Fantasmas y Hogueras – Zule

“Una sociedad en crisis, sin perspectivas de superarla, tenía que crear sus propios fantasmas y luchar contra ellos.”

(Juan Gracia Cárcamo, historiador sobre la pobreza)

Por lo que nos dice el historiador, las mecánicas de construcción de enemigos fantasma no son nuevas, de nuestros días. Los poderosos tienden a inventar enemigos que encubran su hacer y deshacer sobre quienes son gobernadxs. Estos enemigos, siempre otros identificables, son deshumanizados primero, en base a su diferencia (su otredad) y luego, son culpados de los problemas que vive una sociedad concreta. El problema nunca es de quien administra dicha sociedad, sino de este otro incomprensible, que no solo no quiere entender ciertos valores troncales de cierto código moral, social, económico o religioso, sino que además pretende conspirar para destruirlo. El otro sabotea la recta administración de quienes sí conocen y controlan nuestra particular polis, y lo hace porque ni nos entiende ni quiere entendernos. Porque odia lo que somos, porque quiere acabar con todo lo que representamos, destruirnos y amarrarnos en las tinieblas de su marco de valores. Y es que aunque el diga que es bueno, para nosotrxs es malo (intrínsecamente malo, dirán los poderosos nigromantes que invocan a los fantasmas, con conjuros de retórica demagoga, sanciones y decretos).

Tradicionalmente, en Europa, fueron los judíos quienes tuvieron este rol, porque en última instancia siempre podrá decirse que mataron a Cristo. Sí mataron a uno de los suyos por predicar la verdad, ¿cómo no iban a matarnos al resto, que vivimos en ella y ni siquiera llevamos la sangre de Abraham en nuestras venas? La caza de brujas sirvió de forma semejante. Las mujeres que rompían con el canon social -por rebeldía, intereses o poder- eran conspiradoras del diablo. Ellas eran algo extraordinario (fuera de la norma) y por ello cualquier anomalía extraordinaria era culpa suya (salvo las anomalías buenas, que venían de Dios, del rezo seglar o del buen hacer del señor nobiliario). Por eso, sí había algún problema siempre podríamos bien-matarlas, por “pesar [quizás pensar] más que un ganso”. Ejemplo paradigmático: Doña Juana de Arco.

Los pobres, especialmente desde aquellas revoluciones burguesas que asientan en el poder la cultura capitalista (gran madre de la aporofobia), son culpables por holgazanes. Porque sí yo, que trabajo, recibo un salario y puedo comer y tener techo, quien no tiene esas cosas es porque ni trabaja ni quiere hacerlo. Vagos y maleantes, gente a la que purgar con unas patadas, un poco de gasolina y una cerilla. La aporofobia (el odio a la pobreza) termina resolviéndose, como los casos anteriores, con la purga del fuego, aquel que los dioses nos entregaron para domar la naturaleza y purgar los males. A problemas primitivos, soluciones primitivas.

La historia evoluciona y desvirtúa esos fantasmas conspiradores, pero el mecanismo sigue funcionando. La superioridad civilizadora que la institución moral del papado elevó de cara a la conquista de América fue evolucionando para en el siglo XIX abarcar todo el incivilizado orbe no europeo. Del “tenemos que dominarlos para enseñarles a vivir, porque son inferiores”, viene el “son inferiores y por eso tienen que venir a la tierra prometida a robarnos el trabajo”. Me salto varios pasos, pero quiero resaltar lo nefasto de una función civilizadora que no construye civilizaciones independientes. Sí partimos de la lógica paternalista, ella misma falla, pues si los hijos roban y no saben ganarse la vida, digo yo que será por culpa de la incapacidad de los padres. Al caso, los inmigrantes traen a Europa la peste de su incultura y su suciedad. Y con esa peste, consiguen trabajo, no porque curren más por menos, sino porque vienen a robar. Que yo no acepte las condiciones no es parte del problema, el problema está en sus intenciones.

