Lo importante es odiar algo – El niño detrás de las barbas

“Una sociedad en crisis, sin perspectivas de superarla, tenía que crear sus propios fantasmas y luchar contra ellos.”

(Juan Gracia Cárcamo, historiador sobre la pobreza)

Este autor se ha dedicado, como muchos otros, a analizar la situación de la pobreza durante la Edad Moderna (siglos XVI-XVIII) y los albores de la edad contemporánea (XIX-hasta hoy). La frase anterior está extraía de una de sus obras: “Mendigos y vagabundos en Vizcaya (1766-1833)”. Por aquel entonces el falso pobre (aquél que no trabajaba a pesar de tener unas condiciones físicas adecuadas para ello) era rechazado por las élites y comenzaba a serlo también por parte de la sociedad. Se les atribuían conductas delictivas, lo que no era completamente falso, y se les acusaba de su propia precariedad; el razonamiento era simple: no trabajan porque no quieren. La época que este historiador analiza es también significativa. Es un periodo de pleno cambio en el que se abandona el sistema del Antiguo Régimen (sin una legalidad uniforme) para adoptar el liberal, promulgado por la revolución francesa. Es una época de cambio, pero sobre todo, de crisis. Por supuesto a alguien había que culpar, y sin minorías religiosas los pobres funcionaban fantásticamente de chivo expiatorio[1].  

En el fondo, se señalaba y culpabilizaba a una minoría de unos problemas de los que, lejos de ser causantes, eran víctimas. No puedo evitar realizar algunos paralelismos con los últimos años. La crisis económica de 2008 quebró la fe que la sociedad europea tenía en el sistema de bienestar. El nivel económico de entonces aún no se ha recuperado y ya llegan los primeros síntomas de una nueva recesión. Ese malestar queda arraigado en la sociedad, se acumula como en una burbuja, e irremediablemente acaba encontrando vías de escape. En algunos genera una apatía absoluta (lo que es especialmente cierto para la generación millennial y las nacidas después del 2000), mientras que en otras ocasiones se traduce en protestas sociales (15M, chalecos amarillos…)[2]. Pero dicho malestar también puede derivar en la búsqueda de enemigos, de grupos sociales específicos a los que señalar con el dedo. A veces son marcados como culpables, otras veces simplemente sirven “de muñeco de paja” para purgar el malestar social. Ese odio visceral acumulado tiene que lanzarse sobre alguien, hay que buscar una minoría a la que atacar.  

En Europa los inmigrantes siempre han sido un buen chivo expiatorio. Los partidos de ultraderecha surfean con elegancia esta ola de odio irracional y sacan rédito del miedo de la gente, culpando a los más débiles. Salvini (Italia), Victor Orban (Hungría) o, ya fuera del continente, Donal Trump (EEUU), hacen de este discurso su punta de lanza, junto con la crítica a otros colectivos como el feminista; algo que les está brindando un tremendo éxito. Bolsonaro en Brasil también ha hecho uso de este discurso del miedo contra las minorías: negros, homosexuales (curiosamente colectivos que después le han votado en gran proporción), feministas, además de que ha recuperado esa idea expresada por Cárcamo de lucha contra la pobreza-delincuencia, especialmente bien reflejada en las favelas.

No obstante, y pese a todo, en España somos bastante progresistas en lo que se refiere a estas cuestiones, y el rédito electoral a obtener no es tan grande. En el caso de la inmigración, tema que abandera VOX, los números no se sustentan, ya que la caída de la llegada de inmigrantes al país es notoria. Aquí entra en juego la cuestión catalana, aquellos que “rompen España”. Esta es capaz de agrupar a gente de todo tipo: el rechazo a nivel nacional es casi unánime, y pocos ven con buenos ojos los intentos de autodeterminación de una de las provincias más ricas del país. En el mejor de los casos, se defiende su derecho a decidir, normalmente acompañado del deseo de que ese referéndum gane el no ¿Por qué ocultarlo? Esa sería mi posición. La triada Ciudadanos, Partido Popular  y VOX lo saben. Los tres se han lanzado como hienas sobre un hueso que nadie quiere soltar: el enemigo está dentro, ha intentado dar un golpe de estado, hay que defender el país. Los independentistas tampoco se libran, prácticamente usan la misma retórica pero desde el otro lado. Ya tenemos nuestro fantasma particular, ahora, a salir a las trincheras a combatirlo. Porque al fin de al cabo lo importante es odiar algo: que así no pensamos en todo lo demás.

 

 


[1] Hay que matizar que el odio el pobre adoptó más bien un carácter de rechazo social, si se dieron casos de violencia hacia estos no muchos han quedado registrados, y desde luego, no adquirieron la dimensión del revueltas.  

[2] No incluyo las manifestaciones feministas porque considero que tienen un carácter mucho más social que económico, a pesar de los manifiestos del 8 M, es decir, que las reivindicaciones seguirían muy vigentes en un periodo de bonanza económica.

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