Confesiones desde Alcorne p2 – Zule

Este es el segundo fragmento de aquella carta encontrada, escrita desde Alcorne por algún familiar desconocido. Así como en la primera parte solo había ansiedad, en esta parece que hay algo de luz, al menos la hay antes de acabar de rumiar la gran confesión que este hijo descastado quiere hacerle a su madre: por qué le es imposible regresar a su antiguo hogar.

Les alegrará saber que tengo trabajo. Estoy en una imprenta, donde paso la mayor parte de mi tiempo. Denle las gracias a Fray Romé, por todos esos años de esfuerzo y uso de vara. El burro ha sido domado, y ahora incluso se dedica a hacer libros, en lugar de a lanzar bolitas de papel de biblioteca. Ya no leo lento, ahora escribo esto, y si fuese alguien más digno, o más inteligente, quizás incluso escribiría historias. El Patrón es muy amable. A veces nos deja algunos libros viejos de los que ya no usa. Me gusta leerlos; son como esos objetos exóticos de las tiendas que le dije antes. ¿Qué le voy a decir a usted, Madre, que siempre nos habló a mí y a mis hermanos del mundo a través de estos libros? El Patrón nos puso unos barracones no muy lejos de la imprenta. No tienen huerta, pero no están nada mal. Están junto a las nuevas vías del ferrocarril.

Tendría que ver ese monstruo de acero, Madre. Es magnífico. Puede mover pueblos enteros. Creo que es la prueba de que el mundo progresa. Gracias a este trabajo pude salir del hediondo hostal donde dormía hasta entonces. Allí había más ratas, más mugre, y un intenso olor a salmuera y orín, emanando de la paja que cubría los negros suelos de madera. Recuerdo ese suelo negro como la noche. Creo que en él se contenían todas las desdichas del mundo, absorbidas por madera muerta, regadas con vino avinagrado y orín de desventura. Parece que solo así, con el líquido de la embriaguez, podían salir de dentro los grandes secretos, esos que siempre se esconden, a veces incluso de uno mismo. Aquí nadie conoce mucho a nadie, y por eso conoce a todo el mundo, pero nunca lo bastante para poder compartir. Nadie se da nunca un abrazo. Sin embargo, en el barracón, todo es un poco distinto. Ninguno somos del todo de Alcorne, aunque ya tampoco somos del todo de fuera. Aquí compartimos, aunque siempre con sospecha. No es que sospechemos de quienes conviven con nosotros. Sospechamos del mundo entero, que nos envuelve, que nos supera, y cuya evidencia se presenta, como en embajadas, en cada uno de nuestros cuerpos de compañeros de imprenta. Por eso, a veces, nos damos abrazos, cuando el vino y los recuerdos relajan nuestros ratos. Estos son buenos ratos, muy buenos.

Cómo puede ver, Madre, las cosas mejoran. Como el mundo y nuestro tiempo, yo también progreso. Sé que Padre, que estará escuchándola leer, estará orgulloso de que el zoquete de su hijo trabaje allá en la capital, en Alcorne. Y que además lo haga juntando con letras esas palabras que tanto ama y de las que tan poco sabe. Suerte que la tiene a usted, que aprendió del abuelo, capellán, y así pueden ustedes saber de mí aunque esté lejos… Les echo de menos, a ustedes y a mis hermanos. Seguro que el hijo de Sara ya camina y tira de la cola a la vieja Gata. Para él mando un modesto sonajero, como regalo bautismal de su tío el mayor, que aún sin conocerle ya le echa de menos.

