Sobre la esencia y el sentido de lo humano – Zule

Nota introductoria:  El presente texto pretende resumir las reflexiones acontecidas a lo largo de cuatro meses en unas clases de antropología filosófica. Desde luego, lo dicho está filtrado y subjetivado por Zule, que en la primera parte pretende ubicar el problema del sentido en unas coordenadas históricas y conceptuales y, en una futura segunda parte, pretenderá extraer consecuencias en torno a lo pertinente y adecuado de la búsqueda de sentido en el ser humano.

La histórica reflexión filosófica en torno a la naturaleza humana parece ser una búsqueda de la esencial diferencia entre el homo sapiens y el resto de especies. Desde cierta óptica biologicista, parece que todo el proceso de hominización es una concatenación de mutaciones adaptativas que llevan poco a poco a la separación entre el animal sapiens y el resto del reino animal. Ello se produce conforme aumenta la importancia adaptativa de la emergente esfera cultural, es decir, aquel conjunto de comportamientos (y sus productos) que son adquiridos y fijados mediante la interacción vivencial entre seres de una misma especie. Digamos que la cultura es una especie de lucha contra el instinto, un intento de dominar las inercias biológicas en pro de una mejor adaptación. La adaptación mediante la cultura ya no es producto de la habilidad en el uso y la exhibición de fenotipos genéticamente “determinados” (como ocurre en la adaptación netamente biológica), sino que se da mediante la asimilación de un conocimiento adquirido o bien a través de la propia experiencia o bien por la comunicación y la pedagogía.

Es en el Neolítico donde la separación entre el homo sapiens y los otros animales cobra tal relevancia en la conciencia humana que pasa de ser una rareza contingente (dotadora de ventajas adaptativas) a una esencia constitutiva, asumida como tal por la cultura humana. La huella de este proceso es rastreable en todo tipo de representaciones artísticas cuyos restos arqueológicos aún persisten (pienso en Göbekli Tepe). No parece casual que este proceso se de en una época de revolución técnica, donde las herramientas y los descubrimientos, así como intuimos que las facultades comunicativas y los intereses religiosos, evolucionan exponencialmente. El aumento de las poblaciones y la consecuente posibilidad que un número mayor y genéticamente más diverso de homo sapiens tiene para interactuar con otros individuos de su misma especie (otros con otras experiencias, e incluso partícipes de otras culturas) permite incrementar la cantidad de posibles conocimientos que compartir (experiencias que poner en común). Se enriquece así la cultura, entendida ya como un conocimiento colectivo, heredado aunque mutable.

El Neolítico es el boom de la cultura, el nacimiento de las civilizaciones y el inicio de la doma de una naturaleza ya parcialmente otra (es decir, de la que el ser humano se siente escindido). Por primera vez estamos ante una naturaleza domesticada: el natural proceso de adaptación del animal al medio se invierte, pasando ahora ese mismo animal a adaptar progresiva y selectivamente su medio. Mediante la cultura, la especie humana ya no sólo consigue adaptarse mejor (como ocurre con diversas especies, especialmente mamíferas) sino que llega a poder manipular la realidad no humana, adquiriendo un poder diferencial con otras especies que es relatado míticamente en narrativas como la de Prometeo.

El boom neolítico es la culminación de un proceso evolutivo. El germen de este proceso ha sido históricamente radicado en diversas facultades humanas. La razón, entendida como la capacidad de discernir entre lo contingente y lo necesario, es una de ellas. De hecho, quizás esta sea la raíz antropogénica más importante de la tradición filosófica inaugurada por Platón (que es desde donde estudiamos la esencia humana y su sentido en los términos en que lo hacemos en el presente texto). Su importancia se debe a que en la facultad de la razón (que puede universalizar y trata de descubrir lo universal de las cosas) recae el propio gesto de buscar una esencia, una substancia común a todos los hombres y exclusiva de ellos, que de tal forma, los diferencie de otras especies. Generalmente, esta diferenciación resulta importante para ensalzar una supuesta dignidad superior y una preferencia en el trato moral y/o en la obligación política de los seres humanos (recordemos que, desde el Neolítico, estos cada vez viven en grupos mayores). No son intereses meramente metafísicos los que mueven a esta pregunta, sino la necesidad pragmática de desenvolverse en un mundo poblado por otros humanos, con los que necesariamente convivimos, a los que necesitamos, pero con los que no siempre sabemos convivir o interactuar. Sin embargo, los argumentos para establecer dicha diferenciación (y sustraer de ella ciertas consecuencias ligadas a la jerarquía, al poder) no sólo ha sido fundada en la razón, aunque esta haya sido la característica que ha definido bautismalmente nuestra especie en la biología occidental, y es que dentro del género homo somos la especie sapiens.

