Sobre la esencia y el sentido humano II – Zule

Zule desarrolla su segunda apartado (Primera I), en esta ocasión centrado en el papel del símbolo desde la antigüedad, cuyos elementos esenciales pueden trasladarse aún a nuestro presente.

El símbolo es una significación aleatoria que recae sobre un signo (sonoro, visual…). La aleatoriedad simbólica partiría de lo icónico: de aquellos signos significados por su similitud sensible con el significante. La capacidad humana de mutar los signos mediante pequeñas modificaciones fonéticas o gestuales (no siempre intencionales) y sobre todo mediante el uso de la metáfora (la sustitución semánticamente equivalente de unos signos por otros diferentes) sumadas ambas a la memoria colectiva de ciertas correlaciones entre signos y significantes y al olvido de otras, estos mecanismos terminarían desembocando en el símbolo: la desaparición de los rasgos miméticos (icónicos) en el signo que designa a un significante. Y es que el proceso de simbolización constituye al humano, dado que le permite aplicar las creaciones fruto de su capacidad interrelacional no sólo al plano material, sino al plano de la propia cultura, lo que le permite modificar su comportamiento, o lo que es lo mismo, reconstituir su instinto. Además el símbolo, cuando es llevado al extremo (a la ausencia de referencias físicas), permite el desarrollo de la abstracción, lo que aumenta la capacidad de definir sentimientos (que son tan invisibles a los otros como determinantes para nuestra relación con ellos).

El mejor manejo del símbolo, de la abstracción y de la expresión precisa de las emociones, son tres cosas importantes en comunidades cada vez más grandes, donde interactúan seres cada vez menos conocidos (menos familiares) que han de llegar a acuerdos y evitar conflictos (repartiendo funciones económicas y sociales, así como recursos con los que incluso llegará a comerciar). Los símbolos nos permiten definir mejor ciertas situaciones y posturas, que pueden tener importantes implicaciones vitales para los particulares y para la comunidad. Incluso nos permitirán un mejor análisis de la propia realidad física, sensible, dado que podemos nombrar y definir fenómenos que no hemos vivenciando personalmente, pero que han sido experimentados por otros humanos que nos los narran y describen, que nos previenen contra ellos, permitiéndonos reaccionar mejor ante su posible presencia, es decir, aumentando nuestras posibilidades de adaptarnos a ellos. Sin embargo, paradójicamente, la mayor precisión en la definición se consigue tras un proceso de olvido y de indeterminación, el cual ya hemos tratado al hablar de la constitución del símbolo (entendido como un signo cuya relación con el significante es aleatoria).

De tal manera, podemos intuir que la evolución de la aleatoriedad y su sofisticación es base constitutiva de lo esencialmente humano, o al menos del humano político, del humano civilizado, del que vive en grandes comunidades complejas. Mediante el símbolo y el enriquecimiento de que este dota a la cultura, el ser humano lucha de manera inconsciente contra la inercia mecánica de la naturaleza, contra el instinto, adquiriendo así su indeterminación constitutiva y (gracias a ella) también su libertad. Pues si el humano se define por lo simbólico, lo aleatorio le da una posibilidad de reconstruirse, abriéndole al ya mentado horizonte de lo posible, donde el puede hacerse responsable de su propia constitución vital, hacerse cargo de sus genes y (en base a ellos) construir herramientas culturales que le permitan adaptarse exitosamente al mundo natural y a la sociedad. De tal manera, el hacer y el decir, en tanto que posibilitadores o destructores de la indeterminación constitutiva, exhiben la responsabilidad de influir en la indeterminación del yo, pero también en la de otros homo sapiens (definidos e influenciados a través de nuestra voz) y del propio mundo (definido y modelado desde nuestro hacer y nuestro decir). La definición, aunque posibilitada por la indeterminación del símbolo, determina y condiciona. Por ello, emplearla es usar el poder creador, es determinar una de las múltiples posibilidades como la verdadera, la única posible; es ejercer un poder del cual somos responsables y deberíamos hacernos cargo (al menos desde ciertos postulados éticos). Porque, cuanto mayor es la domesticación humana de la naturaleza, mayor es el poder y su consecuente esta responsabilidad (no entendida en sentido moral sino en tanto que alcance del poder o dimensión de los efectos de la propia acción).

