Sín cuidado muere el mundo – Zule

Cuando Greta Thunberg habla, el corazón del mundo se encoje. Es despiadado el dolor de esta generación a la que en parte, por el tramo viejo, pertenezco. El cambio climático es nuestra conciencia de la muerte. Como al ser humano saber su finitud le condiciona su modo de ser humano, nuestra humanidad contemporánea recae en buena medida en ser conscientes de que el mundo está enfermo, de que tiene fiebre, y de que nosotros, más virus que anticuerpos, tenemos que transformar nuestro actual funcionamiento para curarlo. Porque el mundo es condición de posibilidad de todo: de lo bueno y malo presente, pero también de lo que queremos para el futuro; sin él nada es posible.

Claro que por esto no se acabará el mundo: incluso sí se extingue nuestra especie, quedarán otras. Pero eso no nos consuela a quienes tememos el colapso climático: la reducción radical de la vida y su calidad en este nuestro planeta. La acción humana, sobre todo la de la época capitalista, está generando la sexta gran extinción, una no iniciada por agentes geológicos o cosmológicos sino por la acción incontrolada de unos seres vivos que transforman el mundo tan rápido que la vida es incapaz de evolucionar y adaptarse a estos cambios. Hay quien dice que esto es justicia divina, el modo de la vida de re-equilibrar las poblaciones en un mundo en el que su fuerza generadora ha sido encadenada a los deseos homínidos, que ahora quieren sustituirla haciendo y deshaciendo. Sea como sea, parece que, pese a lo naturalmente cíclico de las extinciones y los cambios climáticos, el cambio en que nos encontramos tiene una fuerte incidencia humana, y dados los riesgos que conlleva para nuestra descendencia y aún para las personas más jóvenes que habitamos la Tierra, parece que deberíamos de preocuparnos por este proceso y tratar de revertirlo o al menos minimizarlo: por empatía vital y por responsabilidad subsidiaria a largo plazo.

El problema parece radicar en nuestro modo de estar en el mundo, nuestra manera de habitarlo y de actuar en él. Como bien señala Naomi Klein, parece que el problema reside en una carencia y desvalorización de los cuidados. El diagnóstico (apoyado por diversas perspectivas eco-feministas como la de Mies o la de Shiva) enlaza muy bien con las circunstancias históricas en las que se genera el problema: las revoluciones industriales. Estas, a su vez, están ideológicamente posibilitadas por las nociones modernas del sujeto humano, ese que quiere ser como Dios para recuperar su alienada agencia (para recuperar su libertad de acción). Porque para el ingenio humanista y renacentista (el de los ingenieros, es decir, aquellos que hacen cosas mediante su ingenio) había que mirar a la naturaleza para encontrar las leyes del mundo, y en base a conocerlas, saber cómo podíamos actuar en él. El gesto era mirar a la naturaleza física en lugar de a Dios, para así poner al anthropos en su sitio. ¿Cómo puede este mirar a la naturaleza acabar destruyéndola?

El teléfono escacharrado de la historia parece desplazar el foco de interés desde ese mirar a la naturaleza para descubrir el papel del anthropos (de cuyo gesto, el síntoma es dejar de mirar a Dios) a, desde la tradición de Dios, asumir un cierto papel del anthropos que le da derecho a dominar la naturaleza (a la que solo debe de mirar para destronar a Dios, lo que pasa de consecuencia a ser el objetivo principal). En pocas palabras, el gesto acaba siendo el siguiente: desde la dignidad que nos da Dios le negamos, y como Él reniega de todo menos de Él, nosotros renegamos de todo menos de nosotros mismos. Y en este gesto híbrido entre afirmar y negar la autoridad de Dios, perdemos algunas de las virtudes tanto de Dios como de negarlo.

En este contexto termina por desaparecer el amor del Creador por sus creaciones (tesis primaria del cristianismo). Ello ocurre al concluirse en cierto momento que nosotras, las creaciones, somos por uno u otro motivo odiadas por Él (como señala la presencia del mal en su mundo). En esa nuestra imitación negativa de Dios, que se da al imponernos como Creadores, copiamos los modos del padre negado. Nos deshacemos del amor por nuestras creaciones y por ese mundo que sin Él quedó definitivamente a nuestro cargo.

