Bob Dylan y la controversia del premio nobel – Eric Fernández p3

Muchas y variadas fueron las reacciones al Premio Nobel otorgado a Dylan en 2016, desde el insulto al aplauso, pasando por la desacreditación del premio en sí. En general el galardón abrió el grifo de un sinfín de comentarios en forma de artículo, entrevista o chascarrillo que o bien ensalzaban la figura de Dylan en el panorama cultural del siglo XX, o bien denostaban la decisión de la Academia Sueca. Por un lado, tenemos a individuos como Fernando Sánchez Dragó que escupió su opinión diciendo que “los carcamales borrachuzos de la Academia de Estocolmo” habían insultado a la literatura otorgándole el premio a un tipo que “ha escrito cuatro letrillas insulsas dignas de almanaque para niña gótica y canta y toca la guitarra, ¿eh?, como si las cuerdas de esa guitarra fueran tripas de gato”[1] o Mario Vargas Llosa que fue aplaudido por decir, en un tono mucho más calmado, eso sí, que se temía “que por este camino el próximo año el Premio Nobel de Literatura se lo den a un futbolista”. Esto ni siquiera constituyen argumentos contra la decisión de la Academia sino chascarrillos bastante anodinos e impropios de escritores con un acervo cultural como el que a estos se les supone.

Por otra parte, encontramos las opiniones razonadas en contra de que a Bob Dylan le otorgasen el Nobel como la de Mantilla (¿Nobel a Bob Dylan, sí o no? Benjamín Prado vs. Ruiz Mantilla #Eñe16) o la que expresó Orr en su artícuo para The New York Times (After Dylan’s Nobel, What makes a poet a poet?, 2017). Estos autores defienden que lo de Dylan no puede considerarse literatura, sino que ha de ser englobado en el ámbito de la música. El problema es, dice Orr, que el uso metafórico de la palabra “poesía” más la falta de lecturas de auténticos poetas, más la concepción popular de lo que es un poeta, lleva a la confusión de que Dylan es un poeta, cuando en realidad no lo es.

Aun si aceptamos este argumento y concluimos que Dylan no es un poeta, al menos en el sentido más académico del término, esto no excluye la posibilidad de otorgarle el Nobel de Literatura ya que como muy acertadamente indica Teicher (Why Bob Dylan’s songs are literature, 2016) lo que está en juego es si las canciones de Dylan pueden entrar dentro de alguna disciplina literaria. Si unos discursos como los de Churchill o unas obras de teatro como las de Benavente, concebidos para una puesta en escena, esto es, para una exposición como literatura oral, pueden acceder al Premio Nobel, ¿por qué no podrían hacerlo las canciones de Dylan cuyas letras resisten perfectamente una lectura y, de hecho, son estudiadas desde el punto de vista literario en muchas universidades? Es cierto, quizá, que Dylan no es un poeta, pero ello no implica que sus canciones no deban considerarse literatura en cuanto que pertenecen a un género milenario que está en la Tierra desde mucho antes de que la novela naciese.

En mi opinión, las consideraciones en contra que he leído para escribir este artículo sirven a un único propósito que me parece ilegítimo: intentar blindar lo que se define como literatura en base a un canon, y según un concepto de la misma bastante anquilosado. Sin embargo, ni siquiera desde este punto de vista su postura es defendible en la medida en que dentro de ese canon están incluidos grandes exponentes del género canción, como Homero o Guillermo de Poitiers. De este modo, y si admitimos que la literatura no progresa en su paso por la historia ni, por tanto, jerarquizamos las distintas expresiones literarias según un principio ilustrado y racionalista, deberíamos admitir que un cantautor pueda optar, sólo en base a sus letras[2], al Premio Nobel de Literatura. Aun más, Dylan no sólo tenía toda la legitimidad como candidato al Nobel sino que incluso lo merecía por cuanto recuperó y elevó a cotas altísimas un género literario que había sido condenado al ostracismo desde el siglo XVIII y frente al cual, como hemos visto, muchos siguen mostrando desprecio tomándolo como baja cultura. La brillantez con que Dylan ha conseguido reunir influencias literarias de lo más variadas, construir narraciones complejas en canciones de ocho minutos[3], responder a una tradición muy asentada de un modo original y saliendo al paso de los tiempos que le tocó vivir, o generar un inconmensurable influjo en todas las generaciones posteriores (muchas veces se ha explicado cómo las canciones de The Beatles, tras conocer a Dylan, dieron el salto de madurez, musical y literaria, que necesitaron para ser quienes acabaron siendo), acreditan una carrera admirable y difícilmente comparable con la de cualquier otro músico.

Espero haber conseguido, a lo largo de todas estas líneas, argumentar, al margen de mi admiración por el bardo de Minnesota, por qué la canción popular es un género tan digno como cualquier otro, cosa que resulta innegable tras la revalorización que sufrió a partir de que Bob Dylan saliese a la escena de este theatrum mundi.

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[1] Aquí lo que quería decir era que cantaba como su gato que estaba acatarrado, pero no pasa nada, lo dijo después y se quedó a gusto. Es conocida la afición de Dragó por estos felinos.

[2] Puntualizo esto porque creo que ha habido una gran confusión entre los simpatizantes de Dylan intentando justificar el galardón en base a su libro Tarántula, bastante mediocre según muchos. Si algún mérito ha hecho Dylan para ganar el Nobel no es precisamente escribir un libro.

[3] Un ejemplo paradigmático es el tema de Hurricane, cuya construcción narrativa es enormemente interesante y analizada por Steen (Metaphor in Bob Dylan’s “Hurricane”:Genre, language, and style., 2002).

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