lo que conseguimos aportar? En definitiva, ¿hemos perdido de vista lo esencial de la vida en detrimento de las cada vez más desarrolladas falsas idolatrías y promesas de felicidad que suenan huecas una vez se encuentran en nuestras manos? ¿Qué valoraríamos más hoy en día realmente si nos quitáramos la venda que a veces nos impide mirarnos sin máscaras en el espejo?

Tengo serias dudas sobre si hemos empezado a olvidar que no somos aquello que puedan representar nuestros méritos académicos, ni nuestra formación, ni tampoco nuestro trabajo. No es tanto una cuestión de lo que se nos ha podido enseñar en casa como algo que la sociedad va marcando de forma clara. Los sistemas de evaluación numéricos muestran resultados sesgados sobre nuestras capacidades y dejan fuera de becas, ayudas y oportunidades a incontables personas cuya dedicación y esfuerzo no puede medirse con un número del uno al diez. Toda esa gente cribada a propósito por el sistema, ¿no son capaces de ejercer labores extraordinarias en el día a día? ¿Son menos útiles o inferiores? Si vivimos en un mundo que vemos a través de tantas pantallas, de jerarquizaciones y rangos, de tan alto grado de despersonalización, que nos evalúa en baremos cuantitativos ¿cómo percibimos la realidad? A pesar de todas las dudas planteadas quizá baste por el momento en tener presente que cada uno nace en un punto de partida diferente en el mismo tablero, para bien o para mal.

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