Sobre la democracia directa – Zule

Vídeo de referencia de Cesar Hidalgo 

Según nos dice Aristóteles en su Política, el tamaño de la polis (ciudad: comunidad lingüística y legal donde se habita) debe ser igual a la distancia que pueda alcanzar la voz humana. La idea de esta tesis no es gritar de punta a punta de una ciudad y marcar sus límites en el punto en el que dejemos de escuchar la voz del pregonero. La idea es que una ciudad (una comunidad política, cultural y económica) no puede tener un tamaño lo bastante grande como para hacer que cualquiera de sus habitantes quede mudo ante los problemas que le afectan, es decir, ante los problemas de la ciudad. La cuestión es visible en dos sentidos: su voz debe poder ser escuchada por el resto de ciudadanos, haciendo que sus problemas sean atendidos públicamente, y los problemas públicos siempre han de serle lo bastante cercanos como para que pueda interesarse por ellos.

Obviando por un momento todos los sesgos machistas y aristocráticos de lo que hacía a una persona digna del estatus de ciudadano en la Atenas antigua (es decir, digna de tener el derecho de hablar) fácilmente podremos compartir que la democracia directa  (aquella en la que todas las personas afectadas por las decisiones de los aparatos institucionales tienen derecho a opinar y decidir sobre ellos, con su propia voz) requiere de que todas las personas afectadas por las leyes puedan hablar sobre ellas, participando en su elaboración. También estaremos de acuerdo en que dado el tamaño de las ciudades, los Estados y los Supra-Estados contemporáneos, es imposible, en cualquiera de estas unidades políticas, escuchar la voz humana (ni siquiera la del vecino). No solo es que el tamaño de estas unidades geo-económicas de convivencia sea demasiado grande: la superpoblación hace que además haya demasiadas personas, demasiadas voces que no consiguen ponerse de acuerdo, dados sus distintos intereses y sus diversos hábitos. El contenido de lo que  la gente dice es distorsionado, ya sea mediante la omisión (en sistemas más totalitarios) o mediante la representación delegada (en sistemas más democráticos). A todo ello (fallos estructurales) sumamos la corrupción (posibilitada por la desigualdad, que da a unxs más poder de acción que a otrxs). Ella distorsiona esa voz colectiva (la síntesis de las voces de una comunidad política) dando más peso a la voz de personas concretas que mediante el tráfico de influencias imponen su palabra sobre la del resto. A estos problemas hemos de añadir aún uno más ligado con el sistema tecno-industrial: los ritmos de vida dificultan a la mayoría de la población disponer del tiempo suficiente para participar en la vida política-social-cultural de sus comunidades.

La conciencia de esta situación, en la que el voto vale poco o nada y representa aún menos mis verdaderos postulados políticos (nunca idénticos a la marca electoral de mis representantes, marca en la que además no puedo intervenir por falta de tiempo y de medios) es una de las principales causas de la baja participación electoral y una de las claves para explicar el abstencionismo activo, es decir, aquel que no vota por propia decisión política (normalmente por no querer participar en el teatro político de la democracia) y no por falta de interés en lo público y lo comunitario. Este voto tiende a estar ligado con el libertarismo (anarquismo clásico, colectivos autónomos…) y, de hecho,  suele ser bastante activo políticamente en redes de intervención directa, consumo crítico y lucha civil.

Ante esta situación, Carlos Hidalgo nos propone en una charla TED [insertar link] la automatización digital de la política. El objetivo es romper con la representatividad mediante la creación de avatares políticos personales que contengan en sí mismos la información de nuestras posturas concretas respecto a los diversos temas políticos, de manera que sean un fiel reflejo de nuestras ideas. Los avatares no se suscribirían a partidos, ideologías o personas, sino que en sí mismos albergarían nuestro propio programa electoral, formulado a través del conjunto de opiniones que tenemos ante temas políticos concretos que resultan de nuestro interés, demandas que irían desde el hacer obras en un determinado espacio público a defender determinados derechos económicos o identitarios. Estos avatares serían posteriormente puestos a interactuar entre sí (digitalmente), produciéndose a raíz de estas interacciones las leyes, que serían fruto del diálogo directo de todos los discursos de todas las personas partícipes de una comunidad política. No habría injerencias políticas, corrupción, omisión ni distorsión de voces. La imagen mental (en un país de 47.638.211 votantes) sería la de 47.638.211 personas hablando en un gigantesco aunque racionalmente ordenado parlamento etéreo (digital): sin verborrea, sin retórica de la mala, sin salseo, sin idioteces políticas que encubran las crudas realidades. Sería un parlamento de políticos que solo se dedicasen a la política (ni siquiera a comer) y que solamente sacarían leyes. Se me ocurre que, sin distracciones, quizás en un año o dos se establecerían una serie de minuciosos marcos legales de consenso real, y que luego solo haría falta reunir al parlamento un par de veces al año, para actualizar las leyes o actuar ante emergencias (y ello porque no concibo un mundo en el que la ley cambie a diario, dado lo difícil que sería saber a qué atenerse, pero bajo este sistema, quizás esto fuese posible, absorbiendo con ello la jurisprudencia ese carácter eminentemente viral y constantemente mutable que afecta hoy en día a nuestras sociedades digitales).

La cosa suena bonica, y más en este mundo donde lo digital nos pone tan cachondxs. Suena tan bonita que Carlos Hidalgo dice que no escuchemos a esa voz nuestra que ante cada solución saca un problema. Lo siento amigo Hidalgo: aunque el concepto te lo compro, y por ahí hay algo que es probable que acabe siendo inevitable a largo plazo, no puedo evitar ser una de esas (necesarias) voces críticas que te manden un poco a la mierda. O no tanto. Asumo que esta probablemente sea una de las mejores soluciones para un mundo como el nuestro: complejo, digital, superpoblado. Pero en el mundo desigual, del que partimos, no deja de preocuparme la posibilidad de manipular ese código por parte de personas con ciertos intereses y con notable poder. Ya sean técnicos informáticos  que sepan interferir en el software de la democracia o ricos y poderosos que paguen por la agencia de los tecnócratas, a no ser que eduquemos a toda la población en picar código, podemos acabar dejando en manos de ciertas élites económicas, aristocráticas o intelectuales el poder legislativo de toda nuestra sociedad. Por otra parte, la posibilidad de que en cierto futuro posible la Inteligencia Artificial que gestione el sistema político mute para tomar sus riendas en base a lo que considere mejor, reiteraría el modelo totalitario y absolutista que ahora se revestiría de un cierto tufo a genio maligno.En cualquiera de los dos casos, la automatización de la política podría acabar empeorando el problema que desea resolver (la representatividad directa).

Desde luego que la automatización de la política es una propuesta creativa, pero no podemos desatender la enorme cantidad de posibles problemas que puedan darse en su aplicación. Sí bien parece la mejor forma de establecer una democracia directa, este sistema no repartirá realmente el poder, la capacidad de analisis, la responsabilidad y la felicidad hasta que no equipare a las personas, tanto a nivel material como a nivel de reconocimiento identitario. Sin una educación que posibilite esta equiparación y que nos  iguale en nuestro conocimiento, tanto tecnocrático como ético, de cara a tener la misma capacidad de juicio y de acción a nivel político  (en esta política tecnocrática) la ausencia de representatividad directa sería un mero espejismo. Cambiar el sistema a nivel tecnológico sin cambiar a las personas que lo sostienen y dinamizan no vale de nada: sin cambiar el modo de funcionar de las mentes,  biológicas o digitales, los problemas políticos serán irresolubles.

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