Un Champollion para mi museo – Momo

Mira, fíjate bien, aquel pequeño símbolo en la señal de direcciones. 

Justo debajo del rótulo que reza Catedral y sobre los que está escrito Centro Ciudad y Parking

Esa miniatura sencilla de un templo griego. 

Exacto, tan simple, al fin lo has localizado. Ahí tienes tu museo.

Para muchos esta es toda la referencia que tienen de un centro cultural en su ciudad. Ha pasado a formar parte del paisaje, algo prácticamente obligatorio en una urbe, sin importar su número de habitantes; un simple punto a partir del cual ubicarse o un lugar de encuentro. Un edificio normalmente algo más llamativo de lo habitual donde se publicitan las supuestas maravillas que pueden verse en su interior. Algunas exposiciones se promocionan además en las marquesinas de los autobuses, incluso en alguna cuña radiofónica, pero, ¿todo esto nos ha invitado alguna vez a entrar? 

Podríamos elaborar toda una retahíla de excusas, frases hechas y tópicos sobre cuáles son los motivos por los cuales no reservamos apenas un par de horas, al mes por ejemplo, para visitar un museo, una galería o un centro cultural, y aún con todo ello lo más probable es que nunca hayamos tenido una experiencia de visita que merezca la pena lo suficiente como para volver una segunda vez. Bien sea en el colegio o en el instituto la gran mayoría hemos participado, o padecido, la visita obligada. Más adelante puede llegar a haber alguna exposición cuyo reclamo sea especialmente atractivo y nos arrastre hasta allí, sintiéndonos a la salida decepcionados, o lo que resulta más habitual, estúpidos, incapaces de captar lo que la dirección del museo, el artista o el comisario estaban intentando comunicarnos. 

Esto es especialmente recurrente en los museos dedicados al arte contemporáneo. Si lo miramos de forma lógica, los artistas contemporáneos viven aún en nuestra sociedad o se encuentran muy cercanos a nosotros en el tiempo; su obra está desarrollada a la par de los eventos que vivimos en primera persona o que forman parte de nuestra historia personal. Los temas pueden ser tan variados como particularidades humanas existen: una muestra puede hablarnos de la expresividad de la materia con la que una obra está hecha, mientras que otra puede mostrar la autoexploración de un artista y su evolución vital. Las tesis son infinitas. Viviendo en la era de las redes sociales, donde cada uno de nosotros puede crear un universo particular de documentos gráficos y textos, ¿por qué nos resulta tan lejano y árido visionar esa misma dinámica presentada con una intencionalidad distinta y un oficio detrás de todo ese trabajo?

El tiempo que pueda perderse ha dejado de ser una excusa válida: la mayoría perdemos más horas al día observando vidas ajenas, imágenes, noticias o temas de nuestro interés en internet, los cuales no llegan a fijarse en nuestra memoria por la superficialidad de la atención que prestamos. El dinero suele ser otro de los tópicos estrella que ronda por nuestras cabezas, ¿el precio de una entrada de cine por algo que nos va a requerir un esfuerzo que caerá en saco roto? Ni pensarlo, no nos molestamos en consultar si existen tarifas reducidas siquiera, vamos a vernos más recompensados si lo invertimos en cerveza de todos modos. Por último, el concepto más subjetivo, pero al mismo tiempo la explicación más aclamada: el trabajo artístico de esta persona no merece ser expuesta, no merece nuestro tiempo, no merece nuestro dinero, no merece nuestro esfuerzo. 

Olvidamos la ingente cantidad de horas que requiere un trabajo artístico, creativo o el tiempo de formación previo para poder llegar a realizar las obras que se exponen. Que la técnica no sea óleo o el resultado final no sea Las Meninas no resta valor. Vivimos en un siglo distinto al de Velázquez, con técnicas distintas y mensajes cambiantes, el arte no hace sino adaptarse a ello, retratar las múltiples realidades. La fotografía es uno de los ejemplos más claros, así como el arte digital: olvidamos de nuevo la preparación y decenas de factores a tener en cuenta antes de pensar siquiera en accionar el obturador o de sentarnos frente al ordenador para crear una composición.

¿Qué falla entonces en todo ello? El factor humano. De nuevo, olvidamos. 

Olvidamos que cada trabajo, cada oficio tiene sus condicionantes, su metodología, su función en nuestra sociedad, también el trabajo de artista. Olvidamos también todo aquello que no se coloca delante de nuestras narices de forma explícita, como el gran número de personas que son necesarias para llevar a cabo un proyecto cultural. He puesto de ejemplo una exposición, pero puede aplicarse a prácticamente cualquier manifestación que se nos pueda ocurrir. Y esto no solo engloba artistas, sino que ha de apoyarse en publicidad, carpintería, contabilidad, transporte, logística… de nuevo una lista sin fin, pero en la que hay que destacar una figura, de nuevo, olvidada: la del mediador cultural. 

Entre el mensaje formal de un artista que no está presente y nuestra comprensión se haya este grupo de educadores, ampliamente formados en disciplinas humanísticas, lo que les permite relacionar las formas o la lógica de la exposición con un contenido concreto que los demás podamos entender sin necesidad de ser duchos en historia del arte, estética o filosofía. Asistir a una visita guiada suele requerirnos una hora normalmente y un precio que en ocasiones se incluye en la propia entrada. Este grupo de profesionales solo nos pide un mínimo de atención e interés, no exige siquiera que estemos de acuerdo con lo que vayan a contarnos o que nos guste lo que veremos una vez crucemos las puertas del museo. 

Los mediadores han masticado y asimilado un enorme número de datos y conceptos para conseguir concentrar en 60 minutos un discurso que sea atractivo, comprensible y enriquecedor. Es este grupo de personas el que humaniza al museo, interactúa con los visitantes de forma más directa y consigue que salgamos sintiéndonos agradecidos de haber dedicado algo de nuestro tiempo, esfuerzo y dinero en ver una muestra. No siempre esta figura ha tenido la importancia que se le debería atribuir, pero la próxima vez que queramos visitar un museo quizá debamos recurrir a ellos en primer lugar. 

Que un cuadro como Las Meninas sea tan apreciado no implica que conozcamos el mensaje que encierra, del mismo modo que una obra de Oteiza o Chillida no trata sobre un tema lejano o banal porque no logremos hacer inteligibles sus formas. El arte es un lenguaje, y como cualquiera de ellos, su comprensión no es innata; no hay nada de malo en buscar ayuda en un traductor, un intérprete. Basta con dedicar una hora este próximo mes para conocer lo que esconde ese pequeño símbolo de la señal.

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