Aquí todo el mundo echa de menos. Echamos de menos el pasado, nuestro hogar. Acá todo el mundo es apátrida -esa palabra quiere decir que uno está lejos de casa, y eso le hace daño. Nadie tiene aquí su gente, su tierra, sus costumbres. Nadie tiene sus canciones, y como nadie más las sabe, solo puede cantarlas en susurros. Somos grandes operistas del folclore, pero sólo podemos cantar a nuestros cuellos. Por eso cuando encontramos paisanos es día de alegría. Nos abrazamos por el hombro, revive nuestro acento y cantamos las canciones que cantaban los abuelos. Porque como le dije, Madre, si no cantas canciones te vuelves loco. No queremos volvernos locos: nada nos da más miedo. Por eso nosotros cantamos el recuerdo de la voz de nuestra tierra, mezclándola entre brindis con las de todos. En la imprenta, por ejemplo, cada quien recita romances de su pueblo, y a lo largo de las noches de sábado, mezclamos nuestros ancestrales saberes, creando uno nuevo, que es de todos y no es de nadie. Es mágico. Por un momento, volvemos a casa, y además vamos a otras casas. Soñamos con un futuro, que sabemos que siempre será mejor. Cumplimos el gran sueño de ir más allá de la colina que se ve desde la ventana del cuarto, en nuestra casa, aquella que usted sabe que le estoy diciendo. Y a la vez, cumplimos el sueño que se da después de cruzar la colina, cuando echas de menos la chimenea de casa y el caldito que usted preparaba en invierno. Soñamos y -en ese futuro imposible pero real, presente y fugaz- bebemos el caldo más allá de la colina, cantando nuestras canciones, cada quien en su hogar. Así resistimos. Así avanzamos. Por esto es por lo que progresamos.

La historia progresa. Lo mostró la Revolución, aunque ahora no quieran que lo recordemos. Aunque los señoritos quieran que olvidemos cómo luchamos por ellos, nosotros sabemos aquel Padre Nuestro de la libertad -el poder ir a donde uno quiera-, la igualdad -el que no puedan escupirnos por nuestro apellido- y la fraternidad -el que todos los pobres somos hermanos de la miseria. Y también el derecho a la propiedad -a tener una azada y un cacho de tierra- y el contrato social -que es cuando los hombres deciden cooperar para matar lobos, aunque los lobos siempre se disfrazan de corderos y se adueñan de los pactos. Padre, Madre, un fantasma recorre Europa. Sepan que todo será mejor, porque Dios y la historia lo quieren, y Jesús no murió por nosotros para que suframos hasta la muerte, sino para demostrarnos que bien merece la pena morir para intentar conquistar el Cielo. Algún día lo haremos, Madre. Algún día. Le mando un libro rojo en el paquete. Léaselo a Padre, léaselo.

No se preocupe, Madre, que voy a misa todos los domingos. Aquí la gente no suele creer en Dios. Sin embargo, todos en la barraca creemos en el Creador, aunque es cierto que pocos lo creen en la Iglesia. Quien nace en la ciudad no puede creer en Dios. Quien nace en la ciudad ve lo que es ahora la Iglesia. Porque la Iglesia no es Fray Romé, Madre, no señor. El amor de Dios no tiene límites, como no los tiene el cielo abierto en su crepúsculo rosado, rayado en esponjosos surcos naranjas que enmarcan la pupila rojiza del sol justo antes de que duerma y giremos media vuelta el cuello para mirar la luna. Como trigo de la tierra, las estrellas brotan e iluminan la vetusta noche: infinita, eterna. Al mirar al cielo, sin límites, sabes que hay algo que estuvo siempre, como esas estrellas, que aunque no se viesen, estaban ahí desde siempre. Entonces sientes a Dios. Pero aquí la gente no mira al cielo. El cielo está sucio y recortado. Mires donde mires, los hombres han puesto límites al Cielo de Dios. Sus creaciones, los edificios, muerden la carne de Dios. Miras desde abajo, y cuando quieres ver a Dios, ves como los hombres quieren olvidarle. Los edificios crecen, como cagaditas de cabra: torres de Babel que llegan al Cielo. Por eso aquí nadie cree en Dios, salvo quienes nacimos en el campo y somos hijos orgullosos de labradores. Nunca han visto el cielo, y les da miedo mirarlo. Creo que si lo miran, sentirán que el mundo es demasiado grande. Se darán cuenta de que esos grandes edificios, que se elevan y se elevan, como queriendo tapar el cielo, humanizando cada pie de la creación; se darán cuenta de que estos no les protegen de los lobos. Las casas como la nuestra sí te protegen de los lobos, porque nos dejan ver a Dios, y así pastoreamos. Los edificios son los inventos de los lobos, el cercado en el que mete a las ovejas el matarile.