Transformamos así la acción creadora de Dios, que creaba por amor, en una poiesis (producción) sin amor, al reducir nuestro mundo a su valor utilitario, dejando a sus objetos carentes de valor intrínseco. Ese mundo sin dignidad propia (es decir, cuya dignidad solo es subsidiaria de nuestros deseos y necesidades) es cosificado de forma absoluta, invirtiéndose del todo el primitivo animismo, que daba a todos los entes dignidad intrínseca. Al carecer lo otro (lo que no soy yo) de valor por sí mismo, su única valía es en tanto que vale para mí, el digno sujeto que lo observa. Por ello, tengo derecho a observarlo, a manipularlo, a utilizarlo, a poseerlo. Tengo derecho a desentenderme de él, de su valor intrínseco, de aquello que el objeto es sin mí, sin relacionarse conmigo. En eso consiste el gesto científico de desterrar el noúmeno, aquello que es tan propio del objeto que a mí me es incognoscible. Consiste en desentenderse de lo otro por ser algo distinto a mí, algo incomprensible para mi mente. Y lo que al principio solo se aplica al mundo, pues los resquicios de dignidad divina dificultan su aplicación a otros humanos (que aún son la más digna creación, hechos a imagen y semejanza de Dios), conforme avanza la muerte y sustitución de Dios es aplicable a la humanidad. Estos mecanismos ideológicos legitimarán la Conquista de América y el colonialismo, procesos que permitieron iniciar la acumulación de riqueza que acabará permitiendo la revolución industrial, en un continuo proceso de incremento de la cosificación utilitaria del mundo y de lo humano.

Desde esta mi visión de la evolución de las ideas trato de exponer, de forma algo bruta y muy escueta, por qué no podemos evitar el cambio climático desde nuestro funcionamiento actual. El capitalismo, el comunismo y el fascismo, todos hijos de la modernidad, no pueden resolver nuestros problemas, pues todos ellos parten de premisas y principios cuyas últimas expresiones ya han sido puestas sobre la mesa, y recaen en atender de diversos modos objetivantes a otredades que o bien deben ser descuidadas por igual, o en base a su trabajo o en base a concepciones étnicas. Pero siempre hay otredades que deben ser descuidadas. Pensar es hacer, pues condiciona nuestro modo de actuar como el software condiciona el modo de trabajar del hardware. Tenemos que modificar nuestro modo de pensar para volver a interactuar con el mundo y las personas atendiendo a que tienen una dignidad y un valor intrínseco, a respetar ese valor, entender que dependemos de él y que solo desde el respeto hacia lo otro y hacia nosotros, partes inseparables de un único cosmos, podemos subsistir en la existencia.

Es fácil decirlo, pero muy difícil hacerlo, y dígase lo que se diga, la consciencia de un problema no da su solución, pero quiero creer que la posibilita: quiero creer que mis errores, al cosificar a personas, animales y ecosistemas, al valorarlos en base a mi interés, mi necesidad o mi placer, al utilizarlos o manipularlos por mi conveniencia, desatendiendo sus necesidades propias, su dignidad intrínseca, desoyendo su voz; quiero pensar que ser consciente de todo esto me alejará de volver a cometer todos esos asquerosos errores, que me ayudará a restaurarlos, a sanar, a valorar, a escuchar, a cuidar al mundo y quienes lo habitan, no como me convenga, y ni siquiera como me cuidaría a mi mismo, sino como esas otredades (tan dignas como yo) me susurren con su propia voz que necesiten ser cuidadas. La cosa es escuchar el viento y acariciar la tierra al ritmo de sus latidos, y me da igual si el viento es aliento y la tierra es carne: quiero aprender a escuchar el viento para saber acariciar la tierra.

Quizás la circunstancia actual debería abrir nuestros ojos y hacernos ver que la tierra tiene tal dignidad, que puede matarnos, y ella seguirá aquí. Quizás ello debería motivarnos a cuidarla. Quizás, solo yendo a un mundo en el que el cuidado por lo otro sea axioma necesario del sentido común podamos evitar el cambio climático, así como otras muchas injusticias sostenidas hacia otredades construidas como indignas. No podemos olvidar que en el momento en el que estamos tenemos que actuar y hacer cosas, pero que el modo de hacer todas estas cosas debe ser desde el cuidado, desde la transformación de nuestra propia psique, esa que tanto afecta a nuestra praxis, la cual entiende lo otro como algo que dominar y poseer en lugar de como algo a lo que amar y cuidar, porque tiene dignidad propia. Necesitamos soluciones rápidas, que partan de lo tecnológico, de lo científico, de lo político, de lo económico. Pero sin cambiar nuestro esquema mental, y empezar a interesarnos por cuidar lo otro, toda solución será un parche pasajero, y nunca estabilizará la cura que nos deje un mundo plenamente sano.

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