El lenguaje, en tanto que creador de realidad y modo de comunicación singularmente humano, fue otro elemento diferencial y axioma de nuestra singularidad. Igualmente el logos griego, que en cierto sentido aunaba ambas raíces (razón y lenguaje), e incluso  algunas otras, fue una explicación ampliamente aceptada por siglos. La tekné, por ejemplo, es otra de esas raíces ampliamente defendidas como dignificantes del hombre, dado el especial refinamiento que adquiere en nuestra especie, así como la capacidad que nos otorga para domesticar la naturaleza. También abundan tradicionalmente las explicaciones religiosas y espirituales: la famosa gracia de Dios (del que somos imagen y semejanza) un dios entendido a veces como poder, otras como conocimiento y otras como mera naturaleza (quizás siempre como poder). Y desde luego, no podemos olvidar el famoso zoon politikon aristotélico, que más o menos aunaba todas las definiciones anteriores, dando importancia al carácter moralmente colaborativo de ese ser humano que tanto necesitaba hablar, pensar, producir o creer en Dios, a la vez que compartir su vida con otros humanos, pues sólo en tanto que social, el ser humano puede sostener una de sus grandes ventajas evolutivas: la ya mencionada cultura.

Por su parte, el paleoantropólogo Stephen Mithen señala que, evolutivamente, la peculiaridad del animal humano puede deberse a la capacidad cerebral del homo sapiens para interrelacionar partes específicas de su psique (o lo que es lo mismo, partes diferentes del cerebro, con funciones y ubicaciones radicalmente distintas). Inicialmente, estas partes serían contenedoras y procesadoras de informaciones y facultades diferentes y neuronalmente independientes. Sin embargo, en nuestra especie podrían llegar a interrelacionarse mediante la propia acción mental (no puedo evitar pensar en un ¡Eureka!). No es ya una mutación íntergeneracional o la interacción epigenética con el medio lo que transforma nuestra mente y nuestro comportamiento (que también), sino la agencia (más o menos consciente) que se produce cuando el humano relaciona facultades distintas, produciendo nuevos y originales objetos o incluso nuevas facultades.

Nuestra descrita facultad interrelacional permitiría al ser humano reconsiderar su mundo y su propia psique mediante una reestructuración (más o menos) consciente, que así le permitiría desvincularse de lo predeterminado (lo necesario) creando nuevos esquemas y contenidos durante el propio proceso vital (lo cual explicaría la complejidad de la cultura humana y su diversidad). Esto abre al ser humano al horizonte de lo posible: a la posibilidad de cambiar conscientemente las cosas y a la posibilidad de crear lo hasta entonces increado. Esta facultad relacional y creativa sería madre de la metáfora, del símbolo, de la abstracción. Y, eso sí, remarcaré que estas cosas ocurren sobre, desde y con el instinto, en la carne y desde el hueso, pues creo pertinente señalar (frente a reductivismos idealistas y culturalistas) la persistente naturaleza animal de lo humano, así como su encadenamiento a las necesidades de subsistencia biológicas y a ciertos instintos no siempre refinados o refinables por la cultura. Sin embargo, lo cierto es que esta teoría vendría a diferenciar a los homo sapiens del resto de animales homínidos por su capacidad simbólica, facultad teóricamente exclusiva de nuestra especie y universal a todos los humanos. Parece que el ser humano sería el animal simbólico, y por ello, por su capacidad de unir lo desunido y de separar lo conjunto, por su capacidad creativa de relacionar lo que instintivamente parece distinto y sin relación, sería el animal con logos, y con tekné, y con tantas otras facultades; aquel capaz de re-representarse y de crear, de inventar.

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