Es curioso, Madre, lo contradictorio que es este sitio. Usted sabe que siempre hablamos más de las penas, porque duelen, pero este sitio es maravilloso. Esta es la ciudad de las luces. Hay farolas en todas las calles importantes. Iluminan el andar de algunos caballeros andantes, que, aún sin espada, siguen caminando entre nosotros. Hablan como trovadores, contando historias para cortejar a las damas y a todo aquel que encuentran. Visten elegantes. Si les caes bien, te invitan a una jarra de cerveza. Fuman tabaco, y solo quieren vernos a nosotros, los pobres, porque los ricos, los de su clase, son aburridos. Es curioso, pero a ellos no les roban. Sería como robar a un cura, un cura moderno, cuyo dios es el disfrute, cuyo Dios es la belleza. Son distintos a todo el resto. Como les dije, aquí todos somos iguales: igual de insignificantes, anónimos sin nombre. Las personas son un rebaño con prisa. Ni siquiera el pastor podría diferenciarlas. Estos caballeros son como ovejas negras. Relucen en el blanco anónimo que los rodea. Yo estoy ahorrando para ser uno de ellos. Me quiero hacer un traje bonito, de terciopelo rojo, con borlas verdes. Y unos zapatos bien lindos de adorno. Sí Madre, lo compraré y seré alguien, y ustedes podrán verlo cuando me vean. Sepan que algún día quiero volver, aunque solo sea a verles.

Sé que usted está pensando en cuando le daré nietos. No puedo prometerla nada. En esta ciudad ya la he dicho que es difícil conocer gente, y aún más una buena mujer con la que casarse y criar. No hay plazas. La gente no sale a tomar el fresco. Quienes venimos del campo vamos al parque antes de ir a misa, los domingos. Allí nos encontramos con Dios, y cogemos fuerzas para seguir yendo a misa. Espero algún día encontrar a una buena moza, caminando por el parque un domingo temprano, junto a alguna amiga. Sí la veo la diré algunos refranes, para que sepa que soy un hombre de provecho. Después la invitaría a algunas chucherías, y quizás incluso, iríamos al tiovivo.

El tiovivo es una rueda hermosísima y gigante. En ella hay montados animales de colores. Mis favoritos son los caballos, aunque hay cisnes y elefantes. Dan vueltas, y vueltas, subiendo y bajando por un modernísimo mecanismo. Los espejos que lo envuelven brillan como luceros. Es precioso, Madre, ojalá pudiese verlo. Así entendería porque no estoy triste pese a todas mis penas. Es como esa cajita de música que tanto le gusta a usted, la que la Ruca compró allá en el mercado de La Perala. Alcorne es un precioso jardín, aunque no un bosque. Sus raíces son superficiales, pero está llena de colores hermosos. Aquí podemos ver cómo el mundo progresa. El otro día, en un puesto, vi una demostración de algo que llaman electricidad. Es como magia, pero no requiere adorar al diablo. Solo Dios la otorga, con el conocimiento. No hace falta ser bueno, solo saber, y la ciencia de esta electricidad te permite ser Cristo levantando a Lázaro. ¡Vi revivir una rana muerta Madre! La degollaron, y luego, con esta magia, hicieron que moviese sus piernecitas. Fue increíble.

Antes le hablaba de esas tiendas mágicas con objetos del mundo. La ciudad es una de esas mismas tiendas. Aquí hay de todo. Le hablé del museo, por ejemplo. El museo es un edificio relleno de puzzles. En él, se amontonan, ordenadamente, las piezas que construyen cualquier historia. Hay viejos objetos de griegos y romanos, artefactos de Egipto y de Mesopotamia, aunque también reliquias del Lejano Oriente. Hay huesos, Madre, huesos humanos. Sé que le debe parecer algo diabólico, pero es cosa divina. Al andar por el museo, puedes vestir con pieles y trajes esos huesos. Puedes meterlos en los paisajes que se ven en los cuadros, rellenos con las plantas que hay en los jardines, acechados por la fauna que habita el zoológico. Puedes imaginar cómo todo sucede, tal como en los textos que explican las piezas del puzzle. Así es como el fósil revive, Madre. La magia de dar vida al fósil no tiene conjuro. Es como la electricidad. Solo requiere de conocimiento. Aquí aprendo cosas nuevas cada día, Madre. Aquí todo el mundo habla de muchas cosas. Aunque le parezca raro, pocas veces en la conversación están el tiempo o la cosecha, o la vida, o el trabajo. La gente habla de sueños y fantasías, de saberes ocultos que comparte con todos. Aquí la luz ilumina nuestras oscuras cabezas. El ejemplo soy yo, que le escribo esta carta.