Entramos así en la paradoja aporética de que la indeterminación constitutiva del ser humano, la mutación que le permitía relacionar lo no relacionable (mediante el símbolo y la metáfora), esa indeterminación que le diferencia esencialmente del conjunto del reino animal; le acaba alejando de la racionalidad, que teóricamente le constituía, dado que ella es la facultad que le permite representarse y modificar el mundo. Me explico: sí la razón es la capacidad de representarse el mundo tal y como formalmente es, y atendiendo a que ella se sustenta en lo universalmente necesario, la constitución del humano como simbólico (sustentado en la metáfora, en lo aleatorio) choca con la intrínseca necesidad de universalizar, necesidad que mueve hacia el gesto de definir al humano como simbólico. Buscar algo universalmente constitutivo de lo humano sería un gesto inhumano, un intento de evadirse de la indeterminación creativa que le constituye, acto a acto y acción a acción. La propia búsqueda de la esencia humana sería contraria a lo que parece ser su propia esencia, a la separación cultural del instinto, al libre arbitrio, a la libertad, a la indeterminación, a la creatividad.

Así, desde estas perspectivas, la pregunta por la esencia y el sentido de lo humano se autodisuelve, perdiendo por sí misma el sentido. No puede haber un sentido unísono y determinado en el ser que se constituye como esencialmente indeterminado. Solo puede determinarse, acto a acto, palabra por palabra, definiéndose de forma pasajera, en un constante devenir de presentes cuyo futuro está por constituirse. Y sin embargo, también por su propia constitución psíquica y cultural, el indeterminado ser humano parece necesitar en cierto grado definir y definirse, determinar, dar sentido, puesto que necesita definir el mundo (formalizarlo) para adaptarse a él o para adaptarlo a sí. Ya sea analizando un matorral de la sabana en el que habitan depredadores que el primitivo sapiens ha de evaluar y ante los que ha de posicionarse defensivamente; ya sea como individuo desposeído en el loco mundo de la cuarta fase del capitalismo, donde todo es tan complicado que tras cada nombre y tras cada marca se esconden poderes kafkianos e incontrolables pero que afectan a mi vida, y que por ende he de analizar críticamente; en cualquiera de estas circunstancias el humano un sentido.

No hablo de sentido en tanto que definición necesaria de un futuro: recordemos que por el horizonte de posibilidad, y pese a sus limitaciones constitutivas (su condición biológica entre ellas) el ser humano siempre podrá mantener abierta la posibilidad de un futuro distinto. Con sentido o sin él, siempre será libre de elegir, o al menos de desear. Sin embargo, el homo sapiens necesita hallar un sentido, entendido como brújula que (desde una identidad, más o menos auto-constituida) me orienta en el presente permitiéndome tomar distancia, analizar, actuar, sea crítica o emocionalmente, pero actuar por mi, y no por mera inercia. Porque este sentido en tanto que brújula no me define definitivamente, y de hecho, puede ser redefinido. Porque soy yo quien se ubica en el mapa, y puedo priorizar qué elementos del mundo me son más interesantes, renunciando a recetas heredadas. Puesto que, si el ser humano es consciente de su propia aporía, cualquier sentido del que disponga nunca podrá ser último ni universal; aunque seguirá siendo defensivamente adaptativo, posibilitador de distancia crítica y de espacio para la acción. Puesto que este sentido es la única forma de no caer en la locura de la completa aleatoriedad indeterminada, en el dejarse llevar por las inercias históricas y sociales, el único modo de esquivar la falta, ya no de determinación, sino incluso de autodeterminación. Su carencia produce la ausencia de una identidad desde la que, conscientemente, construir y hacernos responsables (eso sí, desde el sentido moral con el que queramos hacernos responsables, pues claro está que ninguno es más esencial que otro).

Diluir todo sentido en carencia vuelve a unirnos al mundo, a fundirnos en él, a pegarnos a él como humanos pre-neolíticos, incapaces (por su falta de distancia consciente) de ser plenamente conscientes de su poder, y por tanto de usarlo. Y nuestro innegable poder sobre nosotros y sobre este mundo, cada día más humano, y por tanto más confuso, nos hace responsables de grandes consecuencias. Dar bandazos sin sentido, sin crítica, sin consciencia, no nos hace menos poderosos ni menos responsables, pero desde luego, nos vuelve más idiotas y más peligrosos: para nosotros y para el propio mundo.

 

 

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