Qué las mujeres reivindiquen derechos es un síntoma de que quieren hacerse collares con nuestras pollas. No es que señalen problemas estructurales que nos afectan a todos: a los hombres, el patriarcado nos condena a la sequía emocional y al desinterés por los cuidados. Una incapacidad de gestión y un desentenderse del otro que, sospecho, están íntimamente relacionados con la violencia de género y con la violencia sexual. No, no hay ningún problema más que la revanchista voluntad de poder femenina (que ojo, de todo hay en todas las casas, en mayor o menor grado). Solo hay deseos víctimistas, muchas veces ligados con la holgazanería de vivir del cuento a costa de ayudas del estado (de nuevo la aporafobia, pero que vamos a hacer sí vivimos en la fiesta capitalista).

Hasta aquí he desarrollado un discurso políticamente correcto, al menos en los círculos izquierdistas: una crítica al discurso de la derecha, planteada con la ironía típica de la izquierda de nuestro tiempo. Y ojo, el objetivo de estos dardos políticamente correctos es mi verdadero enemigo: la extrema derecha, el capitalismo, la intolerancia, el machismo, el racismo, las fobias. Me da mucho miedo lo que puedan llegar a posibilitar las personas que, por su frustración vital y la falta de expectativas de futuro, absorben estos enmohecidos odios y miedos fantasmales. Hace tiempo que suenan los tambores del fascismo, y el redoble cada vez suena más cerca.

Pero entonces, y a modo de cierre, me pregunto, sí no se repite a caso la construcción de fantasmas en la izquierda. Un grupo importante de la población, personas herederas de los revolucionarios de los años 30, es tachada de fascista por no hablar en términos de lo políticamente correcto. Quienes han mamado de la leche del fracaso revolucionario, se sienten fuera de la izquierda. Aún creen que el problema primordial está en la distribución material, esa que otorga influencia y poder para actuar, la que otorga la capacidad de generar dependencia y corrupción. Puesto que quien dispone o cree disponer de ese poder es quien siempre termina denunciando al enemigo por ladrón y por holgazán. Como vengo escuetamente defendiendo (y podría profundizarse a partir de Galeano o Vandana Shiva, entre otrxs) tras buena parte de nuestros fantasmas contemporáneos se esconde la aporafobia.

Estos parias de la izquierda, con premisas e intenciones validas y hasta hace poco aceptadas, no siempre han sabido adaptarse al giro identitario de los discursos izquierdistas contemporáneos (muchos de ellos sostenidos por poseedorxs de bienes materiales o monetarios). Son carne de cañón para la traición, para caer en las redes fascistas, para destruir aquello por lo que lucharon sus antepasados. Esto no es nuevo: bien sabemos que Mussolini fue un marxista-leninista que no encontró su espacio en el partido comunista italiano y se fue a buscar nuevos campos, por despecho.  Pues bien, por el momento, estas personas son mayoritariamente otro fantasma, pero como el mentado fascista, pueden convertirse en verdaderos monstruos.

Porque están quemadas por un mundo que no entienden, en el que personas con bastante dinero les dicen que están más jodidas que ellos por tener coño, o piel morena. A igual cartera, innegable es la opresión por lectura, pero toda lectura se relee con la cartera. Porque los billetes son la mejor forma de curar los prejuicios, con un lucrativo pos-juicio monetario. ¿No habrá pues algo sospechoso en esos discursos de progres y ofendiditxs que se criaron en colegios de élite y luego se rebelaron frente a sus abuelos o sus padres? ¿No será construir un fantasma el señalar al sujeto moderno (principalmente, hombre cis blanco) de todos los problemas de la sociedad? Y sobre todo ¿No interesa esa agresiva división sistematizada por ciertos discursos y modos de actuar, agresivos y faltones, más a los verdaderos fascismos (que así engordan sus filas) que a las personas oprimidas por la escasez?

Porque quizás el problema de los fantasmas es que pueden encarnarse, y entonces, se encarne el que se encarne, sí que habrá un problema del demonio.

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