Porque al escribirles saco lo que nunca digo. Con ustedes puedo ser sincero. Se que por viajeros y paisanos ustedes saben de las fantasías de la ciudad. Ese decorado es precioso, pero solo es decorado. Como en las personas, hay algo que se esconde debajo de la escena. Es algo apenas perceptible, un ritmo inconsciente que marca el pulso. Es eso que aflora con el vino y con las canciones. Es ese niño primitivo que se resiste al cambio, y que sigue asustado bajo la belleza. La belleza asusta, porque se sostiene en heces y delitos. La belleza es una mentira, pero como es hermosa, nos quedamos con ella. Solo Dios es bello, y aquí han tapado a Dios. No tenemos forma de llegar a él, más que en esos breves momentos de comunión humana, cantando canciones, viajando a otros mundos. Al no estar Dios presente, solo se ve la mierda. Por eso, para hablarles de lo bello solo puedo hablarles de lo exótico o de nuestra querida puebla de Chirita: del fósil o de la nostalgia. Lo demás es envoltorio, un papel de color Cielo que intenta hacer visibles las ocultas estrellas de Dios.

No negaré que este matar a Dios no tenga cosas buenas: sobre el papel es hermoso. Solo digo que son cosas demasiado complicadas para explicar comprensiblemente en una carta. Son dulces que solo tienen sentido una vez que ha muerto Dios, sepultado por el progreso del hombre. Ustedes tienen la suerte de vivir con Dios. Pueden vivir el éxtasis del teatro, del baile y de la orquesta. Pueden disfrutar de los enormes edificios, y sus gárgolas, y las catedrales. Saben impresionarse del lujo. Pero no pueden comprender cuan importante es, ni como en él se esconde la felicidad. Donde no queda Dios no queda Cielo. Hay que conquistar el paraíso en vida, y ya no basta con vivir. Comer ya no es felicidad suficiente. Formar una familia ya no es suficiente. Nada es ya suficiente. Nada es verdad, nada es bueno, nada es nada.

Ustedes tienen la suerte de no entenderlo. Siguen bastándose de la lluvia en el castaño, del hablar con el paisano, del mirar al ganado; como yo hacía a mi llegada. Con eso son felices, bien felices. Pero aquí, que todo eso está escondido, ello no basta para ser feliz, aunque siga siendo imprescindible. En este complicado mundo solo las palabras dan la felicidad, haciendo visible lo invisible, confesando lo inconfesable. Entiendan esta carta como eso: una confesión, un feliz remanso de paz, en que solo habitamos ustedes y yo mismo, abrazados bajo la fresca lluvia de agosto, mirando las montañas, colosales, a nuestra vera, y sabiéndonos queridos, sanos y felices, porque nos tenemos en este mundo donde nadie tiene nada.

Venía a casa pensando en que escribirles. Andaba sobre los baldosines mojados. El suelo estaba sucio, lleno de cucarachas. Aquí no hay mucho barro, pero si mucha basura. Vi unas flores en una maceta. Quienes venimos del campo, cultivamos plantas en macetas, para recordar el calendario. Me paré a que un niño de unos siete años me limpiase las botas. Otro me vendía el periódico. Esta vez no lo cogí, aunque me apiadé de sus marcados huesos y le compré un caramelo. Las noticias del diario siempre te absorben la cabeza. Hablan de cosas que aún no se han podido pensar, y enturbian el pensar en las cosas reposadas, realmente importantes. Yo tengo reposado el que decirles, y ya se lo he dicho todo. Pero al venir pasó algo.

Acercándome al barrio del ferrocarril, un mozo, que me vio con las botas limpias, me confundió con algún tipo de capataz. Pensaba que llevaba reloj. No sabía el que yo me había aseado solo para escribirles a ustedes como Dios manda, limpio del hollín y del ruido de Alcorne, solo yo con mi pasado. El mozo dijo algo, y yo respondí negativamente, seco. Un silbido, y dos mocosos salen a mi espalda. Sujetan cadenas, que ondean amenazantes. El filo de una navaja sevillana dentellea cortando el aire. Frente a mi, la plata pide sangre u oro. Yo solo tengo cobre y sangre, y ambos son míos -y de ustedes los cuartos que les he mandado. La plata pide sangre, pero yo dejo la plata y los eslabones en el suelo, doloridos. Pisoteo la cadena, que bastante tengo. Me guardo la navaja, porque es bonita. Los crios de detrás se levantan y corren, llenos de barro y medio llorando. El de alante solloza. Ahora, que no hay plata, pide solo sangre: que la sangre se quede donde le baña al alma. Yo me río. Un grito. En el suelo, su nariz sangra. Sigue vivo. Tiene suerte. Porque yo ya no como ratas. Porque ahora solo escribo cartas.

¿Por qué les cuento esto? Porque odio este lugar. Todo lo hermoso que tiene es solo un espejismo. Yo mismo me he vuelto ese espejismo. Quiero que entiendan que querría volver, pero que ya no puedo. Ahora vivo sin límites, sin cadenas. Todo el mundo es el enemigo. Yo me siento mejor sabiendo que algún día fui ese inocente chico que no sabía que había más allá de la colina. Me siento mejor pensando que podré serlo de nuevo, cuando vuelva triunfante en un carro de caballos, con mi traje y el éxito que ustedes desean. Intento ser su niño, Madre, porque me cansé de la mala vida. Por eso ahora vivo en esta choza, y ya no en el burdel del Patrón que tuve anteriormente, tras dejar el trabajo en el acero por otro en un bar de mala muerte, familiar. Por eso ya no quiero ocultarme en la noche, sino brillar como alguien diferente, con mi traje rojo y mis borlas verdes. He aprendido, he crecido, pero aún así, he cambiado. Quería escribirles que me verían pronto, que en las próximas Navidades el patrón me dejaría ir a verles unos días. Al quedarme la navaja, me di cuenta de que eso no es posible. Al dar ese último golpe, a quien di fue a mi mismo. Me sangra la nariz, y encima me río. Ustedes quieren ver a su hijo y yo solo soy su caricatura. Pero volveré a ser su hijo, Madre, volveré a tomar su puchero. Dejaré de ser un fósil para ser de nuevo un niño. Lo haré por la nostalgia, logrando dar vida al trozo de piedra en que me he convertido. Esperen y confíen, que yo estoy bien y lo peor ya ha pasado.

Desde ahora les mandaré dinero, porque puedo y porque quiero. En el paquete también van algunos libros y chucherías, y un par de postales. Entretenganse con eso hasta mi llegada, que no queda mucho, aunque aún falta un poco. Esperen tranquilamente, sin penas, recordándome al mirar por la ventana, más allá de la colina. Algún día me verán volver por ella, con una mujer y un niño entre los brazos. Nos habremos detenido a hablar con todo el mundo. Habremos disfrutado de la lluvia en el castaño. Habremos observado el vuelo del milano, y el pastar de las cabras, y el correr de los perros. Nos habremos detenido a ver el Cielo al alba, cuando Dios bosteza y las plantas lloran su verdadera hermosura en el rocío. Y no habrá calles, ni edificios, ni ratas, que oculten nuestra voz ni nuestros gritos. Volveremos cantando canciones de mil y un lugares del mundo, que entonaremos con la voz de nuestra única tierra: la suya, la nuestra. Volveremos al hogar, como Dios manda, felices como el pueblo al volver de Babilonia. Ese día ustedes estarán orgullosos. La historia no perdona, pero tenemos el deber de enmendarla. Yo quiero hacerlo, y con ayuda de Dios, lo hago poco a poco. Esperen y confíen, que su hijo murió, pero está renaciendo. Y algún día podrá contarles las mejores historias, de nuevo en casa: tan niño como siempre, mirando todavía a través de la ventana, pero sabiendo las luces y las sombras que el mundo esconde tras la colina.

Les quiere, a ustedes y a sus hermanos

Su hijo el mayor

 

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